Durante mucho tiempo creyó que debía luchar por todo y por todos. Se acostumbró a quedarse donde no la valoraban, a justificar las actitudes de quienes la lastimaban y a buscar explicaciones para cosas que, en el fondo, ya entendía.
Tenía la costumbre de perdonar incluso cuando nadie le pedía disculpas. Pensaba que, si tenía un poco más de paciencia, las personas cambiarían y las cosas volverían a ser como antes.
Pero un día se cansó.
No fue por una gran discusión ni por una despedida dolorosa. Simplemente despertó y comprendió que estaba perdiendo demasiado tiempo intentando conservar cosas que hacía mucho habían dejado de hacerla feliz.
Entonces decidió soltar.
Soltó las conversaciones que nunca llegaban, las promesas que jamás se cumplían y las personas que solo la buscaban cuando necesitaban algo.
Al principio le dolió. Extrañó las costumbres, los momentos y hasta aquellas pequeñas cosas que alguna vez la hicieron sonreír. Sin embargo, poco a poco comenzó a sentirse más tranquila.
Comprendió que no todas las despedidas son pérdidas y que alejarse de alguien no significa dejar de quererlo.
A veces, quererse también consiste en cerrar una puerta, aunque todavía tengamos ganas de tocarla.
Y aquella vez, por primera vez, no miró hacia atrás. ❤️