El monitor de la oficina parpadeaba con una luz blanca, casi quirúrgica, que devoraba las sombras del cubículo. Frente a una montaña de hojas de cálculo pendientes y correos corporativos sin responder, Aysel sentía que el aire del piso catorce estaba hecho de ceniza. A sus 32 años, ya no huía de los exámenes escolares; huía del peso de una vida adulta perfectamente estructurada por las expectativas de su familia.
—Aysel, la junta para revisar las proyecciones del trimestre es a primera hora —le había dicho su jefe al pasar, dejando un nuevo expediente sobre su escritorio—. Tu departamento depende de tu rendimiento este mes. No nos falles.
A su alrededor, la oficina vibraba con un zumbido mecánico de teclados y teléfonos. En los pasillos, varios compañeros apuraban termos de café cargado o buscaban pastillas en sus cajones, desesperados por una dosis rápida de dopamina que los ayudara a estirar el día. Pero Aysel no necesitaba estimulantes artificiales. Ella misma era su propia evasión. Cuando el peso de la rutina amenazaba con aplastarla, Aysel miraba fijamente el reflejo de la pantalla y se regalaba un minuto de silencio.
En un parpadeo, las luces fluorescentes se apagaban. La alfombra gris de la oficina se convertía en un suelo de raíces húmedas y retorcidas, bordeadas por setas gigantes de un tono azul cian que palpitaban como corazones expuestos. En ese instante, todo el estrés acumulado desaparecía, reemplazado por una profunda ola de tranquilidad. Se sentía, por fin, a salvo y profundamente amada. Frente a ella, caminando con una elegancia pausada entre la neblina, emergió el Guardián de los Relojes Rotos. Era un hombre apuesto, vestido con un impecable traje de estilo republicano decimonónico, chaleco entallado y un reloj de bolsillo de oro que colgaba de su chaleco. Su porte transmitía una calidez inmensa, pero su rostro poseía una cualidad onírica: aunque en ese mundo Aysel lo contemplaba con absoluta claridad y devoción, sabía que jamás lograría retener sus facciones al despertar.
Él se acercó despacio, tomó la mano de Aysel entre las suyas con una delicadeza infinita y, ladeando un poco la cabeza, depositó un beso suave y pausado sobre sus nudillos. El roce de sus labios desató una corriente de paz que le recorrió los brazos.
—Llegas tarde a tu propio naufragio, Aysel —dijo él con una voz suave y melodiosa que resonó en el pecho de la joven—. ¿El mundo real volvió a quedarse sin espacio para tu mente?
—Allá afuera todo tiene un precio y una fecha de entrega —respondió Aysel, entrelajando sus dedos con los de él, negándose a soltarlo—. Aquí el tiempo no avanza. En un segundo en este bosque, a tu lado, siento más de lo que ellos arrastran en un año de oficina. Dime que este lugar es real... dime que lo que siento contigo no es solo un cable roto en mi cabeza.
Él sonrió, una silueta perfecta que sus ojos adoraban pero que su memoria no lograría guardar. Con su otra mano, acarició la mejilla de Aysel, apartando un mechón de su cabello. Su tacto se sentía tan real, tan lleno de una devoción que el mundo exterior jamás le había ofrecido.
—¿Y qué es lo real, mi pequeña soñadora? —susurró él, dando un paso más hacia ella, reduciendo cualquier distancia—. Tu sangre late más rápido aquí que en tu silla de escritorio. Tu alma sana aquí, no allá. Si me sientes, si me amas, ¿qué importa el veredicto de los cuerdos? Quedémonos un poco más. Déjame recordarte quién eres cuando no estás intentando complacer al mundo.
Aysel apoyó la frente contra su pecho, escuchando el tictac pausado y armónico que venía de su chaleco, un contraste absoluto con el ritmo frenético de la oficina.
—A veces tengo miedo de olvidar cómo es tu voz —confesó ella en un susurro, aferrándose a las solapas de su saco—. Despierto y solo queda neblina. Me da pánico que un día cierre los ojos y ya no estés aquí.
El guardián la rodeó con sus brazos con una suavidad protectora, enterrando los dedos en su cabello mientras la mecía levemente en medio del bosque cian.
—Nunca me iré, Aysel —le prometió él al oído, con una convicción que le erizó la piel—. Aunque tu memoria borre mis ojos o mi boca, tu corazón me reconoce cada vez que entras aquí. Yo soy el refugio que tú misma construiste para no romperte. Cada grieta que te hicieron allá afuera, la sanamos aquí adentro. Mírame.
Aysel levantó la mirada. Él la tomó delicadamente de la barbilla, obligándola a sostenerle los ojos, inundándola de una sensación de pertenencia y amor tan inmensa que los ojos se le llenaron de lágrimas de alivio. Él limpió una lágrima con el pulgar, regalándole una mirada llena de una complicidad infinita.
—Pero ambos sabemos la verdad, Aysel... —continuó él, y su voz adquirió un tono sutilmente melancólico, mientras la distancia entre ellos empezaba a sentirse extrañamente pesada—. Sabes bien que la realidad siempre viene a cobrar la factura del péndulo.
Al escuchar esas palabras, Aysel abrió los ojos de golpe dentro del sueño, alarmada. Justo en ese instante, el suelo bajo sus pies comenzó a vibrar. Un estruendo ensordecedor y metálico —el eco violento de un péndulo gigante golpeando las paredes de su mente— rompió la fantasía en mil pedazos. El aire cálido se volvió frío de inmediato. El regreso fue brutal. El impacto del sonido la trajo de vuelta a la realidad con una sacudida en el pecho, justo cuando el teléfono de su escritorio comenzaba a sonar con una estridencia que le congeló la sangre. Era su madre.
—Aysel, cariño, llamaba para recordarte la cena del domingo —la voz al otro lado de la línea era impecable, pero cargada de esa sutil presión familiar—. Tu hermano acaba de cerrar su segundo contrato. Esperamos que nos des buenas noticias de tu ascenso pronto. No te descuides.
Aysel miró el auricular y luego la pantalla repleta de números. El bosque de setas cian y el apuesto caballero de traje republicano empezaron a borrarse de inmediato, desvaneciéndose como humo bajo el sol. Intentó con desesperación recordar la forma de sus ojos, la línea de su mandíbula o las palabras exactas que le acababa de decir, pero fue inútil; su rostro se había esfumado en una neblina indescifrable.
—Sí, mamá —respondió Aysel en voz baja, clavando la mirada en los reportes—. No me descuido. Solo... estaba tomando un respiro.
Sus recuerdos visuales del refugio y las facciones de su guardián se habían desvanecido por completo, pero una calidez nostálgica, eléctrica y la certeza absoluta de haberse sentido amada seguían latiendo con fuerza en su pecho. Aún podía sentir el fantasma de aquel beso en el dorso de su mano y la vibración de su promesa en el pecho. Tenía la seguridad de que existía un rincón en su mente donde el amor y la calma eran reales, y donde las expectativas ajenas no podían tocarla.
Aún en llamada, miró de reojo el reloj digital de su computadora, sonrió con una melancólica madurez y, desafiando los plazos de entrega, volvió a cerrar los ojos para buscar, una vez más, la mano del hombre sin rostro...