El neón de Houston parpadea sobre el asfalto mojado, un reflejo carmesí y violeta que siempre me ha parecido el color exacto de la paciencia cuando está a punto de agotarse. Aquí, entre el bajo fondo de los clubes nocturnos que Danilo administra y los salones donde yo me muevo como una sombra con demasiados rostros, el aire pesa a mezcal, a perfume barato y a una urgencia perpetua que a mí me importa exactamente nada.
Menos cuando se trata de él.
Danilo está a dos metros de mí, apoyado contra la barra de caoba oscura de The Velvet Room, con esa expresión de granito que la mitad de la ciudad confunde con indiferencia y la otra mitad con una invitación abierta. No habla. No necesita hacerlo. Un hombre que maneja la seguridad y las cuentas de los antros más pesados de la zona oeste no gasta saliva en explicaciones. Las mujeres lo saben. Se le acercan con la naturalidad con la que las polillas buscan la bujía, deslizándose entre la música sorda con risas de cristal y escotes calculados. Una rubia alta, con un vestido plateado que parece sostenido por pura fe, le acaba de ofrecer un trago. Él ni siquiera ha girado la cabeza por completo para mirarla, pero ahí está, con el vaso en la mano, permitiendo que la atmósfera se sature de esa disponibilidad invisible que a mí me revuelve las entrañas.
Siento el veneno subirme por el esófago, espeso, frío, quemando despacio.
Mis dedos se cierran alrededor de la base de mi copa hasta que los nudillos se me ponen blancos. Si una mirada pudiera abrirle el pecho y arrancarle el corazón para ponérselo a los perros, el suelo de este lugar ya estaría bañado en sangre. Mis ojos son dos cuchillas clavadas en la nuca de Danilo. Lo quiero matar. Lo odio con una intensidad tan pura que roza la devoción. Y lo peor, lo verdaderamente patético, es que él probablemente ni siquiera sabe que la rubia le está hablando de su corbata o de la temperatura del local; él solo está ahí, inmóvil, esperando a que el turno acabe para largarnos a casa.
—¿Te aburres, Araceli? —una voz a mi lado me arranca del trance.
Es Julián, uno de los promotores del club, un tipo con demasiados anillos y una sonrisa que ensaya frente al espejo. Me busca los ojos con esa insistencia ridícula que despliega con todo el mundo, olvidando que conmigo las sonrisas de cortesía son solo un disfraz de cartón piedra.
—Mucho —le respondo con la voz helada, sin apartar la vista de la nuca de Danilo—. Y me aburres tú todavía más.
Julián ríe, interpretándolo como un coqueteo ácido, porque es incapaz de leer el peligro que hay debajo de mi piel. Pero yo no estoy pensando en él. Estoy pensando en cómo el cuello de Danilo se ve demasiado accesible, en cómo cualquier desconocida con un poco de descaro puede creer que tiene derecho a respirar su mismo aire.
Cinco minutos después, la rubia se aleja con un suspiro de frustración, desairada por el muro de concreto en el que se convirtió mi esposo. Danilo se gira lentamente. Sus ojos oscuros recorren el local y, por fin, chocan con los míos.
Sabe exactamente qué hora es en mi cabeza. Sabe que estoy hirviendo.
Camina hacia mí con esa zancada pesada, midiendo el terreno. Se detiene a medio metro, lo suficientemente cerca para que el olor a tabaco rubio y su colonia se mezcle con el mío.
—¿Qué te pasa ahora? —su voz es baja, un ronquido sordo que apenas compite con el bajo de la música.
—No me pasa nada —suelto, estirando los labios en una sonrisa perfecta, impecable, de plástico puro.
—No te creo la cara de póker —masculla, apretando la mandíbula—. ¿Qué diablos tienes? Te he visto mirar a la barra como si quisieras prenderle fuego a todo el mundo.
—Te digo que no tengo nada, Danilo. Estás viendo fantasmas —respondo, ladeando la cabeza con un parsimonioso desdén, clavándole una sonrisa que sé que lo saca de quicio.
Él suelta un suspiro corto, áspero, frotándose el puente de la nariz con dos dedos.
—Déjate de jueguitos. Si te molesta algo, dilo de una puta vez.
—¿Decir qué? No hay nada que decir. Diviértete con tus amigas de los viernes si tanto te pesa la noche.
—Eres imposible —sentencia, dándose la vuelta con brusquedad para desaparecer hacia la oficina del fondo.
El silencio entre nosotros se vuelve denso, un muro invisible que construimos ladrillo a ladrillo cada vez que el mundo exterior osa acercarse demasiado a lo que es nuestro. Nadie sabe que estamos casados. Para la calle, para los clientes, para los dueños de los antros y las chicas que suspiran al pasar junto a su mesa, somos solo dos presencias solitarias que orbitan en el mismo ecosistema de medianoche. Pero en las cuatro paredes de nuestra casa, en la penumbra de la madrugada, las reglas cambian y los demonios se sientan a la mesa con nosotros.
A las tres de la mañana, la puerta de la calle se cierra con un golpe seco que resuella en el pasillo oscuro.
No hemos intercambiado una sola palabra desde el club. El trayecto en coche ha sido un ejercicio de respiración contenida, el motor rugiendo bajo la lluvia fina de Houston mientras los semáforos en rojo nos devolvían nuestros propios rostros demacrados en el parabrisas.
Dejo el bolso sobre la cómoda y me cruzo de brazos, observándolo desde el marco de la puerta de la habitación. Danilo se quita la chaqueta de cuero con gestos mecánicos, arrojándola sobre el respaldo de la silla. Su camisa blanca, arrugada por las horas de tensión, se ciñe a sus hombros anchos.
—Todavía sigues con la misma cara de funeral —dice sin mirarme, desabrochándose los dos primeros botones del cuello.
—Vivo con un cementerio entero, Danilo. Es lo mínimo que puedo hacer —respondo con suavidad, un veneno destilado gota a gota.
Él se detiene. Sus manos caen a los costados y se gira lentamente para enfrentarme. Sus ojos brillan con esa oscuridad pesada que conozco tan bien.
—¿De verdad vas a empezar con lo de hace un rato? ¿En serio? —su tono sube un semitono, perdiendo esa calma de piedra que suele mantener ante el resto del mundo—. Te pasaste media noche fulminando a la estúpida esa que me ofreció un trago. Y antes de eso, estabas ahí parada dejando que ese imbécil de los anillos te susurrara estupideces al oído sin apartarle la cara de un golpe.
Una risa corta, agria y sin gracia se me escapa de la garganta.
—¿Te dolió ver a Julián? Vaya. Pensé que estabas demasiado ocupado haciendo de estatua para las colegialas de la zona VIP como para notar lo que pasa a tu al rededor.
—No juegues conmigo, Araceli. Sabes perfectamente lo que vi. Te gusta. Te gusta ver cómo se arrastran los idiotas a tu alrededor, ¿no? Disfrutas sintiéndote deseada por cualquier payaso que te cruces en el camino.
—¿Deseada? —me acerco un paso, el pecho me arde por dentro, una mezcla de rabia y una extraña y retorcida euforia—. Al menos yo no tengo que hacer nada para que me miren. A ti se te abren las puertas como a un santuario de caridad. ¿Cuántas veces tengo que aguantar a las niñatas de la entrada coqueteándote en mis narices mientras tú pones cara de mártir comprensivo?
—¡Yo no les pido nada! —estalla, dando un paso al frente que reduce la distancia entre nosotros a nada—. ¡Las detesto tanto como tú! ¿O te crees que me hace gracia ver cómo te ríes con los tarados de los clubes? Cada vez que te veo mirar a otro, me dan ganas de romperle los dientes contra la barra. ¿Crees que soy ciego? ¿Crees que no sé el veneno que llevas dentro?
Nos quedamos respirando el mismo aire caliente, con los rostros a pocos centímetros. Los celos no son solo un sentimiento; son una criatura viva que nos muerde las entrañas, que nos corroe el juicio y nos vuelve salvajes. Nos odiamos un poco por hacernos esto, por convertir el matrimonio en una celda de cristal donde cada mirada ajena es una traición y cada sonrisa es una declaración de guerra.
Y, sin embargo, ninguno de los dos retrocede.
Su mano se alza, grande y áspera, y me toma de la nuca con una firmeza que roza el dolor. Mis dedos, por instinto propio, se hunden en el algodón de su camisa, tirando de él, pegándolo aún más a mi cuerpo. No hay dulzura aquí. Hay hambre. Hay la desesperación sorda de dos personas que se reconocen en la misma miseria y deciden revolcarse en ella.
Su boca cae sobre la mía con una urgencia brutal, un beso que sabe a furia, a reproche y a una necesidad desesperada de borrarnos el rastro de cualquier otro ser humano que haya osado cruzarse en nuestras vidas durante las últimas horas. Le muerdo el labio inferior con la fuerza suficiente para arrancar una gota de sangre, y él responde apretándome la cintura con tal violencia que sé que mañana tendré los moretones marcados en la piel.
Es nuestro infierno particular. Nos quemamos vivos, nos destruimos con los silencios y nos resucitamos a golpes de posesión.
A las cinco de la mañana, la casa vuelve a estar en silencio, pero es un silencio distinto. Un silencio denso, cargado de sudor y sábanas revueltas.
Danilo está sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo de madera. La luz pálida del amanecer empieza a filtrarse a través de las rendijas de la persiana, dibujando rayas grises sobre su espalda desnuda.
Me recuesto de lado, apoyando la cabeza en la palma de la mano, observando la línea dura de su mandíbula y el desorden de su cabello negro.
—Oye —murmuro, con la voz aún ronca por la pelea de hace un rato.
Él no se gira, pero sé que me escucha.
—¿Qué?
—Mañana tienes que cubrir el turno de la tarde en el club del centro, ¿verdad?
—Sí.
—Iré contigo —digo con absoluta naturalidad, trazando círculos invisibles con el dedo índice sobre su hombro marcado—. No pienso dejarte solo con las camareras nuevas.
Danilo suelta un bufido que, en cualquier otro hombre, sería una carcajada de resignación, pero en él se convierte en una leve, casi imperceptible, curvatura en la comisura de los labios.
—Eres insoportable, Araceli.
—Y tú eres un imán para los problemas,amorcito —respondo, deslizándome hacia él para morderle suavemente el lóbulo de la oreja—. Así que más te vale portarte bien.
No nos casamos por amor de cuento de hadas. No somos de esos que se prometen lunas y flores en un altar lleno de testigos hipócritas. Lo nuestro fue una decisión fría, un pacto silencioso entre dos depredadores que decidieron encerrarse en la misma jaula para no tener que desgarrar al resto del mundo. Alimentamos los demonios del otro. Disfrutamos de este veneno que nos corre por las venas porque sabemos, con la certeza absoluta de los cínicos, que nadie más en esta maldita ciudad podría soportar la intensidad de nuestra propia oscuridad.
Y, mientras afuera Houston sigue despertándose con su rutina de asfalto y ruido, aquí dentro, bajo candado y llave, sabemos exactamente quién le pertenece a quién.