Alice.
Sus padres la llamaron así por casualidad; yo, personalmente, creo que fue el destino.
No había un significado o un propósito como tal, era simplemente Alice. Una joven de tez blanca, casi pálida, de estatura baja, delgada y con un cabello tan oscuro como la noche. Así era ella; bueno, al menos yo la conocí así. Recuerdo muy bien sus ojos negros. Tenía una mirada triste, pero le encantaba reír con su sonrisa hermosa y llena de vida.
Alice.
Siempre destacaba y de la mejor manera: una persona tan culta y locuaz. Le encantaban los gatos porque, según decía, eran tan silenciosos como ella. Poseía un gusto exquisito no solo para pintar, sino también para la música y la danza. Una chica simpática, diría cualquiera que la viera o tuviera el agrado de hablar con ella. Debió ser por eso que él la eligió.
Alice.
Un demonio desterrado, un ángel sin alas... Sin importar el caso, condenada a vivir entre mortales por siempre, reencarnando hasta encontrar el error, la falla, la causa de todos sus problemas o, simplemente, hasta que él la encontrara.
Aún después de tanto tiempo sigo recibiendo sus cartas. Me relata cada una de sus vidas: a veces en un bosque, muchas veces en un palacio y muy pocas a la orilla de un río. Yo les digo «vidas pasadas».
Ella las llama «Memorias».