Un día alguien me preguntó: ¿quién eres?
Pensé que era una pregunta tonta porque, claro, soy quien he sido toda la vida. ¿Qué me representa? Mi familia, mi nacionalismo, mis amistades con quienes he convivido y cómo trato a los demás. ¿Ese no se supone que soy yo?
Así que le dije: soy Neo.
Esa persona se me quedó mirando, sonriendo. No era de burla, era como si viera a un niño. Negó y dijo:
—Neo es quien te puso tu nombre. Recuerdos es lo que has guardado, pero Neo no eres y tus recuerdos tampoco lo son... De hecho, solo un poco, pero hay algo que olvidas y siempre olvidas que no está en este llamado Neo.
Yo...
Claro, en ese momento me sentí tonto y curioso por no entender las palabras de ese extraño, pero algo dentro de mí tembló al escucharlo. Todo mi cuerpo tembló y, hasta te soy sincero, un pedo se me salió. Era mi cuerpo fuera de control, pero entre más hablaba, más se nublaba mi mente, porque al principio fue un desconocido, un extraño; luego, un mentiroso, pero al final sus palabras, aunque lejos de mi vida actual, parecían ser tan ciertas.
Entonces, de ser cierto, pasé a creer...
Creer que un ángel bajó a buscarme para decirme algo que pocos me han dicho, pero no lo contó todo y me dejó con la duda, como las miles de preguntas que nadie contestaría y que tal vez, y solo tal vez, yo sea una luz en la oscuridad, un poco más luminosa, que tendrá mucha fortuna.