Nunca estuvo buscando el amor. Después de tantas decepciones, había aprendido a disfrutar de su propia compañía y a no hacerse ilusiones con palabras bonitas. Prefería la tranquilidad de sus días antes que volver a entregarle el corazón a alguien que no supiera cuidarlo.
Pero entonces apareció él.
No llegó con promesas extraordinarias ni con discursos de película. Simplemente comenzó a formar parte de sus días. Le preguntaba cómo había amanecido, recordaba pequeños detalles que ella mencionaba y encontraba cualquier excusa para hacerla sonreír.
Al principio, ella no le dio demasiada importancia. Pensó que sería como los demás: alguien que llegaría con entusiasmo y terminaría marchándose cuando la novedad desapareciera.
Sin embargo, él se quedó.
Se quedó en los días buenos, pero también en aquellos en los que ella no tenía ganas de hablar. Aprendió sus silencios, respetó sus miedos y nunca la hizo sentir que debía convertirse en alguien diferente para merecer su cariño.
Una noche, mientras caminaban bajo un cielo lleno de estrellas, él se detuvo y la tomó suavemente de la mano.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
Ella sonrió.
—¿Qué cosa?
—Que contigo no siento la necesidad de fingir que soy alguien perfecto. Puedo ser yo mismo y, aun así, quiero ser mejor cada día.
Ella bajó la mirada, intentando esconder la emoción que comenzaba a reflejarse en sus ojos.
—Tengo miedo de enamorarme y terminar lastimada.
Él acarició sus dedos antes de responder:
—No puedo prometerte que la vida siempre será fácil, pero sí puedo prometerte que no tendrás que enfrentarla sintiéndote sola mientras caminemos juntos.
Aquella noche ella no encontró una garantía de que todo saldría bien. Encontró algo mucho más bonito: un hombre que no pretendía convencerla con palabras, sino demostrarle con sus acciones que el amor también podía sentirse como un lugar seguro.
Y por primera vez en mucho tiempo, dejó de tener miedo de volver a enamorarse. ❤️