La ciudad estaba viva, pero él no. Las luces de neón parpadeaban sobre los charcos de lluvia reciente, y la música que escapaba de los bares retumbaba con una energía que Sesshomaru no sentía. Mantenía ambas manos aferradas al volante como si soltarlo significara romperse en pedazos. El reloj del tablero marcaba la 1:47 de la madrugada.
El silencio entre ambos era espeso, espantoso.
- No tienes que esperarme - dijo Kagome por fin, sin mirarlo, con la voz bañada en esa indiferencia tan suya que podía ser arma o escudo.
Sesshomaru no respondió de inmediato. El aire acondicionado seguía encendido aunque ya no había necesidad. Dentro del coche hacía frío, pero él apenas lo notaba. Sus ojos se mantenían fijos en la calle, en los edificios altos, en todo lo que no fuera ella.
- No estoy esperando - murmuró al fin, y le pareció que su voz no le pertenecía.
La sonrisa que Kagome soltó entonces fue un cuchillo disfrazado de caricia. Se inclinó hacia él, apoyó los dedos fríos en su mejilla y le plantó un beso en la frente. Como quien consuela a un niño. Como quien se despide sin tener el valor de decir adiós.
- Está bien, tranqui - susurró. Y luego, sin más, abrió la puerta y salió del coche.
Sesshomaru se quedó quieto. La vio alejarse sin voltearse siquiera. Su cabello recogido en un moño improvisado, el abrigo negro ondeando a la altura de sus muslos, los tacones resonando sobre el asfalto húmedo. Caminaba como si no cargara nada, cuando él sabía que Kagome arrastraba fantasmas desde mucho antes de conocerlo.
Pero eso no hacía que doliera menos.
Porque al final del día, ella siempre se iba. Y él siempre se quedaba.
Él la conoció un jueves de marzo, en una galería de arte a la que asistió solo porque Rei lo había arrastrado. Kagome estaba apoyada en una de las columnas, con una copa de vino en la mano y una sonrisa escéptica mientras miraba una pintura de pinceladas furiosas.
- ¿Eso es arte o un accidente? - le preguntó a Sesshomaru cuando se dio cuenta de que él la observaba.
Él no supo qué contestar. Ella se rio. Se presentó. Y una hora después ya lo tenía completamente desarmado.
Era hermosa, claro, pero no en el sentido convencional. Había algo en su manera de hablar, de mirar, de no pedir permiso. Tenía el talento de hacerlo sentir como si él fuera el único hombre en el planeta cuando lo miraba... y al mismo tiempo, como si no tuviera ninguna importancia.
Desde aquella noche, no hubo vuelta atrás.
Se convirtió en un hábito. Un ritual sin reglas claras. Mensajes espontáneos. Llamadas a medianoche. Citas improvisadas. Besos en escaleras. Sexo en sillones viejos. Risas en restaurantes. Silencios en su cama.
Pero nunca hubo promesas. Nunca un "te quiero". Nunca la validación que él ansiaba. Ella lo mantenía cerca, pero a la vez lo empujaba lejos. Era como una constelación: visible, fascinante, pero eternamente inalcanzable.
Y Sesshomaru, pobre idiota, se enamoró igual.
El ascensor del edificio donde ella vivía se cerró y él permaneció en el coche. El teléfono vibró en el asiento del copiloto. Un mensaje de Kagome:
"Llegué bien. Gracias."
Eso era todo.
Dos palabras que no significaban nada y, sin embargo, él se aferraba a ellas como si pudieran salvarlo.
Pasó casi una hora más sentado ahí, recordando cada vez que ella había dicho algo parecido. Cada despedida breve. Cada "no quiero complicaciones". Cada "es mejor así".
Ella decía que no creía en el amor, que todo eso era una invención romántica para justificar la dependencia. Decía que él era "diferente", pero luego se iba con otros. Decía que no lo necesitaba, pero siempre regresaba cuando estaba sola.
Y él... él siempre la recibía.
- Soy un cliché - susurró él, riéndose de sí mismo mientras arrancaba el coche. Y por primera vez, no le pareció gracioso.
El departamento de Sesshomaru estaba igual que siempre: silencioso, ordenado, impersonal. Un espacio funcional, sin rastros de ella. Kagome nunca se quedaba lo suficiente como para dejar una prenda olvidada o un perfume impregnado. Nunca se permitía ser parte de su vida más allá de las madrugadas.
Se dejó caer sobre el sofá, aún con la chaqueta puesta. Se pasó las manos por el rostro. En su pecho había un nudo que no sabía desatar.
La necesitaba. Pero no de la forma en la que ella creía. No era sexo, no era compañía. Era ese algo más. El deseo de pertenencia. El anhelo absurdo de construir algo con ella.
- Solo quiero amar a alguien que me llame cariño - dijo en voz baja, como si eso pudiera traerla de vuelta. Como si eso pudiera hacer que esta vez se quedara.
Pero Kagome no era de quedarse.
Las semanas se repetían con la misma dinámica: ella aparecía, desaparecía, volvía. Siempre bajo sus condiciones. A veces lo llamaba después de haber salido con otros. A veces no daba explicaciones. Solo llegaba, le sonreía, le robaba el aliento... y luego lo abandonaba otra vez.
Él intentaba no preguntar. Intentaba no mostrar celos, no incomodarla. Porque sabía que cualquier señal de apego la alejaba más. Pero había noches en que no podía evitarlo.
- ¿Estuviste con alguien más? - le preguntó una vez, sin mirarla.
Ella estaba desnuda, acostada sobre su pecho, trazando líneas invisibles sobre su piel.
- ¿Y si lo estuve? - dijo con calma. - Tú sabías desde el principio cómo era esto.
-¿Y cómo es esto?
- Libre. Sin etiquetas.
Sesshomaru guardó silencio. Porque lo sabía. Porque aceptó. Porque creyó que tal vez, algún día, ella cambiaría.
Qué ingenuo.
Un viernes por la noche, decidió no contestar su llamada. Ella insistió. Tres, cuatro veces. Hasta que dejó un mensaje de voz:
- Sesshomaru... si estás molesto, lo entiendo. Pero no hagas drama, ¿sí? No eres tú. Simplemente... yo no sirvo para esto. Te llamo mañana.
Pero no llamó.
Él tampoco.
Duró cinco días.
Cinco días sin ella. Cinco días de insomnio, de vacíos, de querer ceder. Hasta que ella apareció, con el maquillaje corrido y los ojos vidriosos.
- Te extrañé - dijo al entrar a su departamento sin pedir permiso. Se abrazó a él como si nunca lo hubiera soltado.
Y Sesshomaru se dejó abrazar. Porque la necesitaba más de lo que se respetaba a sí mismo.
El punto de quiebre llegó una noche después de una fiesta. Él había ido solo. Ella también. Pero Kagome se pasó la noche entera coqueteando con otros, besando a un desconocido frente a todos.
Sesshomaru se fue sin despedirse. Esa noche no durmió.
Al día siguiente, ella apareció con una sonrisa en los labios.
- ¿Estás molesto?
- ¿Qué crees tú?
Ella suspiró, como si estuviera cansada de explicarse.
- Te dije que no te enamoraras de mí.
- Y yo te dije que ya lo estaba.
Hubo un silencio eterno entre los dos.
- No puedo darte lo que quieres, Sesshomaru.
- Entonces déjame ir.
Pero Kagome no lo hizo. Lo besó con furia. Con desesperación. Como si no supiera amar de otro modo. Y él volvió a ceder.
Porque así era siempre.
Esa madrugada, sentado en su baño, frente al espejo empañado, Sesshomaru se dijo la verdad por primera vez:
- Ella no me ama.
Lo repitió tres veces. Hasta que dejó de doler. O al menos eso creyó.
Luego encendió su celular. Abrió la galería. Buscó una foto que había tomado de Kagome, dormida en su cama, con el cabello suelto y los labios entreabiertos. La miró durante un largo rato. Y después, la eliminó.
Acto seguido, abrió la aplicación de mensajes.
Mensaje a Kagome:
"Te deseo lo mejor. De verdad. Pero ya no puedo más. Buena suerte, cariño."
Y la bloqueó.
Lo hizo temblando, con el corazón hecho trizas. Pero lo hizo.
Porque entendió algo vital: a veces, para dejar de amar a alguien, hay que dejar de esperarlo.
Pero lo que Sesshomaru no sabía...
...es que esa madrugada, Kagome despertaría sola.
Que su cama, por primera vez, le parecería más fría.
Y que cuando revisara su celular, el vacío sería un eco.
Que el mensaje de Sesshomaru sería el primero en dolerle.
Y el último que recibiría de él.
El sonido del despertador no era más fuerte que el ruido en su cabeza.
Sesshomaru abrió los ojos lentamente, sintiendo como si los párpados pesaran toneladas. Había dormido, técnicamente. Pero no descansado. Esa era la diferencia que estaba empezando a notar. Había noches en las que el sueño venía en ráfagas breves, como si su cuerpo entrara en pausa solo por lástima. Luego estaban las otras, en las que Kagome lo visitaba en sus sueños, y él volvía a despertar con el pecho pesado, como si algo le hubiera sido arrebatado... otra vez.
Se sentó en la cama. El apartamento estaba en silencio, y por un instante se sintió extraño en su propia casa. El lugar que habían compartido, que alguna vez fue refugio, ahora era un museo de los restos de algo que se rompió. Cada objeto parecía susurrar una historia. Una taza olvidada en el estante. El libro que ella dejó abierto en la página 47. El perfume que aún flotaba apenas perceptible en el aire.
Habían pasado solo tres semanas desde que decidió marcharse. Tres semanas desde que le dijo que no podía más, que no podía seguir siendo el hombre que ella llamaba solo cuando nadie más contestaba. Tres semanas desde que se rompió a sí mismo para intentar salvar lo que le quedaba de dignidad.
Y aún dolía.
Lo peor era la contradicción: no la odiaba. O, al menos, no todo el tiempo. Había días en los que su amor por Kagome seguía pareciendo más fuerte que cualquier lógica. Pero en otros, se recordaba a sí mismo viendo cómo ella se arreglaba para salir sin decirle con quién. Cómo su teléfono se volvía repentinamente inaccesible cuando ella sabía que él estaba mal. Cómo lo miraba con condescendencia cuando hablaba de lo que soñaba, como si sus metas fueran un juego de niños.
Se levantó con esfuerzo. El café se volvió su único ritual estable. Abrió la ventana, dejando que la brisa templada de la ciudad le acariciara la cara. Por fuera, todo parecía avanzar con normalidad. La gente iba y venía. Las bocinas sonaban en la distancia. El mundo seguía girando.
Y él... bueno, él intentaba no caerse.
Sesshomaru empezó a asistir al gimnasio otra vez. No porque quisiera marcar abdominales, sino porque necesitaba algo que lo obligara a moverse. Algo que hiciera latir su corazón por motivos diferentes al dolor. Al principio, su cuerpo se sentía pesado, lento. Los músculos se quejaban, su mente divagaba. Pero después de unos días, empezó a sentir que cada gota de sudor era una pequeña victoria. No contra Kagome, sino contra él mismo. Contra la versión suya que aceptó migajas durante tanto tiempo.
El entrenador, un tipo algo brusco pero bien intencionado, le dijo un día:
- Tú no vienes por el cuerpo. Vienes por la cabeza. Y eso está bien. Dale tiempo.
Tiempo. Esa palabra maldita.
La gente le decía eso todo el tiempo. Que el tiempo lo curaría, que pronto miraría hacia atrás y se reiría. Que encontraría a alguien más.
Pero él no buscaba a alguien más. Él solo quería encontrarse a sí mismo.
Las noches seguían siendo el peor enemigo.
Después de cenar solo (otra vez), Sesshomaru se echó en el sofá con su portátil. Pensó en escribir. Había dejado de hacerlo cuando Kagome empezó a burlarse de sus historias. Decía que eran "cosas para románticos frustrados", y que él era demasiado intenso.
- Nadie se va a enamorar así, Sesshomaru - le había dicho una vez -. Hoy en día, la gente solo quiere algo rápido, nada de dramas.
Pero él no era así. Él escribía porque sentía. Porque si no lo sacaba, lo ahogaba. Y por eso esa noche, abrió un documento nuevo y escribió:
"Extrañarte es como tener una canción atascada en la cabeza que ya no quiero cantar. Pero igual, suena sola, y la letra la sé de memoria."
Escribió por horas. Vomitó emociones. Llenó páginas con sus contradicciones, con los recuerdos bonitos y los oscuros. Era una forma de limpiar la herida desde adentro.
Y al cerrar el documento, por primera vez, respiró sin sentir que se le rompía algo.
Un día se topó con una amiga en común en el supermercado.
- ¿Cómo estás? - le preguntó con tono suave, como si le hablara a alguien en duelo.
Él sonrió forzadamente.
- Sobreviviendo.
Ella vaciló. Luego, con mirada de culpabilidad, dijo:
- Vi a Kagome el otro día. Anda con un tipo nuevo... Bueno, ni tan nuevo, creo que lo conocía desde antes.
El estómago de Sesshomaru se contrajo. No por celos. Sino por confirmación.
Ya sospechaba que había alguien más, incluso antes de que terminaran. Las señales estaban ahí: los silencios, la desconexión, las excusas. Pero escucharlo de boca de otra persona lo hacía más real.
Volvió a casa en silencio. Se sentó frente al espejo. Se observó. Ojeras. Piel pálida. Pero algo había cambiado: no lloró. Sintió la tristeza, sí. Pero también, una extraña claridad.
Ella había seguido adelante. Con otro. Con la misma facilidad con la que se quitaba los tacones al llegar a casa.
Y él... también tenía que hacerlo.
El proceso no fue lineal.
Hubo días en los que volvió a revisar su perfil en redes. Días en los que la voz de Kagome se colaba en su mente como un eco cruel. Días en los que dudó de su valor, se preguntó si había hecho algo mal, si podría haber sido "más hombre", como ella solía insinuar cuando él se abría emocionalmente.
Pero también hubo días buenos.
Días en los que reía genuinamente con sus amigos. En los que cocinaba y la comida no le sabía a cenizas. En los que salía a caminar sin revisar su teléfono esperando un mensaje que no llegaría.
Hubo una tarde, especialmente luminosa, en la que encontró una vieja foto de su infancia. Era él, con unos ocho años, con la sonrisa más libre que recordaba. Y se dijo: "Quiero volver a ser ese".
Esa fue su meta a partir de entonces. No recuperarla a ella. No vengarse. Sino volver a encontrarse con ese niño, con esa esencia. Volver a reír sin miedo. Amar sin cadenas.
Una noche, en una cafetería, una chica le sonrió desde otra mesa. No era espectacular. Pero tenía una luz tranquila en los ojos. Él le devolvió la sonrisa. No pasó nada más. Ni nombres, ni teléfonos.
Pero ese gesto fue suficiente para que Sesshomaru entendiera algo importante: había vida más allá del dolor. Había belleza en lo simple. Y aunque aún no estaba listo para enamorarse de nuevo, sí estaba empezando a enamorarse de su nueva versión.
Escribir se volvió su medicina. Escribió sobre Kagome, sí. Pero también sobre él. Sobre sus noches oscuras y sus días de sol. Sobre el amor que no se quedó, y el amor que estaba empezando a construirse dentro de él mismo.
Y un día, mientras escribía, pensó en algo que lo hizo sonreír con calma:
"No fuiste la historia de amor de mi vida. Fuiste la historia que me obligó a escribir la verdadera."
Dos meses.
Ese era el tiempo que había pasado desde que Sesshomaru dejó atrás la vida que había construido con Kagome, y también desde que empezó, poco a poco, a reconstruirse. Había días que aún dolían, pero ya no lo dominaban. Había silencios que antes parecían huecos eternos, y que ahora se sentían como pausas necesarias.
A veces, el amor no se va de golpe. Se va evaporando, lentamente, dejando atrás una versión de ti que ya no quieres volver a ser.
Y justo cuando creía que su historia era una espiral de soledad controlada, la vida lo sorprendió.
Fue un encuentro accidental.
Sesshomaru caminaba por el centro de la ciudad, un sábado por la tarde, después de una clase de escritura creativa. La primavera ya se hacía notar: el cielo era claro, el aire tibio, y la gente reía en las veredas con helados en la mano y gafas de sol. Él, con una libreta en la mochila y un café frío en la mano, se detuvo frente a una librería pequeña, la misma donde solía perderse cuando era adolescente.
Y allí estaba ella.
Rin.
Rin Inoue.
La reconoció de inmediato, incluso antes de que se girara por completo. Su cabello seguía siendo anaranjado como el atardecer de la infancia, y aunque ahora lo llevaba más corto, su risa tenía exactamente el mismo sonido. Estaba hojeando un libro en voz baja, como si hablara consigo misma. Y al girarse, lo vio.
- ¿Sesshomaru?
Él parpadeó. Sonrió, con esa mezcla de sorpresa y nostalgia que te atraviesa cuando un fantasma amable del pasado aparece de la nada.
- Rin... - respondió, sintiendo cómo algo dentro de él se agitaba.
Ella se acercó sin dudar, y lo abrazó. Fue un abrazo cálido, real. Uno que no se daba por cortesía, sino por historia compartida.
- ¡No te veía desde...! - empezó ella.
- Desde la universidad - completó él -. Creo que en segundo año, cuando te fuiste a estudiar afuera.
- Dios... eso suena como otra vida - dijo Rin, riendo mientras negaba con la cabeza.
Hablaron unos minutos ahí mismo, entre libros viejos y el murmullo de la gente. Ella le contó que estaba de vuelta en la ciudad desde hacía un par de semanas, que había terminado su trabajo en el extranjero y buscaba algo más "real", más "presente".
Él no dijo mucho al principio. No le habló de Kagome, ni de las noches rotas. Pero sí le habló de su escritura, de sus caminatas, del café que frecuentaba. Y Rin sonrió con los ojos.
- ¿Tienes tiempo? - preguntó ella -. ¿O te estás escapando de algo?
- Tengo todo el tiempo del mundo - respondió él, sin pensarlo demasiado.
Y así, fueron a tomar otro café. Como antes. Como cuando eran adolescentes y Sesshomaru la miraba de reojo sin tener el valor de decirle lo que sentía.
Los días siguientes se volvieron costumbre sin planearlo.
Rin le escribía mensajes cortos: "¿Café hoy?" o "Encontré un libro que te encantaría."
Sesshomaru, al principio, respondió con la cautela del que ha sido herido. Pero poco a poco, se encontró esperándolos. La presencia de Rin era ligera, no demandante. No necesitaba que él la impresionara. No lo forzaba a hablar de más, ni lo empujaba a fingir que estaba bien. Simplemente... estaba.
Una tarde, caminaban por el parque. Ella pateaba piedritas mientras hablaban de cosas sin importancia, y él la observaba.
Rin no había cambiado tanto. Aún era impulsiva, aún hablaba con las manos, aún se reía por todo. Pero había algo nuevo en ella. Algo maduro. Sereno. Como si la vida también la hubiera golpeado, pero ella eligiera bailar con los moretones.
- ¿Sabes? - dijo ella, mirando al frente -. Siempre fuiste el tipo más intenso que conocí.
- ¿Eso es algo bueno o algo malo?
- Es algo que siempre me gustó - confesó, sin mirarlo.
Él se detuvo. Ella también.
Por un segundo, el aire se espesó.
- Cuando éramos más jóvenes - continuó ella -, pensé que tú y yo podríamos haber sido algo. Pero... nunca pasó nada.
Sesshomaru tragó saliva. Su voz salió baja, casi un susurro.
- Porque fui un cobarde.
Ella lo miró entonces. Los ojos de Rin eran claros, como el sol cuando no miente.
- No importa, Sesshomaru. A veces el tiempo no se equivoca. A veces simplemente espera el momento correcto.
Esa noche, él no pudo dormir.
No por tristeza, sino porque algo dentro de él se había movido. No era confusión. Era certeza.
Llevaba dos meses reconstruyéndose. Había llorado, había escrito, había tocado fondo y salido. Y ahora... por primera vez, pensaba en alguien sin sentir miedo.
Pensaba en Rin.
Y sonreía.
Los encuentros siguieron. Ya no eran casuales. Eran buscados.
Un domingo, ella llegó a su casa con una bolsa llena de ingredientes y dijo:
- Hoy tú cocinas, yo superviso.
Pasaron la tarde entre risas, harina, salsa derramada y vino barato. Sonaban canciones viejas de fondo, y a mitad de una, Rin lo miró y dijo:
- Te ves distinto, Sesshomaru. Más... tú.
Él la miró también.
- Creo que contigo puedo serlo - respondió.
Y no necesitó decir más.
No hubo besos aún. Ni confesiones melodramáticas. Pero sí hubo silencios compartidos, miradas largas, abrazos que duraban un poco más. Y hubo una noche, especialmente clara, en la que Sesshomaru, al escribir en su libreta, escribió algo distinto:
"Esta vez, no tengo miedo. No de enamorarme. No de caer. Porque si caigo, sé que no me estoy traicionando. Porque esta vez, lo hago siendo yo."
Rin no llegó a sanar sus heridas.
Ella simplemente le mostró que ya no sangraban.
Y él entendió que estaba listo.
No para repetir la historia. Sino para escribir una nueva.