La vieja radio de la cocina, que llevaba diez años desenchufada y llena de polvo, de pronto crujió y comenzó a sintonizar una melodía que solo se escuchaba en los años 40...
Una música suave que me hizo dar un paso y otro al son de la música. Giré y seguí el ritmo, inmersa en el ritmo. Por un momento dejé de estar ahí y simplemente viajé a un mundo distinto. Al abrir los ojos, las paredes de mi cocina ya no eran de azulejo blanco, sino de un papel tapiz desgastado por el tiempo, y el olor a café fresco se mezcló con el aroma a perfume antiguo y humo de tabaco.
A mi alrededor, la habitación estaba iluminada por la luz cálida y temblorosa de un candelabro. En el reflejo de un espejo de marco dorado, me di cuenta de que mi ropa ordinaria se había transformado en un elegante vestido de satén. No estaba sola; a unos metros de mí, una silueta borrosa vestida de traje me observaba desde las sombras, esperando el momento exacto para unirse a mi coreografía.
Seguí mi ritmo, sin detenerme. En un punto, la silueta se acercó a mí a paso lento y, cuando estuvo cerca, siguió mi ritmo al bailar. Nos tomamos las manos; me guiaba en el baile, me daba vueltas una que otra vez, mientras yo miraba su rostro borroso. De pronto, la melodía de la radio empezó a distorsionarse, y con cada nota rota, las facciones de su rostro comenzaron a aclararse bajo la luz cálida, revelando unos ojos que me miraban con una mezcla de nostalgia absoluta y sorpresa.
Justo cuando él me acercó más hacia su pecho, me susurró al oído una frase que me heló la sangre: "Sabía que algún día aprenderías a sintonizar el pasado...". Mis pasos se detuvieron e inconscientemente di algunos pasos hacia atrás.
—¿Qué has dicho...? —logré preguntar.
Él sonrió, su rostro volvió a difuminarse y todo a mi alrededor empezó a cambiar, mandándome de golpe a la realidad. El silencio de mi cocina actual cayó sobre mis hombros. La vieja radio volvió a estar muda, muerta y cubierta de polvo sobre la mesa, como si nada hubiera pasado.
Sacudí mi cabeza, insistiendo en que todo esto no tenía sentido. Volví a mirar a mi mano y ahí estaba: el botón de nácar. Solo con eso pude darme cuenta de que las sensaciones y todo lo que había pasado eran verdad. Aún así, la sensación del toque, los pasos coordinados con aquel hombre y esas palabras que pronunció en mi oído aún no podía olvidarlas. ¿Qué se suponía que significaban esas palabras?
Decidida a no volverme loca, caminé a paso firme hacia el viejo baúl del pasillo, donde mi abuela guardaba los recuerdos que nadie tenía permitido tocar. Rebusqué entre cartas amarillentas y postales antiguas hasta que mis dedos rozaron un diario de cuero gastado. Lo abrí al azar y una fotografía en blanco y negro cayó al suelo. Al recogerla, sentí un escalofrío: era él, con el mismo traje, la misma mirada nostálgica y, justo en el bolsillo de su saco, faltaba un botón. Debajo de la foto, una nota escrita a mano con tinta descolorida decía: "El tiempo es solo una ilusión para los que saben escuchar el eco de los que amamos".
Inmediatamente mi corazón dio un vuelco. Pero aún así, tal vez era un amado de mi abuela... No podría darme ilusiones con que esa frase lograra ser para mí. Podría ser una promesa de amor hacia mi abuela ya fallecida, por todo lo que dejó atrás. Caminé de vuelta a la cocina dispuesta a dejar el botón de nácar junto a la radio y dar el asunto por terminado. Pero al apoyar el botón sobre la madera vieja, un chasquido seco sonó dentro del aparato. A través de la estática, se escuchó con total claridad la voz suave y pausada de mi propia abuela diciendo: "Déjate llevar, hija, que a ti también te toca bailar con el destino".
Abrí los ojos a más no poder mirando la radio. Era la voz de mi abuela, ¿cómo era eso posible? Me quedé unos instantes parada ahí, en trance. Hasta que el sonido de la puerta me volvió a la realidad. Caminé hacia la puerta y, cuando la abrí, me sorprendí. Frente a mí, parado en el porche bajo la luz de la luna, estaba el mismísimo hombre de la silueta borrosa. Tenía el mismo traje elegante y la misma mirada. Me quedé helada, con el corazón latiéndome en la garganta. Él me miró fijamente y sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción. Dio un paso hacia mí y, con una voz llena de esperanza, me dijo:
—He hecho lo impensable, solo por volverte a ver una vez más. Sinceramente no estaba seguro de encontrarte nuevamente. Pero la esperanza de tal vez localizarte hizo que me aventurara a través del tiempo.
Me quedé sin palabras, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones. Aquel hombre no estaba buscando un fantasma del pasado; me estaba mirando a mí como si fuera el milagro más grande del universo.
—Pero... solo bailamos una canción —logré susurrar, con la voz temblorosa y el corazón latiendo a mil por hora—. Fue solo un instante...
Él dio un paso hacia el interior de la casa, acortando la distancia entre los dos, y me dedicó la misma sonrisa que me había cautivado en el reflejo del espejo.
—Para ti fue un instante —respondió él, tomando suavemente la mano donde yo guardaba el botón—. Para mí, fue la razón para inventar una forma de romper el tiempo. No me importaba pasar años investigando o arriesgarme a quedar atrapado en la nada. Una sola vida no me iba a alcanzar si no la pasaba contigo.
Me quedé sin palabras, no sabía qué responder y tampoco sabía cómo actuar por la emoción inmensa que tenía y por ese corazón desbocado que no dejaba de latir frenéticamente. Simplemente, no salían las palabras para tan hermosa confesión. Y entonces, él acarició mi rostro secándome las lágrimas que no sabía que me salían. Quería decirle que yo tampoco quería olvidar ese momento tan fugas y confuso; que fue maravilloso aunque fue algo efímero...
—No tienes que decir nada —susurró él, dejando su mano apoyada con ternura en mi mejilla, mientras el mundo exterior parecía desvanecerse por completo—. Tu mirada me lo dice todo. El tiempo ya no importa, porque ya llegué a mi destino.
En ese instante, comprendí el verdadero significado de la existencia. La vida, con toda su finitud, florece de maneras misteriosas. Nuestro comienzo había desafiado la lógica, pero nuestro final lo escribiríamos nosotros mismos, segundo a segundo, libres de cualquier regla. Lo tomé de la mano, lo invité a pasar y cerré la puerta, dejando atrás el pasado y el futuro. La vieja radio de la cocina volvió a apagarse por completo, pero esta vez no hacía falta su música: nuestros corazones ya habían encontrado el ritmo perfecto para bailar el resto de la eternidad.