La preparatoria Orston era un caos de olores desde muy temprano. Las feromonas juveniles invadían los pasillos, dejando entrever un poco de cada persona: el estrés de una hoja de té marchita, la prisa del pastel de chocolate que está a punto de caducar, la tranquilidad del cedro al ser mesido por el viento. Todo un ecosistema compuesto por jerarquías. La gran mayoría, los Betas, con olores tan ínfimos que apenas eran perceptibles, se movían de un lado a otro como una masa homogénea. En los rincones los Omegas, más pequeños y de olores usualmente dulces y apetecibles, hablaban entre ellos con tanta alegría que era contagiosa. Y los Alfas, despidiendo olores fuertes a todas horas, paseaban por los pasillos como marcando territorio.
Más, en Orston todos sabían que, de entre los Alfas, solo habían dos príncipes. Príncipes que, en medio del pasillo que iba a la clase de Biología de Género, se encontraron.
"Apártate de mi camino, princesa" Gruñó Wallace Allons, heredero de la gran corporación Allons de Seguridad y Bienestar. El problemático, jugador de voleibol de pelo rojo y largo. Sus ojos verdes esmeralda contrastaban con el tono de su piel ligeramente tostada, no por el sol, natural. Se había plantado de frente, manos ocultas dentro de los bolsillos de su chaqueta universitaria que iba amarrada a su cintura por los brazos. Su olor a pino estaba embravecido, como si el bosque estuviera acechado por una tormenta.
"Yo voy a clase ¿Por qué no te vas con tus perros al bosque y dejas a la gente civilizada en paz?" Respondió de vuelta Keith Terrence, de Comercio Terrence Interior y Exterior. Su piel blanca brillante, cabello lacio y rubio heredado de su padre y ojos azules de cristal heredados de su madre, casi siempre ocultos detrás de unas gafas oscuras, le daban la pinta de un retrato de un Dios. Más, no era modelo, sino aspirante a arquitecto. Al encontrarse con el pelirrojo, su aroma a aromatizante de fresa se volvió tan fuerte que los alumnos con las narices más sensibles debían alejarse o se ahogarían.
"¿Por qué? ¿Tienes miedo a que te muerda? ¿Qué clase de Alfa débil y sumiso eres?" Wallace sonrío, la comisura izquierda de su boca arqueándose mucho más arriba que la de la derecha. Una sonrisa torcida.
"Del tipo que no necesita gruñir como un animal para demostrar lo que significa ser un líder nato" Keith sacudió su cabeza, cambiando soporte a uno más amenazante.
"¿El líder de qué? ¿De los gordos?"
"..." Terrence no era para nada gordo. Pero todos sabían la pasión inusual del Alfa por los dulces. Su expresión cambió de irritación a burla de un momento a otro "Ladras demasiado para ser un callejero. Y todos saben que el perro que ladra, no muerde..."
No se habían movido de sus lugares, pero las feromonas de ambos chocaban como dos muros de acero en el espacio que había en medio. No fue hasta que el profesor de Lengua, un Beta alto pero un poco escuálido, llegó que las feromonas cesaron de enfrentarse. El señor los regañó por armar de nuevo otro escándalo antes de disuadir a la multitud que se había formado. Después de gruñir de nuevo, Wallace se giró con su séquito y siguió caminando hacia el aula. Keith hizo un pequeño sonido despectivo y le siguió. Porque para su mala fortuna estaban en el mismo grupo.
Pero espera ¿Por qué de repente, en la puerta antes de entrar, ambos se miraron de una forma completamente distinta a la del pasillo? Fue un breve segundo, un cruce de ojos que transmitía una malicia precavida. La malicia de quienes guardan un secreto catastrófico.
El día en Orston pasó con la naturalidad de siempre. Los alumnos iban y venían entre clases, algunos saltándose y otros estudiando en la biblioteca. De un lado a otro, desde temprano hasta tarde. Al sonar la campana de las 5, el tumulto de estudiantes salía de la preparatoria como hormigas buscando un cubo de azúcar. Varios iban a sus casas, otros se quedaban en los clubes, unos cuantos iban con sus amigos a divertirse. Wallace, por su parte, se desvió de la avenida principal para meterse en una calle secundaria. A medida que caminaba, esta se iba estrechando, las casas cambiaban de nuevas a viejas, incluyendo algunas abandonadas. Cuando el camino finalmente se volvió de tierra, supo que había llegado.
El parque abandonado de la Calle Hermei todavía conservaba vestigios de su gloria: aparatos mecánicos hogares ahora de hiedras y flores, columpios oxidados, algún que otro puesto de comida abandonado. Y, cómo no, el enorme árbol plantado por la persona que diseñó el lugar. Ese que se podía ver desde diez cuadras de distancia. Cercano a él, estaba la banca que aún tenía vestigios de su olor, el de Allons, porque el sábado pasado estuvo aquí. Hoy, martes, se sentó como siempre, Y como siempre espero a que fueran las y media.
Supongo con exactitud la hora no porque tuviese un reloj con alarma, ni por la posición del sol. El aroma aromatizante de fresa le llegó antes de ver a la persona. Al subir la cabeza, el pelirrojo se encontró con el rubio. Este estaba de pie, apenas a un metro de la banca.
"Wallace"
"Keith"
Hubo un momento de silencio. Era tenso, pero no la tensión que se sintió en el pasillo esa mañana. Cuando Keith se quitó las gafas y dejó ver sus ojos azules, la expresión se completó: una molestia con ojos entrecerrados y una mueca en la boca.
"¿En serio tenías que llamarme sumiso?" Más qué molesto, sonaba bastante indignado.
"Debía vender bien el acto" Respondió el otro, con su sonrisa torcida "Además, no fuí el único ¿Cómo que callejero?"
"Esa es una verdad. Te la pasas todo el día en la calle con esos problemáticos Betas"
"Eso se llama libertad de hacer lo que quiera. No como la princesa, encerrada en su torre"
"Más bien la duda de no saber a dónde ir"
Ninguno de los dos trató de lanzar otro insulto después de eso. Sus expresiones se volvieron más suaves. Keith se sentó en la banca, hombro con hombro, codo con codo, pie izquierdo contra pie derecho. Y sus feromonas, fuertes y territoriales, se integraban levemente en un acto que la sociedad actual llamaría degenerado. Pero solo porque ambos eran Alfas. Y si ese fuera el único problema, entonces se tomarían de la mano en la preparatoria y serían tan territoriales como lo es su naturaleza. Pero no. Había algo mucho peor que la biología en su contra.
"Tu padre al final compró el antiguo centro comercial de Buidale" Wallace habló bajito, con rabia en su voz que no era dirigida al que estaba al lado suyo.
"¿Qué esperabas? La estructura se mantiene firme y el terreno es bastante sólido. Sólo era cuestión de tiempo." Keith respondió, y el pequeño deje de nerviosismo se mezcló con su aroma.
"Sí, cuestión de tiempo... De robárselo a mi madre"
"Por. Favor" El rubio rodó los ojos, pero no miró al pelirrojo directamente "No es culpa de la empresa Terrence si tu madre no puede comprar el-"
"A ella el inspector le dijo que el terreno era inestable" Soltó con tanta rabia que Keith se separó, su pelo se enrizó un poco y mostró los colmillos. Respondía a la amenaza que, ahora en parte, iba dirigida hacia él. Wallace suspiró, se calmó, y su olor a pino se volvió hogareño. Cómo un árbol de navidad. "Lo siento. No deberíamos hablar de estas cosas cuando estamos aquí."
"Tú empezaste, Allons" De nuevo, se oía ofendido, Pero su olor también se suavizó. Cómo un fuerte perfume envolvente.
"Ya sé,ya sé. Es que... Me hierve la sangre"
Un pequeño gruñido por parte de Keith después, los labios del rubio encontraron la mejilla del pelirrojo. Wallace se quedó quieto, silencioso, para luego dejar salir algo parecido al ronroneo de un tigre. Miró a Terrence con cierto fastidio, y los ojos azules eran como espejos de ese sentimiento.
"Guarda esa rabia para mañana en los pasillos. O para tu próximo juego de voley"
"... Heh. Cómo mi princesa ordene" Entonces, frotó la mitad de su rostro contra la mejilla de Keith.
"Cielos, vaya perro callejero que encontré..."
Pero él frotó de vuelta. Sus manos se entrelazaron como hacían sus respectivos olores. En un momento, sus labios se rozaron en un beso tierno. Un beso traidor para sus familias. Un beso prohibido para el mundo. Un beso que hacía que sus corazones latieran como locos.
Porque ambos eran Alfas, y la sociedad repugnaba esa clase de unión