Era el año III y llovía como nunca. El repiqueteo de la lluvia sobre las calles y los techos de las casas, amontonadas dentro de la muralla del reino, danzaba en una balada nunca oída. Los guardias apostados cerca de la puerta se mantenían inertes, encargados de proteger a los ciudadanos de cualquier fuerza del exterior o del interior del reino de Faerys. Mi casa, mi pequeña casa en la que vivía con mi esposo y mi hijo, se inundaba poco a poco, así que nos pusimos manos a la obra para sacar toda el agua que entraba desde afuera.
En un momento, un gran relámpago cruzó los cielos y, detrás de él, llegó su sonido ensordecedor, como si algo advirtiera un peligro inminente. Salí a ver tal resplandor y allí a lo lejos logré ver en las murallas a los guardias amontonándose; los brillos de sus armaduras podían notarse a leguas.
—¿Qué te preocupa, Eleysa? —me preguntó mi esposo, Reagan.
—Nada, cielo. Solo preocupémonos de sacar toda el agua que podamos.
Esa fue toda nuestra conversación ese día. Cuando la lluvia cesó, después de unas horas, lo que aquella tormenta no nos había dejado escuchar fue el sonido de las campanas; unas campanas que advertían sobre algún peligro exterior. Sobresaltados, la mirada de mi esposo y la mía se cruzaron con complicidad. Entendiendo lo que sucedía, recogimos a nuestro pequeño hijo, Kael, y nos dirigimos a la gran plaza, ya que ese era el mandato: al sonar la campana, todos debíamos dirigirnos allí.
Las calles empezaron a abarrotarse de gente; los empujones y los pisotones no se hicieron esperar. En un callejón, perdí de vista a mi marido y a mi hijo. Mi desesperación fue tal que empecé a llamarlos a gritos, pero estos y el bullicio de la gente se entremezclaban. Sin poder oír y casi sin ver nada, me dejé llevar por la marea de personas hasta que llegué a la gran plaza. Me propuse mirar por todos lados para ver si lograba encontrar a mis dos amados, pero fue en vano: las cabezas de las personas hacían que mi vista se disipara. En ese momento, una voz grave pidió atención para explicar el porqué del resonar de las campanas.
—Señores, señoras, esta madrugada, mientras la lluvia caía sobre nuestras cabezas, hemos sido asediados por el rey Jokain "El Hermoso", del reino de Mjar. Como bien saben, las recientes disputas hacia nuestro señor se agravaron hasta llegar a este momento. Nuestro gran señor Valuars nos pide calma y prudencia, pues no sabemos cuánto durará este asedio —el que hablaba era el capitán de la guarnición.
Luego nos mandó a nuestras casas. Supuse que mi marido y mi hijo habrían escuchado las palabras del capitán y habrían vuelto a nuestro hogar, pero cuando llegué no encontré a ninguno de los dos. Mi preocupación fue aumentando hasta que, sobre la mesa, hallé una nota que decía lo siguiente:
"Querida Eleysa: he tomado a nuestro hijo y lo he llevado a la puerta Norte, donde un guardia que es amigo mío me dejará vía libre para salir de este reino. Tomaremos una barca del muelle, ahora que todos están recluidos por el asedio, y nos dirigiremos hacia el continente del Oeste. Este reino ya se ha acabado. Mi amigo me dio información de que el ataque comenzará en horas; por ello tomé esta decisión apenas lo vi hoy en la gran plaza y me contó esto. Perdóname por abandonarte, lo hago por nuestro hijo. Te esperaremos en el otro continente, búscanos. Te amamos".
Un frío recorrió todo mi cuerpo. Mi amado me había dejado; quizás hizo bien o no, pero al menos sé que mi hijo está a salvo, y haré todo lo posible por volver a verlos. En ese momento salí en dirección a la puerta Norte con el ánimo de encontrar a ese guardia amigo de mi esposo. Para mi mayor temor, el asedio ya había comenzado. A mi alrededor veía caer piedras y flechas que volaban hacia todas partes. Corrí lo más rápido que pude, viendo a personas y vecinos caer a mi costado. Así llegué a la puerta Norte, que encontré vacía; los esfuerzos de defensa se dirigían a la puerta Sur, a mi parecer. Me escabullí, pero un guardia me tomó por sorpresa.
—¡Espera! ¿Adónde vas? —dijo el guardia.
—Voy a buscar a mi esposo y a mi hijo, por favor, déjame salir de aquí —dije con voz temblorosa.
—Espera... ¿Eres la mujer de Reagan? —preguntó el guardia, agarrándome con menos fuerza.
—Sí...
—Vale, te dejaré irte, pero apúrate. Y mándale un abrazo a mi gran amigo Reagan. Seguro estaré muerto cuando le llegue; la fuerza del rey Hermoso es incomparable. Toma, llévate esta daga, te ayudará en el camino. Es lo mínimo que puedo hacer por él.
Solo agarré la daga, lo miré a los ojos y vi en ellos la mirada de un hombre que sabía que estaba muerto. Corrí hacia el puerto. Allí había cinco barcas; seguro hubo seis, pero mi amado y mi hijo se llevaron una. Tomé una de ellas y me dirigí hacia el Oeste.
Luego de tres días navegando, con hambre, sed y con el sol golpeando mi rostro, pude divisar tierra. Allí estaba el otro continente, sobre el cual no sabía nada; quizás mi esposo tenía razón y era un buen lugar para empezar de cero. Pero antes de poder maniobrar para llegar a la orilla, una gran ola golpeó mi barca, haciendo que me cayera y diera mil vueltas bajo el agua, para finalmente solo sentir un golpe en la cabeza y fundirme en la oscuridad.
Cuando desperté, estaba acostada en la costa, casi ahogada, solo mirando el cielo y las nubes. Allí estaba, en este nuevo continente buscando a mi hijo y a mi esposo. Pero, ¿por dónde empezar? Empecé a levantarme y observé cerca una aldea costera; quizás sería un buen lugar para comenzar mi búsqueda.