La cabaña de madera junto al lago estaba aislada del mundo. Solo el crepitar de la chimenea y el suave rumor del agua rompían el silencio de la noche. Sebastian había preparado todo: luces tenues, una botella de vino tinto abierta, pétalos de rosa sobre la enorme cama con dosel y las esposas de cuero negro que Marie tanto amaba, colocadas discretamente sobre la mesita de noche.
Sebastian, de 34 años, era un hombre alto y de complexión fuerte, con cabello negro ligeramente ondulado y una barba bien cuidada que le daba un aspecto rudo pero elegante. Sus ojos color café oscuro transmitían una mezcla de amor profundo y deseo controlado. Estaba de pie junto a la chimenea, solo con unos pantalones negros, el torso desnudo dejando ver sus músculos definidos por años de entrenamiento y trabajo físico.
Marie, de 27 años, entró desde el baño envuelta en una bata de seda roja que apenas cubría sus muslos. Su cabello rubio ceniza caía en ondas suaves hasta la mitad de su espalda, y sus ojos azules brillaban con anticipación. Tenía un cuerpo femenino y curvilíneo: pechos llenos, cintura estrecha y caderas que se balanceaban con cada paso.
—Ven aquí, mi amor —dijo Sebastian con voz grave y calmada, extendiendo la mano.
Marie se acercó sin dudar y dejó que él desatara el nudo de la bata. La seda cayó al suelo, dejándola completamente desnuda frente a él. Sebastian la miró con devoción, como si viera a una diosa.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —susurró, pasando los dedos por su clavícula—. Esta noche quiero adorarte y al mismo tiempo recordarte que eres mía.
Marie tembló ligeramente cuando él la tomó por la cintura y la besó. El beso empezó lento, exploratorio, pero pronto se volvió hambriento. Sebastian la levantó en brazos y la llevó hasta la cama, colocándola en el centro con cuidado. Tomó las esposas de cuero suave y, mirándola a los ojos para obtener su consentimiento silencioso, le sujetó las muñecas por encima de la cabeza, asegurándolas al cabecero.
—¿Estás cómoda?
preguntó, siempre cuidadoso.
—Sí… quiero esto. Quiero todo de ti
respondió Marie, respirando agitada.
Sebastian comenzó a besarla por todo el cuerpo. Empezó por el cuello, bajando por sus pechos, deteniéndose en cada pezón para chuparlos y morderlos suavemente hasta hacerla arquearse. Sus manos grandes recorrían sus costados, apretando sus caderas, separando sus muslos. Cuando llegó entre sus piernas, Marie ya estaba empapada.
Usó la lengua con maestría: lamidas largas y lentas, succiones en el clítoris, dos dedos gruesos entrando y saliendo mientras la observaba retorcerse de placer. Marie tuvo su primer orgasmo en pocos minutos, tirando de las esposas y gimiendo su nombre.
—Sebastian… ¡Dios!
gritó mientras su cuerpo se convulsionaba.
Él no se detuvo. Siguió lamiéndola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella temblaba. Luego subió, se quitó los pantalones y dejó que su polla gruesa y dura rozara la entrada de Marie.
—Mírame
ordenó suavemente.
—Quiero verte a los ojos mientras te hago mía.
Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Marie soltó un gemido largo y profundo al sentirlo dentro.
Sebastian comenzó a moverse con embestidas profundas y controladas, una mano en su cuello (sin apretar, solo posesiva) y la otra pellizcando su pezón.
Cada embestida iba acompañada de palabras de amor:
—Te amo, Marie… Eres mi todo.
—Quiero hacerte sentir esto cada día de mi vida.
—Dime que eres mía.
—Sí… solo tuya… solo tuya
gemía ella, perdida en el placer.
Cambió de posición la puso de lado, todavía con las muñecas esposadas, y la penetró desde atrás mientras besaba su nuca y frotaba su clítoris. Marie tuvo su segundo orgasmo, más intenso, apretando su polla con fuerza. Sebastian siguió follándola sin parar, aumentando el ritmo poco a poco.
La tercera vez la colocó a cuatro patas, sujetando sus caderas con fuerza mientras entraba más profundo. Marie empujaba hacia atrás, pidiendo más. Tuvo un tercer orgasmo tan fuerte que sus brazos cedieron y quedó con el pecho contra las sábanas, gimiendo incoherentemente.
Sebastian la giró de nuevo, liberó una de sus muñecas para que pudiera abrazarlo y aceleró el ritmo final. Sudados, mirándose a los ojos, llegaron juntos al clímax.
Sebastian se volvía a derramar dentro de ella con un gruñido ronco mientras Marie se contraía alrededor de él, por el placer.
Después, el aftercare fue largo y tierno. Sebastian le quitó las esposas, masajeó sus muñecas, besó cada marca roja y la abrazó contra su pecho. La cubrió con una manta suave, le dio agua y le acarició el cabello durante mucho rato.
—Y yo nunca había amado tanto a alguien — Sebastian, besando su frente.
—Eres mi hogar, Marie.
Se quedaron abrazados escuchando el fuego y el lago, hablando de su futuro, de los planes juntos, hasta que el cansancio los venció en un sueño profundo y feliz.