Hoy por fin te has decidido a venir, he oído tanto hablar de ti, en mis sueños te he visto llegar, en tus ojos veo..., el mal.”
...
Al calor del desierto se le figuró qué era una ilusión. La túnica oscura qué se mecía bajó el sol abrasador emitía un sonido que se le enteraba en lo más bajo de la piel.
Era Zain. Aquel que despierta a los muertos. Zain Heth.
Lloró, pero la cara gélida del extraño no tenía compasión.
—Por favor...
Pero Zain solo la miró, había venido desde el este para derrotar a su enemigo. Un enemigo que jamás le había declarado la guerra y ahora no podía hacer más que quedarse a los pies de ese extraño enemigo..., y pedirle ayuda.
Ayuda.
Los pies de Zain Heth no tocaban la arena del desierto, ni siquiera eran visibles, se sostenía en la nada, como si estuviera sostenido por hilos.
Su largo cabello de ébano estaba sujetado en una trenza que se mecía del este al oeste con la brisa del desierto.
Eran terribles sus ojos de carbón qué contrastaban contra la blancura desmedida de su piel. Como si hubieran puesto dos manchones de carbón sobre la blanca porcelana de una escultura.
Tan terrible y tan hermoso. No con una belleza sensual qué confunde a los hombres, sino con una belleza que aterra a lo humano. Tan divino y tan simple, si había mortalidad o no en esa criatura, ni siquiera resultaba aceptable pensar en eso.
Simplemente era..., aterrador.
Faride lloró, pero se levantó del suelo y empuñó el sello del trisquel con sus manos, se levantó del suelo temblorosa y con autoridad lo dirigió hacia Zain. Había viajado días, semanas para este momento. La fe de todo el santuario estaba sobre ella..., pero nada pasó.
Zain entonces tocó el suelo con los pies, sus pies de alabastro qué al igual que sus manos estaban tatuados con un patrón de tinta negra, haciendo énfasis en las enredaderas de una planta venenosa.
Tocó el trisquel y éste voló en pedazos. En cientos de ellos, entonces sujetó a Faride por el cuello y le regaló una sonrisa, fría e inhumana, la sonrisa que podrías esperar de un diablo.
Entonces lo susurró como un rezo :
—Así que tú eres quien ha venido a ocupar mi lugar.
—¿Qué...?
Imposible..., no se suponía que simplemente debía de matarlo.
—Entonces..., tú serás..., el próximo yo. Bienvenida seas, hija mía.