El precipicio estaba a treinta minutos del pueblo.
Eso era lo que decía el cartel oxidado junto al camino.
MIRADOR DEL FIN DEL MUNDO — 3 KM.
A Clara siempre le había parecido un nombre exagerado.
Hasta aquella tarde.
El auto se detuvo al final del camino de tierra. El motor quedó encendido unos segundos más, como si incluso el vehículo necesitara reunir valor para continuar.
Tomás apagó el contacto.
—Llegamos.
Clara miró por la ventanilla.
No había nada.
Solo un terreno irregular, algunos árboles moviéndose con el viento y un sendero que desaparecía entre las rocas.
—¿Esto es el famoso mirador?
—Sí.
—Me imaginaba algo más...
—¿Turístico?
—Seguro.
Tomás sonrió.
—Por eso te traje.
Ella giró la cabeza hacia él.
—¿Para demostrarme que tienes mal gusto?
—Para demostrarte que no todo tiene que estar preparado para nosotros.
Clara soltó una risa pequeña.
—Eso sonó sospechosamente profundo.
—No te acostumbres.
Bajaron del auto.
El viento era fuerte. Mucho más de lo que Clara había imaginado. Se sujetó el cabello mientras avanzaban por el sendero.
Tomás caminaba delante.
Ella lo observó durante unos segundos.
La espalda recta. Las manos dentro de los bolsillos. La cabeza ligeramente inclinada para protegerse del viento.
Lo conocía desde hacía casi cuatro años.
Había aprendido sus silencios.
Sus manías.
La forma en que fruncía el ceño cuando algo le preocupaba.
La manera en que evitaba decir "te necesito" y lo reemplazaba por cosas como "avísame cuando llegues".
También había aprendido algo que todavía no sabía cómo perdonarle.
Tomás tenía miedo.
No de ella.
De perderla.
Y cuando alguien tiene demasiado miedo de perder algo, a veces termina destruyéndolo antes de que pueda hacerlo otra persona.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Clara aceleró el paso.
—En nada.
—Eso nunca es cierto.
—¿Y tú?
Tomás tardó en responder.
—En que deberíamos haber hablado antes.
Clara dejó de caminar.
Él también.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
—¿Sobre qué? —preguntó ella.
Tomás respiró profundamente.
—Sobre nosotros.
Clara sintió un nudo en el estómago.
Ahí estaba.
La conversación que llevaba semanas evitando.
La que había empezado con mensajes cada vez más cortos, llamadas que no contestaban y silencios que duraban demasiado.
—No quiero hablar de nosotros.
—Precisamente por eso tenemos que hacerlo.
—Tomás...
—Clara.
Ella levantó una mano.
—No.
Él la miró.
—¿No qué?
—No quiero otra conversación en la que tú decides lo que es mejor para los dos.
Tomás bajó la mirada.
Eso había sido injusto.
Y ambos lo sabían.
Pero también era verdad.
Tres meses atrás, Tomás había recibido una oferta de trabajo en otra ciudad.
Un puesto importante.
Un salario que podría cambiar su vida.
Una oportunidad que llevaba años buscando.
Y no se lo había contado.
Clara se había enterado por casualidad.
Por otra persona.
Lo peor no había sido que aceptara.
Lo peor había sido descubrir que ya había firmado.
Y que faltaban apenas dos semanas para que se marchara.
—Yo no decidí por los dos —dijo él.
Clara soltó una risa amarga.
—¿Ah, no?
—Pensé que era lo mejor.
—Exactamente.
El viento golpeó con fuerza.
—Pensaste que era mejor dejarme sin preguntarme.
—Pensé que no debía obligarte a elegir.
—¡Yo podía elegir sola!
El grito de Clara se perdió entre las montañas.
Tomás cerró los ojos.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Ella continuó caminando.
Esta vez él no la siguió inmediatamente.
Clara llegó al borde del precipicio.
Se detuvo.
Frente a ella se extendía un vacío enorme.
La montaña se cortaba de golpe y debajo solo había nubes, rocas y una distancia imposible de calcular.
Tomás llegó unos segundos después.
—No te acerques tanto.
Clara lo miró por encima del hombro.
—¿Por qué?
—Porque está resbaladizo.
—No voy a caer.
—No puedes saberlo.
Ella sonrió tristemente.
—Qué ironía.
Tomás se quedó quieto.
Clara volvió la vista hacia el vacío.
—Eso es lo que has hecho conmigo.
—¿Qué?
—Me pediste que confiara en ti mientras decidías por mí.
Tomás tragó saliva.
—Nunca quise hacerte daño.
—Pero lo hiciste.
Silencio.
Una ráfaga de viento levantó el cabello de Clara.
Ella dio un paso atrás.
Luego otro.
No porque tuviera miedo del precipicio.
Sino porque acababa de comprender algo.
Durante meses había pensado que el problema era que Tomás se marchara.
Ahora entendía que el verdadero problema era que él había dejado de confiar en ella.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó.
Tomás no respondió.
—Dímelo.
—Porque sabía que intentarías convencerme de quedarme.
—¿Y?
—Y porque sabía que si me decías que querías que me quedara, yo no podría irme.
Clara lo miró.
Ahí estaba la verdad.
Sin excusas.
Sin adornos.
—Entonces sí era por mí.
—Sí.
—¿Y pensaste que era mejor perderme antes de arriesgarte a escucharme decir que me iría contigo?
Tomás bajó la cabeza.
—Sí.
Clara sintió que algo dentro de ella se rompía.
No porque él quisiera marcharse.
Sino porque la había amado de una forma cobarde.
Había preferido sufrir solo antes que darle la posibilidad de decidir junto a él.
—Eres un idiota.
Tomás soltó una pequeña risa.
—Lo sé.
—Un idiota enorme.
—También lo sé.
—Y te odio un poco.
—Eso último me lo merezco.
Clara se cruzó de brazos.
—¿Cuándo te vas?
—El lunes.
Ella miró el cielo.
Era viernes.
Tres días.
Solo tres días.
—¿Y después?
—Después... no lo sé.
Clara cerró los ojos.
El viento volvió a golpearla.
Pensó en los cuatro años.
En la primera vez que él le había comprado café porque ella había olvidado desayunar.
En las noches en las que hablaban hasta quedarse dormidos.
En las discusiones absurdas.
En las reconciliaciones.
En la primera vez que él le dijo que la amaba.
En todos los momentos en los que habían creído que quererse era suficiente.
Quizás nunca lo había sido.
Quizás el amor necesitaba algo más difícil.
Valor.
—¿Quieres que me vaya contigo? —preguntó.
Tomás levantó la mirada.
—¿Qué?
—No me hagas repetirlo.
—Clara...
—Te pregunté si quieres que me vaya contigo.
Él se acercó un paso.
—Sí.
—Entonces debiste preguntármelo.
—Lo sé.
—¿Y ahora?
Tomás la miró directamente.
—Ahora te lo estoy preguntando.
Clara respiró profundamente.
No tenía una respuesta.
Y por primera vez no quiso inventarla.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Mucho.
—Yo también.
—No sé qué pasaría.
—Yo tampoco.
Clara soltó una risa nerviosa.
—Qué tranquilizador.
Tomás sonrió.
—Puedo mentirte si quieres.
—No.
Ella se acercó.
Quedaron a pocos centímetros.
—No quiero que vuelvas a decidir por mí.
—No lo haré.
—Aunque tome una decisión que no te guste.
—Aunque no me guste.
—Aunque tenga miedo.
—Especialmente si tienes miedo.
Clara lo observó.
—¿Y si todo sale mal?
Tomás miró el precipicio.
—Entonces habrá salido mal.
—Qué filósofo.
—Estoy improvisando.
Ella sonrió.
Después lo besó.
No fue un beso perfecto.
Fue torpe.
Tembloroso.
Con lágrimas que Clara ni siquiera sabía que estaban ahí.
Tomás la abrazó con fuerza, como si durante meses hubiera estado esperando permiso para hacerlo.
Cuando se separaron, ella apoyó la frente contra su pecho.
—Todavía estoy enojada contigo.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También lo sé.
—Y no significa que vaya a irme contigo.
Tomás asintió.
—Lo sé.
Clara levantó la cabeza.
—¿No vas a insistir?
—No.
Ella sonrió.
—Eso es nuevo.
—Estoy aprendiendo.
Se quedaron allí hasta que el sol comenzó a bajar.
El cielo adquirió tonos anaranjados y las nubes debajo de ellos parecían moverse lentamente.
Tomás se sentó sobre una roca.
Clara hizo lo mismo.
Durante un rato no hablaron.
No necesitaban hacerlo.
A veces el silencio entre dos personas no significa distancia.
A veces significa que, por fin, dejaron de tener miedo de permanecer juntos sin decir nada.
—¿Sabes qué pienso? —dijo Clara.
—¿Qué?
—Que este lugar es horrible.
Tomás soltó una carcajada.
—Gracias.
—No, en serio. Es un agujero gigante con viento.
—Es un precipicio.
—Exactamente. Horrible.
—Y aun así viniste.
Clara lo miró.
—Porque tú estabas aquí.
Tomás dejó de sonreír.
Ella tomó su mano.
—Ese es el problema del amor.
—¿Cuál?
—Que a veces te lleva a lugares a los que jamás habrías ido sola.
Él entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Y eso es bueno?
Clara observó el vacío.
—Depende de quién tengas al lado.
---
El lunes llegó demasiado rápido.
Clara no durmió durante toda la noche del domingo.
A las seis de la mañana estaba frente a su armario, mirando ropa que de repente parecía pertenecerle a otra persona.
A las siete tenía una maleta abierta sobre la cama.
A las siete y veinte la cerró.
A las siete y treinta la volvió a abrir.
A las ocho se sentó en el suelo.
No sabía si estaba tomando la decisión correcta.
Eso era lo aterrador.
Nadie podía garantizarle que irse con Tomás funcionaría.
Podían terminar.
Podían fracasar.
Podían descubrir que vivir juntos era completamente distinto a amarse.
Podía arrepentirse.
Pero quedarse también era una decisión.
Y podía arrepentirse de ella.
A las nueve, Clara tomó la maleta.
A las nueve y diez llegó a la terminal.
Tomás estaba junto al autobús.
Cuando la vio, se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
Clara levantó la maleta.
—No te emociones.
—No estoy emocionado.
—Estás a punto de llorar.
—Es alergia.
—Claro.
Tomás sonrió.
—¿Estás segura?
Clara miró el autobús.
Luego lo miró a él.
—No.
La sonrisa de Tomás desapareció.
—Pero voy.
Él se acercó.
—Clara...
—No me preguntes si estoy segura otra vez.
—Está bien.
—Porque no lo estoy.
—Está bien.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Y probablemente voy a arrepentirme.
—Puede ser.
—Y si me haces sentir que tomé una mala decisión, te voy a odiar.
Tomás sonrió.
—Haré todo lo posible para que no ocurra.
—No. No quiero que hagas todo lo posible.
Él frunció el ceño.
—¿Entonces?
Clara tomó su mano.
—Quiero que, cuando tengas miedo, me lo digas.
Tomás asintió.
—Lo haré.
—Y si quieres irte, me lo dices.
—Sí.
—Y si quieres quedarte, también.
—Sí.
—Y si algún día dejamos de querernos...
Tomás apretó suavemente su mano.
—No pienses en eso.
Clara negó con la cabeza.
—No. Tenemos que poder hablar incluso de eso.
Él respiró profundamente.
—Entonces te lo diré.
—Bien.
Subieron al autobús.
Clara se sentó junto a la ventana.
Tomás a su lado.
Cuando el vehículo comenzó a moverse, ella miró hacia atrás.
La ciudad se alejaba.
Su casa.
Sus calles.
Su vida.
Todo quedaba atrás.
Por primera vez, no sintió que estuviera huyendo.
Estaba eligiendo.
Tomás apoyó la cabeza contra el asiento.
—¿En qué piensas?
Clara sonrió.
—En el precipicio.
—¿Todavía?
—Sí.
—¿Por qué?
Ella miró por la ventana.
—Porque creo que entendí algo.
—¿Qué?
—Que toda la vida nos enseñan a no acercarnos al borde.
Tomás esperó.
—Pero nadie nos enseña qué hacer cuando el borde aparece dentro de nosotros.
Él tomó su mano.
Clara continuó:
—A veces amar es eso. Llegar hasta un lugar donde no sabes qué hay después. No tienes garantías. No sabes si vas a encontrar tierra firme o si simplemente vas a caer.
Tomás la miró.
—¿Y aun así?
Clara entrelazó sus dedos con los de él.
—Y aun así, no retroceder.
El autobús siguió avanzando.
No sabían qué encontrarían al final del camino.
No sabían cuánto duraría aquello.
No sabían si su historia tendría un final feliz.
Pero por primera vez, ninguno de los dos intentaba conocer el final antes de vivir el principio.
Porque quizá el amor nunca había consistido en saber que no caerían.
Quizá consistía en mirar el vacío, reconocer el miedo y decidir, aun así, dar un paso.
Juntos.