Capítulo 1 — La cita a ciegas de la hermana fea
El teléfono sonó a las cuatro de la tarde, y con esa sola llamada empezó a derrumbarse la vida que yo creía mía.
—Rena, ven a casa enseguida. —La voz de Marisol llegaba envuelta en esa dulzura pegajosa que aprendí a temer desde niña—. Es urgente. Se trata de tu hermana.
*Siempre se trata de mi hermana*, pensé mientras colgaba. Pero dejé el escritorio de la Agencia Manantial, inventé una excusa ante don Braulio y tomé el primer taxi hacia la Casa Paredes. Porque así me criaron: cuando la familia llama, Renata acude. Aunque nadie, jamás, acuda por Renata.
Encontré la sala convertida en un teatro. Daniela reclinada en el sofá, con una manta sobre las piernas y una taza de té entre las manos, pálida como una heroína de tragedia. Marisol a su lado, acariciándole el pelo. Y Ricardo, mi padre, de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda y la cara de quien va a dictar una sentencia.
—Siéntate, hija —dijo Marisol.
Me senté.
—Tu hermana tiene esta tarde una cita muy importante. Una cita a ciegas. —Hizo una pausa dramática—. Con Damián Valcárcel.
El apellido cayó en la sala como una piedra en un pozo. Valcárcel. El Grupo Boreal. El hombre del que hablaban las revistas y los noticieros, el presidente al que nadie le veía nunca una sonrisa.
—¿Y qué tengo que ver yo con eso? —pregunté, aunque el estómago ya me avisaba.
—Daniela no puede ir. —Marisol suspiró como si le costara el alma—. Ya sabes lo delicada que está del corazón. El médico dijo que una emoción fuerte podría hacerle daño. Y además está en plena universidad, no puede cargar con semejante compromiso. Tú, en cambio...
—Yo, en cambio, sobro —completé.
—No digas eso. —Ricardo se giró por fin—. Eres la mayor. Es tu deber.
Marisol bajó la voz, como quien confiesa un pecado.
—Comercial Paredes está al borde de la quiebra, Renata. Si no conseguimos el respaldo de los Valcárcel, lo perdemos todo. La casa, la empresa, el nombre de tu padre. Todo depende de esta alianza.
*Todo depende de que yo me venda*, traduje por dentro. Miré a Daniela, tan trágica con su tacita de té, y busqué en sus ojos algo parecido a la vergüenza. No había nada. Solo esa curiosidad tranquila de quien mira llover desde la ventana, a salvo, mientras otro se moja.
—¿Y si me niego? —dije.
Ricardo no respondió. No hacía falta. En esa casa, la palabra "no" nunca fue mía.
Una hora más tarde entraba yo al restaurante más caro de San Martín, con un vestido prestado de Daniela que me apretaba y unos tacones que no eran míos. Me llevaron a un reservado con vista al jardín. Y ahí, sentado a la mesa, columpiando las piernas porque no le llegaban al suelo, había un niño.
Un niño de cuatro o cinco años, con el pelo peinado con raya y una camisita de cuello duro, que me miró de arriba abajo con la seriedad de un juez.
—Tía fea —dijo—, ¿viniste a una cita a ciegas con esa cara? ¿Tu familia lo sabe?
Me quedé sin aire. No por la ofensa —de esas he coleccionado toda la vida—, sino por la pregunta que se abrió sola dentro de mí. *¿Un niño? ¿En una cita a ciegas hay un niño?*
—¿Y tú quién eres? —logré decir.
—Yo soy Toñito. —Se cruzó de brazos—. Y tú te vas a casar con mi papá. Pero no me gustas.
*Mi papá.*
Así, en boca de un chiquillo de cuatro años, me enteré de lo que mi familia había tenido el cuidado de no mencionarme: el hombre con el que iban a casarme era viudo. Y tenía un hijo. Y a mí me habían mandado a esa mesa como se manda un paquete, sin abrir siquiera la etiqueta.
No tuve tiempo de indignarme. La puerta del reservado se abrió y entró él.
Damián Valcárcel era, en efecto, todo lo que las revistas prometían y algo peor: alto, de traje impecable, de esos hombres tan guapos que resultan una especie de insulto. Pero lo que me heló no fue su cara. Fue su mirada. Me repasó una vez, de arriba abajo, con la misma atención con que uno lee la letra pequeña de un contrato, y luego apartó los ojos como si yo ya no estuviera. Frío. Cortés y frío, como el mármol de una tumba cara.
—Señorita Paredes —dijo, y se sentó sin darme la mano.
—Señor Valcárcel. —Junté las mías sobre el regazo para que no le temblaran.
No hubo cortejo. No hubo esas mentiras amables que la gente se dice en estas mesas. Él pidió agua, no me preguntó nada de mí, y cuando el mesero se retiró, habló como quien despacha un asunto pendiente.
—Seré claro. Este matrimonio conviene a nuestras dos familias, y no pienso fingir lo contrario. —Puso una mano sobre el hombro del niño, y por un instante, uno solo, algo se le ablandó en el gesto—. Tengo una única condición. Después de casarnos, espero que cuide bien a Toñito en el día a día. Es lo único que le pido. Y lo único que me importa.
*Una niñera.* Eso era yo. No una esposa: una niñera con anillo.
—Entiendo —dije, porque ¿qué otra cosa iba a decir?
Damián se puso de pie tan pronto como llegó. Consultó su reloj, tomó de la mano a Toñito y, antes de salir, dejó caer sobre la mesa una última frase, dirigida a un hombre de lentes que aguardaba junto a la puerta.
—Bruno, encárgate de los detalles.
Y se fue. Ni un adiós.
Bruno se acercó, cordial y eficiente, con una carpeta bajo el brazo.
—Señorita Paredes, mucho gusto. Le explico las fechas. La boda será el día 8 del mes entrante. El registro civil, una semana antes. Yo le confirmaré todo por WhatsApp.
Asentí como una marioneta a la que le mueven la cabeza con un hilo.
Cuando volví a la Casa Paredes, ya de noche, algo se me había roto por dentro y decidí, por una vez, decirlo en voz alta.
—Tiene un hijo —dije, apenas crucé la puerta—. Es viudo y tiene un hijo, y ustedes lo sabían. Me mandaron a criar al hijo de otro hombre sin siquiera avisarme. No me voy a casar.
—¿Cómo que no? —Ricardo se levantó de golpe.
—No me voy a casar con un viudo que me trata como al servicio, papá. No lo voy a hacer.
Lo que vino después lo sentí antes de verlo. La mano de mi padre cruzó el aire y me golpeó la cara con un sonido seco que apagó de un tajo todas las voces de la sala. El calor me subió a la mejilla, después a los ojos. Daniela ahogó un gritito. Marisol no se movió.
Me llevé la mano a la cara. No lloré. Me negué a llorar delante de ellos, aunque el nudo de la garganta me estuviera partiendo en dos.
—Está bien —dije, y mi propia voz me sonó ajena, tersa como un hilo a punto de cortarse—. Me caso. Con esto les devuelvo todo lo que me dieron al criarme. Todo. Y no me deben pedir nada más.
Ricardo bajó la mano, avergonzado quizá, o quizá no. Nunca supe leerle esa cara.
Subí a mi cuarto sin cenar. Y ya en la oscuridad, con la puerta cerrada, alcancé a oír por la rendija la voz de Marisol al otro lado del pasillo, en la habitación de Daniela. Hablaban bajo, pero las paredes de esa casa siempre estuvieron en contra mía.
—No te preocupes por tu hermana, mi vida —decía Marisol—. Lo que ese hombre busca no es una esposa. Es una niñera de confianza, nada más. A ti te espera algo mejor.
Y luego, la risita cómplice de las dos. Esa risita.
*Lo que ese hombre busca es una niñera de confianza, nada más.*
Me senté en el borde de la cama con las dos manos apretadas contra la boca, y por fin dejé que las lágrimas salieran, calientes y silenciosas, deslizándose hasta perderse en el cuello.
Mucho más tarde supe que esa misma tarde, al otro lado de la ciudad, en la Hacienda Valcárcel, doña Herminia había golpeado el suelo con su bastón al enterarse de la alianza. "¡Los Paredes no están a la altura de los Valcárcel!", había dicho la anciana. Y que don Fernando y Leonor la habían calmado, defendiendo el compromiso. Pero eso no lo supe entonces. Entonces solo sabía que en ninguna de las dos familias había un rincón para mí.
El teléfono vibró sobre la almohada. Un mensaje de WhatsApp de Bruno, con la frialdad amable de siempre.
"Señorita Paredes: registro civil confirmado para el último viernes del mes, a las diez. Le enviaré la dirección. Que descanse."
Miré la pantalla hasta que las letras se volvieron borrosas. Y en el silencio de mi cuarto, con la mejilla todavía ardiendo, volví a escuchar, clarita, la vocecita del niño en el restaurante.
*Tía fea.*
Capítulo 2 — Borracha y descubierta
Esa misma noche no quise estar sola con la mejilla ardiendo y la palabra "niñera" dándome vueltas en la cabeza. Así que hice lo único que sabía hacer cuando el mundo se me venía encima: llamé a mis dos personas.
—Bar Hechizo. En media hora. Los necesito.
Juli llegó primero, como siempre, con esa cara suya de estar lista para pelear con quien fuera. Teo llegó después, callado, mirándome con esa ternura que yo, tonta de mí, llevaba años tomando por simple amistad.
Para cuando ellos se sentaron, yo ya iba por mi segunda copa. Y para cuando les conté todo —el niño, el viudo, la condición, la bofetada—, iba por una botella entera que sostenía como si fuera un cetro.
El Bar Hechizo era mi refugio de siempre: luces bajas de colores, música que retumbaba en el pecho, esa clase de sitio donde una podía deshacerse en pedazos sin que nadie tomara nota. Esa noche lo necesitaba entero para mí.
—A ver si entendí. —Juli dejó su vaso en la mesa de un golpe—. Te llaman de urgencia, te enteras en pleno restaurante de que el tipo es viudo y tiene un hijo, te sueltan una condición como quien alquila un departamento, y encima llegas a tu casa y tu papá te levanta la mano. ¿Y quieren que sonrías el día 8 con un ramo en la mano? No puede ser. En serio, Rena, no puede ser.
—Puede ser. —Le di otro trago—. Puede ser y va a ser. Ya está firmado en la cabeza de todos, solo falta el papel.
*Lo peor no es que me vendan*, pensé, con la lengua ya pastosa. *Lo peor es lo barata que me venden. Ni siquiera regatearon.*
—No puede ser. —Juli me quitó la botella de las manos—. ¿Una bofetada? ¿Tu papá te pegó una bofetada? Rena, eso no se hace, eso no se le hace a nadie...
—Es lo que hay. —Me encogí de hombros con una alegría falsa, borracha, horrible—. ¿Saben qué? Me caso. Me caso y ya. ¡Que todo el mundo se entere!
Y me subí. Me subí de pie a la butaca, con la botella en alto, y le grité al bar entero, a los desconocidos, a las luces de colores, a mi propia vida:
—¡Yo, Renata Paredes, me caso el 8 del mes que viene!
Alguien aplaudió. Alguien silbó. El Bar Hechizo, ese lugar donde una podía gritar cualquier estupidez sin que importara, me devolvió un rugido de risas. Me sentí, por tres segundos, dueña de algo. De mi propia desgracia, al menos.
Juli me bajó de la butaca entre carcajadas. Teo no se reía. Teo me miraba con una intensidad que, de golpe, sobria como un cubetazo de agua fría, entendí demasiado tarde.
—Rena. —Me tomó de las dos manos—. No te cases.
—Teo...
—Estoy enamorado de ti. Desde la universidad. Todos estos años. —Le temblaba la voz—. Y no puedo quedarme aquí sentado viéndote entregar a un hombre que ni siquiera te mira. No puedo.
—Teo, para...
No paró. Me sujetó la cara con las dos manos y me besó. A la fuerza, sin permiso, delante de medio bar.
Fue un instante nada más, pero se me hizo eterno y sucio y equivocado. Lo empujé con las dos manos contra el pecho, con toda la fuerza que me quedaba, y sin pensarlo, la mano se me fue sola: le crucé la cara de una bofetada. El golpe sonó y varias cabezas se voltearon.
—Te lo agradezco —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz, a pesar del alcohol, a pesar de todo—. De verdad. Pero no siento lo mismo por ti. Y forzarme no te va a hacer sentir mejor. A ninguno de los dos.
Teo se llevó la mano a la mejilla, con los ojos brillantes de vergüenza y de rabia consigo mismo. Yo no aguanté más esa mesa, ese aire. Me abrí paso entre la gente y me metí al baño a echarme agua en la cara, a respirar, a recordar quién era yo antes de esta noche espantosa.
Cuando salí, me di de bruces con la última persona del mundo que quería ver.
Damián Valcárcel bajaba por la escalera del segundo piso, impecable en medio de aquel desorden de luces y humo, con un amigo detrás que reía. El amigo —después supe que se llamaba Facu— me señaló con la copa y soltó, sin bajar la voz:
—Dami, tu futura esposita te acaba de regalar unos cuernos verdes antes de la boda. Qué eficiencia.
Se me heló la sangre. *Lo vio. Vio el beso. Vio todo.*
Damián no se rió. No dijo nada durante un segundo larguísimo, solo me miró, y juro que en sus ojos, que ya eran oscuros, algo se oscureció todavía más. Después habló, y cada palabra fue una esquirla de hielo.
—Cuando termines de jugar —dijo—, vete a casa.
—Señor Valcárcel, esto no es lo que...
—No me interesa lo que es. —No levantó la voz. No le hizo falta—. A partir del día 8 vas a llevar mi apellido. Te pido una sola cosa: que cuides tu reputación. Que no hagas nada que avergüence a los Valcárcel. Lo que hagas con tu vida es tu problema. Lo que hagas con mi nombre, es el mío.
*Su nombre. Su reputación. Su niñera.* Ni una vez preguntó si estaba bien. Ni una vez le importó que un hombre me hubiera besado a la fuerza. Para él yo no era una mujer a la que acababan de faltarle el respeto; era una mancha potencial en un apellido caro.
—Buenas noches, señor Valcárcel —dije, y me pareció que la dignidad me costaba cada sílaba.
Él ya se había dado la vuelta. Facu me guiñó un ojo, divertidísimo, y los dos se perdieron hacia la salida.
Me quedé un momento sola en medio del bar, entre la gente que bailaba ajena a mi naufragio, y sentí toda la humillación caerme encima de una vez. *En una sola tarde: mi padre me abofetea, mi familia me subasta, un amigo me besa a la fuerza, y el hombre con el que voy a casarme decide que soy una vergüenza andante. Récord.* Me reí sola, una risa fea, para no hacer lo otro.
Volví a la mesa con la cara en llamas por segunda vez en una noche. Juli me leyó todo de una mirada.
—¿Ese era...?
—Ese era. —Me dejé caer en la silla—. Y ya piensa que soy lo peor. Perfecto. Empezamos casados y despreciándonos. Un romance para las revistas.
Teo seguía ahí, con la culpa marcada en la cara. Respiré hondo y, porque merecían saberlo de mi boca y no de un chisme, se los dije de frente, formal, como quien firma algo.
—Escúchenme los dos. El día 8 me caso. Con Damián Valcárcel. No es una broma de borracha, no es un capricho. Es un trato entre mi familia y la suya, y yo soy la moneda con que se paga. No quiero que me salven, no quiero que me convenzan de nada. Solo quiero que, el día que camine hacia ese altar, ustedes dos estén ahí para no dejarme sola. Nada más que eso.
Juli me apretó la mano por debajo de la mesa. Teo no dijo nada. Bajó la cabeza, apretó los puños sobre las rodillas, y esa quietud suya me dio más miedo que cualquier cosa que hubiera podido gritar.
Los dejé un rato después. Necesitaba mi cama, mi oscuridad, mi silencio. Pero antes de irme, ya en la puerta, alcancé a ver a Teo inclinarse hacia Juli. No oí bien lo que le dijo, pero le leí los labios lo suficiente para que un frío me subiera por la espalda.
—El día de la boda me presento. Y me la llevo de ahí.
Juli lo agarró del brazo con las dos manos, la cara dura, la voz baja y filosa como un cuchillo.
—Ni se te ocurra, Teo. Ni se te ocurra.
Capítulo 3 — Firma, sello y lágrimas
El mensaje de Bruno llegó la víspera, tan escueto como él:
"Mañana a las diez, Registro Civil de San Martín. Un auto pasa por usted a las nueve y media. Lleve su documento."
Pasé la noche en vela. No lloré; ya había gastado esas lágrimas. Solo miré el techo, contando las horas, con la extraña calma del que ya no espera nada bueno y por eso ya no teme.
Bajé a desayunar con ojeras. Y mi padre, que no había vuelto a mirarme a la cara desde la bofetada, eligió esa mañana para dirigirme la palabra.
—Hoy firmas —dijo Ricardo, sin levantar la vista del periódico—. Bien. Escúchame una cosa, Renata. Una vez que estés casada, tienes acceso a ese hombre. Los Valcárcel nadan en dinero. Comercial Paredes necesita una inyección de capital urgente, y tú vas a conseguirla. Habla con él. Consigue que invierta. Es lo mínimo que puedes hacer por esta familia después de todo lo que hemos gastado en ti.
*Después de todo lo que han gastado en mí.* Como si yo fuera un mal negocio que por fin empezaba a dar rendimiento.
—Buenos días a ti también, papá —dije.
Daniela, envuelta en su bata de seda, se acercó y me puso una mano en el hombro con una dulzura tan bien actuada que casi me dieron ganas de aplaudir.
—Ay, hermana. Me siento terrible de que te obliguen a casarte con un hombre así. Frío, viudo, con un niño... Debe ser horrible para ti. Ojalá pudiera hacer algo.
La miré fijo. Ahí estaba, con su color perfecto en las mejillas, su respiración tranquila, sus manos sin un temblor. *Del corazón, decían. Tan delicada que una emoción fuerte podría matarla.* Y sin embargo aquí estaba, revolviendo el cuchillo en la herida con un pulso de cirujana. Por primera vez me permití pensarlo con todas sus letras: *esa enfermedad del corazón es tan real como su compasión.*
No dije nada. Guardé la duda donde guardo todo: por dentro, bajo llave. Pero ya no la solté. *Una hermana que se muere de una emoción fuerte, pero que puede clavarme un cuchillo a la hora del desayuno sin que se le acelere el pulso. Qué corazón tan fuerte para lo que le conviene, y tan débil para lo que no.* Guardé eso también. Algún día iba a hacer las cuentas.
El auto pasó puntual. El Registro Civil de San Martín, que suele ser un hervidero de filas y papeles y llanto de bebés, esa mañana me recibió vacío. Damián había reservado una oficina privada. Ni fila, ni espera, ni testigos curiosos. El dinero, descubrí, compra hasta el silencio de los trámites.
Él ya estaba ahí, de pie junto al ventanal, revisando el teléfono. Traje oscuro, ni una arruga. Levantó la vista cuando entré, me repasó con esa mirada de contrato que yo empezaba a conocer, y volvió al teléfono.
—Señorita Paredes.
—Señor Valcárcel.
La funcionaria, nerviosa de tener a semejante apellido en su oficina, empezó a leer las cláusulas de rigor. Yo firmé donde me señalaron. Damián firmó donde le señalaron. Nos entregamos los documentos sin rozarnos los dedos. Fui, durante todo el proceso, una marioneta obediente: cabeza abajo, mano firme, corazón apagado.
Y entonces, cuando la funcionaria alzó el sello oficial sobre el papel, ese sello de acero que iba a estamparme casada de por vida, algo se me sublevó adentro. No sé qué fue. Una travesura, un último gesto de que yo todavía estaba viva ahí abajo.
—¡Espere! —dije.
La funcionaria se congeló con el sello en el aire. Damián levantó la cabeza de golpe. Todos me miraron, conteniendo el aliento, seguramente esperando que yo me arrepintiera, que me pusiera a llorar, que hiciera un drama.
—Que el sello quede bien bonito —dije—. Derechito. Es para toda la vida.
Silencio. La funcionaria parpadeó y estampó el sello, muy derechito. Y Damián Valcárcel me miró como no me había mirado hasta entonces: desconcertado. Por una fracción de segundo, ese hombre de mármol no supo qué pensar de mí. Lo disfruté más de lo que debería.
Después, nada. Recogió sus papeles, murmuró un "que tenga buen día" tan cortés como una puerta cerrándose, y cada uno salió por su lado. Ni un auto compartido, ni una palabra de más. Tomé un taxi sola de vuelta a casa, ya legalmente esposa de un hombre que no me dirigiría la palabra sin necesidad.
Por la ventanilla del taxi vi pasar la ciudad, la gente que caminaba con sus vidas normales, sus problemas normales, y pensé en las novias que una imagina de niña: el ramo, las lágrimas de emoción, alguien esperándote del otro lado con la cara iluminada. Yo acababa de casarme en una oficina vacía, con un desconocido que se fue sin mirar atrás, y llevaba en la cartera un acta con un sello muy derechito. *Que quede bien bonito*, había pedido. Al menos eso salió como yo quería. Lo único de todo el día.
En casa me refugié en mi cuarto. Duró poco. Ricardo entró detrás de mí, sin tocar la puerta, con la misma cantaleta.
—¿Y? ¿Le hablaste del capital? ¿Le dijiste de la empresa?
—Acabo de firmar, papá. Llevo dos horas casada.
—Justamente. Ahora es cuando hay que actuar, antes de que se enfríe. Mándale un mensaje. Dile que tu padre necesita hablar de inversiones. No cuesta nada.
Y ahí, por fin, se me quebró algo que no era la voz.
—Papá. —Me di la vuelta y lo enfrenté—. Yo también soy tu hija. Aunque sea de mentira, aunque sea de crianza, aunque nunca me hayas querido de verdad... ¿No podrías, al menos por hoy, aparentar que te importo un poco? ¿Solo hoy? ¿El día que me casé por ustedes?
Ricardo abrió la boca. La cerró. Me miró un instante con algo que no supe nombrar, y se dio la vuelta y salió sin responderme una sola palabra.
Me senté en el suelo, con la espalda contra la cama, y me cubrí la cara con las dos manos. Esta vez las lágrimas vinieron sin permiso, calientes, resbalando por los costados de la cara hasta metérseme en los oídos, tibias y ridículas. Lloré en silencio, porque en esa casa hasta el llanto había que esconderlo.
Al rato oí llegar a Marisol y a Daniela, cargadas de risas y de bolsas. Habían salido "a comprarme el ajuar de novia", habían dicho. Bajé, con los ojos todavía rojos, esperando —tonta de mí, siempre tonta— que por una vez hubieran pensado en mí.
Las bolsas se abrieron sobre el sofá. Vestidos. Zapatos. Una cartera de marca. Todo de la talla de Daniela. Todo para ellas.
—¿Y lo mío? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Ay, hija. —Marisol se llevó una mano al pecho, la viva imagen de la buena intención—. No quise comprarte algo que después no te gustara. Ya sabes lo especial que eres para tus cosas. Mejor lo elegimos juntas otro día, ¿sí?
Y le sonrió a Daniela. Y Daniela le sonrió a ella. Esa sonrisa. Esa complicidad tibia de las dos que siempre me dejaba a mí del lado de afuera del vidrio.
No dije nada. Las miré probarse la ropa que habían comprado con la excusa de mi boda, y por dentro, muy despacio, algo terminó de endurecerse.
*Está bien*, me dije. *De ustedes ya no espero nada. Yo me encargo de lo mío. Desde ahora, yo me encargo de lo mío.*
Esa noche, ya acostada, el teléfono se iluminó en la oscuridad. No era Bruno esta vez. Era él.
"Mañana a las once. Estudio Azahar."
Las fotos de boda. Me quedé mirando la pantalla apagada, y en el reflejo negro del vidrio se dibujó mi propia cara, cansada, ojerosa, todavía con rastros de sal en las mejillas. Me sostuve la mirada a mí misma un largo rato.
—Bueno —susurré a mi reflejo—. Vamos a ver qué tal sale la novia.
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