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Querida Prima Y Estúpido Heredero... Está Señorita Se Vengara

TIBURONES CON MI MISMO ADN

El champagne en mi copa se había calentado, pero el frío que me recorría la espalda no tenía nada que ver con la temperatura del salón.

—Elena, tenemos que ayudarla —susurró Lucas, ajustándose la corbata con ese nerviosismo que siempre lo delataba—. Es nuestra prima. No podemos dejarla ahí.

*Nuestra prima.*

Repetí la palabra en silencio, saboreando su ironía como se saborea un veneno dulce. Detrás de la puerta reforzada del baño VIP del Met Museum, los sollozos de Silvia se mezclaban con las risas graves de tres ejecutivos de Goldman Sachs. Los mismos trajes italianos. Los mismos relojes que costaban más que el coche de mi padre. Los mismos depredadores que, en otra vida, firmarían la sentencia de muerte de nuestra familia con una firma al pie de un documento.

Cerré los ojos un segundo. Solo un segundo.

Porque en ese segundo, lo vi todo otra vez.

Vi a Lucas sangrando en la carretera de los Hamptons, el coche envuelto en llamas, el "accidente" que los periódicos llamaron tragedia y que yo sabía que fue ejecución. Vi mi propio reflejo en el espejo de un apartamento de Queens, ojerosa, con la ropa arrugada, firmando papeles de bancarrota mientras el teléfono no paraba de sonar con llamadas de acreedores. Vi a Silvia, impecable en un vestido de Valentino, brindando con Dom Pérignon en la terraza de Sterling Holdings, mientras mi apellido se convertía en sinónimo de fracaso.

Y luego vi lo peor.

Vi a Silvia inclinándose sobre el ataúd abierto de mi madre, con esa sonrisa triste que ella sabía ensayar mejor que nadie, susurrando: "Pobrecita. Nunca supo cuidar lo que tenía."

Abrí los ojos.

—Lucas —dije, y mi voz sonó extrañamente serena, casi clínica—. ¿Recuerdas lo que nos enseñó el abuelo sobre los tiburones?

Mi hermano me miró, desconcertado.

—Que no se les da la espalda en el agua.

—Exacto. —Di un sorbo lento al champagne, sintiendo cómo las burbujas me quemaban la garganta—. Y hay tiburones que tienen nuestro mismo ADN.

Frunció el ceño. No entendía. No podía entender. Pero yo sí. Yo había visto el final de esta historia, y sabía que salvar a Silvia era firmar nuestra sentencia.

—Finge que te duele la cabeza —le dije, tomándolo del brazo con fuerza, las uñas clavándose en la tela de su esmoquin—. Nos vamos.

—¿Pero Elena…? Ella está…

—Nos vamos, Lucas. Ahora. —Bajé la voz hasta convertirla en un hilo de acero—. Y cuando salgamos de aquí, vas a llamar a nuestro abogado. Mañana a las siete de la mañana. Vamos a reestructurar Vasquez Group. Esta vez, no vamos a pedir permiso.

Mientras nos alejábamos por el pasillo de mármol del museo, los gritos de Silvia subieron de tono. Fueron disminuyendo, uno a uno, como velas apagadas por el viento. Yo no miré atrás.

Tenía un imperio que reconstruir.

Y esta vez, los cimientos serían de huesos ajenos.

 

En el coche, Lucas me miró de reojo. Las luces de Manhattan pasaban por su rostro como destellos de una película en cámara rápida.

—¿Estás bien? —preguntó, con esa voz suave que usaba cuando sabía que algo no encajaba.

—Nunca he estado mejor —mentí, observando mi reflejo en la ventana.

La mujer que me devolvió la mirada no era la misma que había entrado al museo esa noche. Esa mujer había muerto en un apartamento de Queens, con el corazón roto y la cuenta bancaria en cero. La que estaba sentada a su lado tenía los ojos secos, la mandíbula apretada y una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Mañana —dije, más para mí que para él— vamos a dejar de ser las víctimas.

Lucas no respondió. Pero vi cómo apretaba el volante.

Él también lo sabía. Solo que aún no sabía *cómo*.

Esa era la diferencia entre nosotros. Lucas era el genio financiero. Yo era la que sabía exactamente a quién había que destruir primero.

El teléfono de Lucas vibró. Lo miró. Palideció.

—Es la policía —dijo, con la voz quebrada—. Dicen que hay un incidente en el Met. Que encontraron a una mujer.

Cerré los ojos.

Adelántate, Silvia. Empieza a correr.

Porque esta vez, yo no iba a detenerte.

Esta vez, yo iba a empujarte.

EL CEO QUE NO SE DEJA ENGAÑAR

Tres semanas.

Tres semanas desde aquella noche en el Met. Tres semanas desde que dejé a mi prima gritando detrás de una puerta cerrada. Tres semanas desde que Lucas y yo firmamos los papeles que reestructuraban Vasquez Group, despidiendo a los ejecutivos que nos habían traicionado, vendiendo las divisiones que nos hundían y quedándonos solo con lo que importaba: la marca, el talento y el hambre.

Ahora estaba sentada en la sala de juntas más intimidante de Manhattan, fingiendo que no me temblaban las manos.

Sterling Holdings ocupaba los pisos 60 al 72 de un rascacielos de cristal en Midtown. Desde la ventana, la ciudad parecía un tablero de ajedrez. Y yo acababa de entrar en la partida.

—Señorita Vasquez —dijo la asistente, con esa voz entrenada para sonar simultáneamente eficiente y condescendiente—, el señor Sterling la recibirá en cinco minutos.

—Gracias, Diane.

Esperé de pie, junto a la ventana, observando mi reflejo. Traje negro, corte impecable, cabello recogido en un moño bajo. Nada de joyas ostentosas. Nada que delatara que mi familia había estado a tres semanas de la bancarrota. Había aprendido, en otra vida, que los ricos huelen el miedo como los tiburones huelen la sangre.

La puerta se abrió.

Y entonces lo vi.

Patrick Sterling no se parecía en nada a las fotos de las revistas de sociedad. Era más alto de lo que parecían los ángulos cuidados de las cámaras. Más ancho de hombros. Y tenía esos ojos grises que los periodistas describían como "fríos", pero que yo, en otra vida, había visto arder con algo que no era precisamente hielo.

—Señorita Vasquez —dijo, y su voz era más grave de lo que esperaba—. La hice esperar.

—Tres minutos, señor Sterling. No es una espera. Es una inversión en paciencia.

Alzó una ceja. No sonrió, pero algo en su expresión se afiló. Como si acabara de notar que yo no era la típica consultora que llegaba a lamerle las botas.

—Siéntese.

Me indicó la silla frente a él. No al otro lado de la mesa de caoba de doce plazas. Frente a él. A dos metros de distancia. Suficientemente cerca para ver las venas azules en sus sienes, el modo en que sus dedos largos tamborileaban sobre el cuero de la carpeta.

—He leído su propuesta —dijo, abriendo el expediente—. Es agresiva.

—Es precisa.

—Es suicida.

Sonreí. Una sonrisa pequeña, calculada.

—El suicidio, señor Sterling, es morir sin haber disparado una sola bala. Lo que yo propongo es una ejecución quirúrgica.

Por primera vez, algo parecido al interés cruzó su rostro.

—Explíqueme.

Me puse de pie, caminé hasta la pizarra digital que ocupaba toda una pared, y comencé a dibujar. No le hablé de números. Le hablé de psicología. De cómo Sterling Holdings había perdido el 14% de su cuota de mercado no por mala gestión, sino por miedo. De cómo la marca se había vuelto predecible, aburrida, *segura*. De cómo la seguridad, en el lujo, era la muerte lenta.

—Usted no necesita otro trimestre estable —dije, girándome hacia él—. Necesita un escándalo controlado. Necesita que la gente vuelva a hablar de Sterling Holdings. Necesita dejar de pedir permiso.

Patrick me observaba en silencio. Ese tipo de silencio que no es ausencia de palabras, sino una forma de escaneo.

—¿Y quién le dio permiso a usted para hablarme así?

—Nadie. —Me mantuve firme, sosteniéndole la mirada—. Los permisos se los dan a los empleados. Yo soy consultora externa. Mi trabajo es decirle lo que nadie más se atreve.

Algo cambió en el aire entre nosotros. No era deseo. Todavía no. Era reconocimiento. El tipo de reconocimiento que dos depredadores se tienen cuando se encuentran en la misma sabana.

—Su familia —dijo de pronto, cambiando de tema con una brusquedad que me descolocó—, Vasquez Group. Están en problemas.

El corazón me dio un vuelco, pero mi rostro no se movió.

—Estamos en reestructuración.

—Están en la UCI. —Se recostó en la silla, cruzando los brazos—. He visto los informes. Tres semanas más y habrían desaparecido.

—Y sin embargo, aquí estoy.

—Sí. Aquí está. —Sus ojos grises se entrecerraron—. Lo cual me lleva a preguntarme algo, señorita Vasquez. ¿Cómo es que una mujer cuya empresa está a punto de colapsar se presenta ante mí con una propuesta de dos millones de dólares en honorarios?

El aire se espesó.

Esta era la pregunta. La que yo había estado esperando. Porque en otra vida, Patrick Sterling me había mirado con lástima. Con esa condescendencia masculina que reservaba para las mujeres rotas que creía poder salvar. Pero esta Elena no estaba rota. Esta Elena estaba afilada.

—Porque —dije, acercándome un paso a su silla, lo suficiente para ver cómo sus pupilas se dilataban una fracción—, no vine a pedirle trabajo, señor Sterling. Vine a ofrecerle una alianza.

—¿Alianza?

—Su empresa tiene el capital. La mía tiene la red de distribución en mercados emergentes que usted ha intentado penetrar durante cinco años sin éxito. Juntos, podemos duplicar sus ingresos en dieciocho meses. Separados, usted seguirá perdiendo cuota de mercado y yo seguiré... —hice una pausa, dejando que la palabra colgara en el aire— reestructurándome.

Patrick no respondió de inmediato. Se puso de pie, lentamente, y caminó hacia la ventana. Desde allí, con la ciudad extendida a sus pies, parecía lo que era: un hombre acostumbrado a que el mundo se inclinara a su paso.

—Usted es diferente a lo que esperaba —dijo, sin girarse.

—¿Y qué esperaba?

—A la prima de Silvia Castellanos. —El nombre cayó entre nosotros como una piedra en agua quieta—. La que perdió a su padre. La que debería estar llorando en algún spa de Connecticut, no presentando propuestas de dos millones a las nueve de la mañana.

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi falda. *Silvia.*

—Silvia y yo —dije, con la voz más fría que me fue posible— tenemos diferentes estrategias de supervivencia.

Patrick se giró. Y entonces lo vi. Algo en sus ojos. Algo que no recordaba de la otra vida.

No era lástima.

Era *reconocimiento*.

—La noche del Met —dijo, y el aire se congeló—. Usted estaba ahí.

—Sí.

—Salió del salón antes que nadie. Junto con su hermano.

No respondí.

—Quince minutos después —continuó Patrick, con esa voz grave que ahora sonaba peligrosamente baja—, encontraron a Silvia. En el baño. Con tres ejecutivos de Goldman.

Mis uñas se clavaron en mis palmas.

—¿Está insinuando algo, señor Sterling?

—Estoy observando algo, señorita Vasquez. —Se acercó un paso. Solo uno. Pero fue suficiente para que el aire entre nosotros se volviera eléctrico—. Estoy observando que, desde aquella noche, ni usted ni su hermano han mencionado a su prima. Ni una llamada. Ni una visita. Ni una publicación en redes sociales solidarizándose con la "víctima".

—Silvia tiene muchos amigos —dije, sosteniéndole la mirada—. No necesita los míos.

—No. —Patrick sonrió entonces. Una sonrisa pequeña, peligrosa, que no llegó a sus ojos—. Supongo que no.

Se alejó, volvió a su silla, y presionó un botón en su escritorio.

—Diane —dijo al intercomunicador—, cancele mis reuniones de la tarde.

Colgó y me miró.

—Quiero ver los detalles de esa alianza. Mañana. A las ocho de la mañana. Aquí.

—¿Tan pronto?

—El tiempo es dinero, señorita Vasquez. Y usted acaba de convencerme de que no tengo mucho que perder.

Me puse de pie, recogí mi carpeta, y caminé hacia la puerta. Pero antes de salir, me detuve.

—Señor Sterling.

—¿Sí?

—Si va a jugar este juego —dije, sin girarme—, hágalo con las reglas claras. Yo no soy Silvia. No voy a llorar cuando las cosas se pongan difíciles. Y no voy a pedirle que me salve.

Silencio.

—No esperaba que lo hiciera —respondió Patrick, y su voz tenía ahora un tono que no supe catalogar—. Eso es lo que me resulta... interesante.

Salí de la oficina con el corazón martillándome el pecho. No por miedo. Por algo que hacía mucho tiempo no sentía.

*Adrenalina.*

—Diane —le dije a la asistente al pasar—, confirme la cita para mañana a las ocho.

—Por supuesto, señorita Vasquez. —La mujer me miró con algo nuevo en los ojos. Respeto, quizás. O curiosidad—. El señor Sterling no cancela sus reuniones para nadie.

Lo sabía.

Y eso era exactamente lo que me preocupaba.

---

En el ascensor, apoyé la frente contra el acero frío y cerré los ojos.

Patrick Sterling no era el tonto cegado que yo recordaba.

En mi vida anterior, me lo habían vendido como un hombre enamorado, manipulado por una mujer astuta. Pero ahora, después de esa conversación, algo no encajaba. Patrick *sabía*. Desde el principio, algo en él sabía que Silvia no era lo que fingía ser.

Y sin embargo, la había elegido a ella.

¿Por orgullo? ¿Por presión familiar? ¿O porque, en el fondo, prefería una mentira cómoda a una verdad incómoda?

El ascensor se detuvo en el vestíbulo. Las puertas se abrieron.

Y entonces la vi.

De pie junto al mostrador de recepción, con un vestido rojo que costaba más que mi primer coche, estaba Silvia.

Impecable. Sonriente. Como si aquella noche en el Met no hubiera existido.

—Elena —dijo, al verme, y su voz fue un puñal envuelto en seda—. Qué sorpresa. No sabía que vendrías a Sterling Holdings.

La miré. Y por primera vez en tres semanas, sentí algo que no era odio.

Era *lástima*.

Porque Silvia no sabía lo que yo sabía. No sabía que Patrick Sterling acababa de hacerme la pregunta que ella llevaba semanas evitando. No sabía que, en los ojos de ese hombre, ella ya había empezado a desaparecer.

—Silvia —dije, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. Qué bueno verte. Te ves... descansada.

Sus ojos se oscurecieron una fracción. Solo una fracción. Pero fue suficiente.

*Lo sabe.*

*Ella sabe que yo sé.*

—Vengo a ver a Patrick —dijo, recuperando la compostura—. Tenemos una cena esta noche.

—Qué romántico.

—Sí. —Se acercó un paso, bajando la voz—. Oye, Elena. ¿Podemos hablar? En privado.

—Ahora no puedo. Tengo una reunión mañana temprano.

—Es importante.

—Todo es importante para ti, Silvia.

Algo se quebró en su máscara. Solo un segundo. Solo lo suficiente para que yo viera, detrás de los ojos perfectos y el maquillaje impecable, el terror de una mujer que sabe que su secreto está a punto de ser descubierto.

—Por favor —susurró.

La miré. Y pensé en mi madre. En Lucas sangrando en la carretera. En el apartamento de Queens. En las deudas. En las llamadas que nadie contestaba.

—Claro —dije, con una sonrisa dulce—. Hablemos. Pero no ahora. Esta noche. Te llamo.

Me alejé antes de que pudiera responder.

En la calle, el aire de Manhattan me golpeó la cara. Saqué el teléfono y marqué un número.

—Lucas —dije, cuando mi hermano contestó—. Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Silvia sabe que la dejamos ahí.

Silencio al otro lado de la línea.

—¿Y qué va a hacer?

Sonreí. Una sonrisa que no tenía nada de dulce.

—Lo que siempre hace, Lucas. Intentar destruirme antes de que yo la destruya a ella.

—¿Y nosotros?

—Nosotros —dije, subiendo al coche que nos esperaba—, vamos a llegar primero.

Colgué.

Y mientras Manhattan se extendía ante mí, con sus rascacielos brillando como cuchillos contra el cielo de la tarde, supe una cosa con absoluta certeza.

Esta guerra apenas comenzaba.

Y esta vez, yo no iba a perder.

LO QUE LAS PAREDES OYEN

Mi nuevo apartamento en Tribeca olía a pintura fresca y a decisiones irreversibles.

Lucas había insistido en que nos mudáramos después de la reestructuración. *"No podemos seguir viviendo en el piso de mamá"*, me había dicho una mañana, con esa franqueza suya que a veces dolía más que la verdad. Y tenía razón. Cada rincón de aquella casa era un fantasma. Cada espejo, un recordatorio.

Así que vendimos. Compramos este loft de dos plantas con ventanales que daban al Hudson. Minimalista. Frío. Perfecto para la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Me observé en el espejo del vestidor. Vestido negro, largo hasta los tobillos, espalda descubierta. Nada de escotes provocativos. Nada de colores que gritaran "mírenme". En este juego, la mujer que grita es la que pierde.

—¿Segura de que quieres hacer esto? —Lucas estaba apoyado en el marco de la puerta, con una copa de whisky en la mano. Llevaba la corbata aflojada, los primeros botones de la camisa desabrochados. Mi hermano siempre parecía un poco deshecho después de las jornadas de dieciocho horas que llevaba semanas haciendo.

—¿Tengo opción?

—Siempre hay opción, Elena. Podrías simplemente no ir.

—Y dejar que Silvia piense que me asusta. —Me apliqué el labial con precisión quirúrgica—. No. Necesito que crea que sigue teniendo control. Al menos por ahora.

Lucas dio un sorbo a su whisky.

—He estado revisando los movimientos bancarios de la familia Castellanos. Como prometiste.

—¿Y?

—Hay algo raro. —Dejó la copa sobre la mesa del vestidor y sacó su tablet—. Transacciones en efectivo. Retiros grandes. Tres en los últimos dos meses. Todos en clínicas privadas del Upper East Side.

El corazón me dio un vuelco, pero mantuve la mano firme sobre el lápiz de labios.

—¿Qué tipo de clínicas?

—Especializadas en... procedimientos discretos. —Lucas me miró, y supe que lo había entendido—. Elena, ¿crees que...?

—No creo nada todavía. —Cerré el lápiz de labios con un clic seco—. Pero si mi intuición es correcta, Silvia tiene un secreto que vale más que todo el oro de su familia.

—¿Y qué vas a hacer?

—Esta noche, nada. Esta noche solo voy a escucharla mentir. —Guardé el lápiz en el neceser y lo cerré—. Pero tú sigue rastreando el dinero. Si encuentro lo que creo que voy a encontrar, vamos a necesitar pruebas. Sólidas. Inapelables.

Lucas asintió. Luego, más suavemente:

—Ten cuidado, hermanita.

Sonreí. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Siempre.

---

El restaurante se llamaba *Le Miroir*. Un lugar donde los menús no tenían precios y donde los camareros sabían tu nombre antes de que les dijeras el tuyo. Reservado para una élite que no necesitaba presumir porque ya poseía el mundo.

Silvia ya estaba sentada cuando llegué. Mesa del fondo, la más discreta. Vestido color champán, el cabello suelto en ondas perfectas, una copa de vino blanco apenas tocada. Pareía la imagen de la calma. Pero yo sabía leer a mi prima como un libro que había estudiado durante toda una vida.

Y esta noche, Silvia estaba aterrada.

Lo vi en la forma en que sus dedos apretaban la copa. En el modo en que sus ojos se movían hacia la entrada cada vez que la puerta se abría. En el ligero temblor de su labio inferior que ella intentaba disimular con otro sorbo de vino.

—Elena. —Se puso de pie para saludarme. El beso en la mejilla fue perfecto. Calculado. Vacío—. Gracias por venir.

—Me dijiste que era importante.

—Siéntate, por favor.

Nos sentamos. Pedí agua con limón. Silvia pidió otra copa de vino.

—Te ves bien —dijo, estudiándome con esos ojos que siempre habían sido demasiado inteligentes para su propio bien—. El nuevo apartamento te sienta bien.

—Gracias.

—Y la reunión con Patrick... —hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado—, he oído que fue productiva.

—Depende de cómo definas "productiva".

Silvia sonrió. Pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Elena, necesito hablarte de algo. De aquella noche.

Ahí estaba.

Mantuve la expresión neutra.

—¿Aquella noche?

—En el Met. —Bajó la voz, inclinándose sobre la mesa—. Sé que tú y Lucas estabais ahí. Sé que escuchasteis algo.

—Silvia, no sé de qué...

—No mientas. —La máscara se resquebrajó. Solo un segundo, pero lo vi—. Por favor, Elena. No ahora. No conmigo.

La observé en silencio. Dejé que el silencio se extendiera, que se volviera incómodo, que la asfixiara. Porque el silencio, en las manos correctas, era un arma más letal que cualquier palabra.

—¿Y si hubiéramos escuchado algo? —pregunté finalmente, con voz suave—. ¿Qué cambiaría eso, prima?

Silvia palideció.

—Elena, por favor. Tú no entiendes. Aquellos hombres... eran poderosos. Me amenazaron. Dijeron que si hablaba, destruirían a mi familia. Yo no tuve opción.

—Claro que no.

—Tienes que creerme.

—Te creo. —Di un sorbo lento a mi agua—. Pero lo que no entiendo es por qué me lo cuentas a mí ahora.

—Porque necesito que no digas nada. A nadie. —Se inclinó más, y por primera vez vi el terror puro en sus ojos—. Patrick... Patrick está empezando a hacer preguntas. Si él descubre...

—¿Qué, Silvia? ¿Qué es lo que no puede descubrir?

Silencio.

Luego, en un susurro:

—Que aquella noche no fue la primera. Que aquellos hombres no fueron los primeros.

El aire se congeló.

No era solo el ataque del Met. Era algo más. Algo más antiguo. Algo que Silvia había estado ocultando durante meses, quizás años.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, con la voz más fría que me fue posible.

Silvia cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas. Verdaderas, esta vez.

—Estoy embarazada, Elena.

El mundo se detuvo.

No de Patrick. No de ningún hombre de su círculo social. De uno de aquellos ejecutivos. De los mismos que la habían encontrado en el baño del Met. Y el embarazo, según los movimientos bancarios que Lucas había descubierto, había terminado en un aborto. Tres meses atrás.

—¿Y Patrick lo sabe? —pregunté.

—No. Nadie lo sabe. Solo tú. Y ahora yo.

—Qué generosa de tu parte.

—Elena, por favor. —Las lágrimas corrían ahora libremente, arruinando el maquillaje perfecto—. Si Patrick lo descubre, me destruirá. Me dejará. Y sin él, mi familia...

—Tu familia ya está arruinada, Silvia.

La verdad cayó entre nosotras como un hacha. Silvia se quedó sin aliento.

—¿Qué...?

—Vasquez Group no es la única que he estado investigando. —Me incliné hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un hilo—. Tu padre lleva dos años malversando fondos de la empresa familiar. Tu madre ha estado vendiendo las joyas de la abuela en subastas privadas de Londres. Y tú, prima querida, has estado pagando el silencio de al menos tres hombres con dinero que no es tuyo.

Silvia se quedó blanca como el papel.

—¿Cómo...?

—Tengo recursos. —Me recosté en la silla, observándola con esa calma clínica que tanto me había costado aprender—. Y tengo memoria.

—Elena, por favor. —La voz se le quebró—. Te lo ruego. No le digas a Patrick. Nunca te he hecho daño.

*No me has hecho daño.*

La frase resonó en mi cabeza. Y por un segundo, solo un segundo, sentí la tentación de reír. De gritar. De decirle todo. De decirle sobre Lucas sangrando en la carretera. Sobre mi madre muerta de pena. Sobre el apartamento de Queens y las llamadas que nadie contestaba. Sobre la vida que ella me había robado con una firma.

Pero no. No esta noche. Esta noche no era el momento.

—No le diré nada a Patrick —dije finalmente—. Todavía.

Silvia me miró, confundida.

—¿Todavía?

—Tengo condiciones.

—Las que quieras.

—Primera: vas a retirar tu candidatura para el puesto en la junta directiva de Sterling Holdings.

—Pero... Patrick me lo prometió.

—Ya no. —Me puse de pie, dejando el dinero para la cuenta sobre la mesa—. Segunda: vas a recomendar públicamente que me nombren a mí en tu lugar. Tercera: vas a sonreír en la próxima gala de la Fundación Sterling y vas a decirle a todo el mundo lo "impresionada" que estás con mi trabajo.

—Elena, esto es...

—¿Negociable? —Alcé una ceja—. No. Tómate veinticuatro horas para pensarlo. Pero te advierto, prima: si intentas jugar sucio, si intentas ir a Patrick o a tu familia o a cualquiera con esto, la próxima vez que nos sentemos a hablar no será en un restaurante como este. Será en una sala de juntas. Con abogados. Y con la prensa.

Silvia me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.

No era solo terror.

Era odio.

Puro. Destilado. Familiar.

—Está bien —dijo, con la voz temblorosa pero controlada—. Veinticuatro horas.

—Excelente. —Me puse el abrigo—. Que tengas buena noche, Silvia.

Me alejé. No miré atrás.

Pero sentí su mirada quemándome la espalda hasta que salí del restaurante.

---

El aire de la noche era frío. Me ajusté el abrato y caminé hacia la esquina donde había pedido el coche.

—Señorita Vasquez.

La voz me detuvo en seco.

Patrick Sterling estaba apoyado contra un sedán negro, a pocos metros de la entrada del restaurante. Las manos en los bolsillos del abrrego. La corbata aflojada. Y esos ojos grises que brillaban con algo que no supe catalogar.

—Señor Sterling —dije, recuperando la compostura—. ¿Qué casualidad?

—No soy hombre de casualidades.

—Entonces debo preguntar qué lo trae aquí.

Patrick se separó del coche y caminó hacia mí. Cada paso era medido. Depredador.

—Estaba cenando con unos inversores japoneses en el piso de arriba. Los dejé hace media hora. —Se detuvo a dos metros de mí—. Y entonces la vi salir. Con los ojos rojos.

—Me entra alergia con el marisco.

—No pidió marisco.

Maldición.

—Entonces es que soy muy susceptible al ambiente.

Patrick sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa.

—Elena. —Fue la primera vez que usó mi nombre de pila. Y el modo en que lo pronunció, con esa gravedad suave, me recorrió la espalda como una corriente eléctrica—. Llevamos dos días trabajando juntos. He aprendido varias cosas sobre usted.

—¿Ah, sí?

—Que no miente bien. Que no pide disculpas. Y que nunca, nunca, deja que nadie la vea vulnerable. —Se acercó un paso más—. Excepto esta noche.

—No estoy siendo vulnerable.

—¿No? —Alzó una ceja—. Entonces, ¿por qué le tiemblan las manos?

Miré mis manos. Efectivamente, temblaban. No de miedo. De adrenalina. De rabia contenida. De algo más que no quería nombrar.

—Es el frío.

—Son las ocho de la tarde en septiembre. No hace frío.

Maldición otra vez.

Patrick dio otro paso. Ahora estábamos tan cerca que podía oler su perfume. Madera y algo más. Algo que me resultaba peligrosamente familiar.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó, con la voz más baja ahora. Más íntima.

—Una conversación familiar.

—Silvia Castellanos no es solo su prima. Es la mujer con la que he estado saliendo durante tres semanas. —Sus ojos se entrecerraron—. Y algo en ella ha cambiado desde aquella noche en el Met. Algo que usted parece conocer.

El corazón me latía con fuerza. Pero mantuve la mirada firme.

—¿Y qué le hace pensar que yo sé algo?

—Porque la conozco, Elena. —El uso de mi nombre de pila otra vez. Con esa intimidad que no habíamos acordado—. La observo. Y he notado que cada vez que Silvia menciona su nombre, usted se tensa. Cada vez que Silvia entra en una habitación, usted calcula la distancia a la salida. Y esta noche —hizo una pausa, bajando aún más la voz—, esta noche Silvia salió de ese restaurante como si acabara de ver un fantasma.

No respondí.

Patrick dio otro paso. Ahora estábamos a centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía ver las motas doradas en sus ojos grises.

—Dígame qué está pasando —susurró.

Y entonces, por primera vez en dos vidas, sentí algo que no había planeado.

No era deseo. No era atracción. Era algo más peligroso.

Era *tentación*.

La tentación de contarle todo. De apoyarme contra su pecho y dejar que alguien, solo por una noche, llevara el peso. De confiar en el hombre que, en otra vida, me había destruido sin saberlo.

Casi lo hice.

Casi.

Pero entonces recordé a Lucas sangrando en la carretera. Recordé a mi madre en su ataúd. Recordé a Silvia brindando con Dom Pérignon mientras mi apellido se convertía en sinónimo de fracaso.

Y di un paso atrás.

—Señor Sterling —dije, con la voz más fría que me fue posible—, le recomiendo que no se meta en asuntos que no le competen.

Patrick me observó. Algo se quebró en su expresión. Algo que se pareció, por un segundo, a la decepción.

—¿Es eso lo que soy para usted? —preguntó, con una voz que sonaba más cansada de lo que un hombre como él debería permitir—. ¿Un asunto que no me compete?

—Usted es mi cliente. Nada más.

—Elena...

—Señorita Vasquez —lo corregí—. Y le recuerdo que mañana tenemos una reunión a las ocho. Sugiero que descanse.

Me alejé antes de que pudiera responder. Antes de que pudiera ver la confusión en mis ojos. Antes de que pudiera notar que mis manos seguían temblando.

Subí al coche que acababa de llegar.

—A casa —le dije al chófer.

Mientras Manhattan pasaba por la ventana, saqué el teléfono y marqué un número.

—Lucas —dije, cuando contestó—. Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Silvia está embarazada. O lo estuvo. Algo así. —Cerré los ojos—. Y Patrick está empezando a hacer preguntas.

Silencio al otro lado.

—¿Y qué vas a hacer?

Sonreí. Una sonrisa que no tenía nada de dulce.

—Lo que siempre hago, Lucas. Controlar la narrativa.

—¿Y Patrick?

Miré por la ventana. Vi mi reflejo en el cristal. Y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué estaba viendo.

—Patrick —dije, con la voz baja—, es una variable que no había calculado.

—¿Y eso es bueno o malo?

No respondí.

Porque la verdad era que no lo sabía.

Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterraba.

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