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Noventa Días Para Equivocarme

Capítulo I Encuentro de poderes

Punto de vista de Victoria

Estaba en una de las torre más alta de la ciudad esperando la llegada de un grupo de empresarios que venían a proponer sus proyectos, ellos no eran diferentes a mí, pues yo estaba al igual que ellos compitiendo por más poder y mucho más dinero.

La reunión empezaría a las diez y media de la mañana, pero yo había llegado media hora antes para poder estudiar la estructura de la empresa que requería nuestros servicios.

Miré el reloj de pared: diez y diez. Tenía tiempo de sobra para repasar los balances financieros y detectar las fisuras de los proyectos rivales. En el mundo corporativo, la información no era poder; era la bala que aseguraba la victoria antes de apretar el gatillo.

Me acomodé el saco del traje a medida y caminé hacia el ventanal de la sala de reuniones. Desde esa altura, la ciudad parecía un tablero de ajedrez en miniatura donde la gente se movía como piezas insignificantes. Yo jamás había sido una pieza más; me había asegurado de ser la jugadora que controlaba el juego.

Escuché el murmullo de pasos firmes acercándose por el pasillo. La puerta de cristal se abrió y los vi entrar. Trajes impecables, sonrisas ensayadas y la conocida mirada hambrienta de quienes creen que van a comerse el mundo.

Los evalué en un segundo. Ninguno representaba un verdadero peligro.

Sin embargo, detrás de ellos caminaba el único hombre que podía cambiar la temperatura de cualquier habitación con solo poner un pie dentro.

Sebastián Alarcón.

Llevaba las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro y esa expresión de soberbia calculada que tanto detestaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su sonrisa se volvió aún más afilada.

—Vaya, Valenzuela —dijo en tono pausado, deteniéndose justo frente a mí—. Siempre tan puntual. Casi parece que tienes miedo de perder.

Su comentario hizo que me hirviera la sangre, el siempre había sido tan arrogante y eso me sacaba de mis casillas.

Sostuve su mirada sin pestañear, obligando a mi rostro a mantener una neutralidad absoluta. La sola presencia de Sebastián siempre producía ese efecto insoportable: una electricidad helada que recorría mi columna y me ponía en alerta máxima. Él sabía exactamente cómo presionar mis botones, y yo odiaba que su proximidad hiciera que el aire en la sala se sintiera de pronto tan escaso.

—La puntualidad no es miedo, Alarcón; es disciplina. Algo que claramente tu empresa no puede presupuestar —respondí con una voz tan gélida que habría congelado el café que llevaba en la mano.

Sebastián soltó una risa baja, un sonido grave que pareció retumbar justo en mi pecho. Dio un paso hacia mí, recortando la distancia profesional que nos separaba. Olía a madera y a un perfume costoso que me obligó a apretar los puños dentro de los bolsillos para no dar un paso atrás.

—Siempre tan tajante, Victoria —murmuró, inclinando levemente la cabeza.

Su mirada descendió por un segundo a mis labios antes de volver a encontrarse con mis ojos—. Un día de estos vas a romperte de tanto tensar la cuerda.

—Antes me rompería que cederte un solo centímetro de mercado —sentencié, dando un paso al frente para quedar ridículamente cerca de él. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad con la que yo me blindaba—. Disfruta la reunión. Será lo más cerca que estarás de arrebatarme este contrato.

Él no se dio por vencido; al contrario, su sonrisa se volvió peligrosamente desafiante. Se inclinó un milímetro más, lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

—Acepto el reto, Valenzuela. Sabes que me encantan las causas difíciles.

Un carraspeo incómodo de uno de los ejecutivos rompió la burbuja de tensión que nos rodeaba. Sebastián me dedicó un último guiño cargado de provocación y caminó hacia la mesa principal con la elegancia de un depredador que sabe que la caza acaba de empezar.

Me acomodé el reloj, sintiendo el pulso acelerado en las muñecas. Lo odiaba. Odiaba su arrogancia, odiaba su capacidad para descolocarme y, sobre todo, odiaba lo absurdo de lo que me hacía sentir.

La mesa de madera de caoba parecía un campo de batalla en miniatura. En el centro, el señor Onetto, el inversionista principal, nos observaba a ambos como quien intenta decidir qué fuerza de la naturaleza es más destructiva.

Tomé la palabra primero, proyectando en la pantalla principal las proyecciones financieras que había perfeccionado durante semanas.

—El grupo Valenzuela no ofrece promesas, ofrece números consolidados —expuse, haciendo que cada cifra resonara con precisión —. Reducimos los riesgos operativos en un cuarenta por ciento desde el primer trimestre. Si busca estabilidad y un retorno garantizado sin margen de error, nuestra infraestructura es la única opción lógica.

—La lógica es fantástica para no perder dinero, señor Onetto, pero pésima para triplicarlo —interrumpió Sebastián, reclinándose en su silla con una calma casi insultante.

Sin levantarse, lanzó un expediente sobre la mesa. La audacia de su gesto atrajo de inmediato la atención de todos.

—La propuesta de Victoria es un monumento a la cautela —continuó él, clavando su mirada en la mía antes de dirigirse al inversionista—. Un modelo impecable si estuviéramos en la década pasada. Pero el mercado actual no premia a los que se protegen; premia a los que conquistan. Mi firma no solo reduce costos, sino que absorbe la competencia directa en la región central antes de cerrar el año.

—Un plan agresivo que ignora las fluctuaciones regulatorias —ataqué de inmediato, inclinándome hacia adelante y apoyando las manos en la mesa—. Alarcón promete un crecimiento desmedido a costa de una volatilidad que su capital no debería arriesgar, señor Onetto. Un movimiento en falso y la reestructuración devorará sus márgenes.

—Solo si la reestructuración la ejecuta alguien sin el carácter para sostenerla —replicó Sebastián, con la voz baja, firme y cargada de una seguridad aplastante—. Mis clientes no buscan un refugio seguro, buscan la hegemonía. Y yo se la doy.

Durante los siguientes cuarenta minutos, la sala se convirtió en un cruce constante de estrategias, tecnicismos y estocadas impecables. Ni un solo titubeo. Cuando yo cerraba una brecha, él abría una nueva vía de mercado; cuando él desplegaba su agresividad, yo desmontaba sus argumentos con una frialdad matemática devastadora.

Para el resto de los ejecutivos presentes, éramos dos tiburones disputándose la misma presa. Pero entre el choque de nuestras voces y la presión de los datos, la electricidad entre los dos era insoportable. Cada réplica era una caricia desafiante; cada contraataque, un juego de poder velado.

El señor Onetto se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, visiblemente abrumado.

—Señores... esto es extraordinario y, a la vez, una pesadilla —admitió el inversionista, mirando alternativamente el dossier de Valenzuela y el proyecto de Alarcón—. Elegir a uno es renunciar a la brillantez del otro. Necesito veinticuatro horas para tomar una decisión.

Sebastián me dedicó una mirada, con la sombra de una sonrisa bordada en los labios. Habíamos acorralado al hombre más poderoso de la sala, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder la victoria final.

Capítulo II El peso del pasado

Punto de vista de Victoria

Tras salir de la sala de juntas, el arrogante de Sebastián Alarcón me alcanzó en el pasillo antes de que pudiera llegar a la salida.

—Doctora, se ve un poco pálida. ¿Acaso teme perder este negocio? —preguntó con esa sonrisa sarcástica que me irritaba el alma.

—El único pálido aquí será usted cuando el señor Onetto firme mi contrato, señor Alarcón —respondí con frialdad—. Ahora, si me disculpa, tengo asuntos importantes que atender.

Caminé con firmeza por el largo pasillo hacia el ascensor, conteniendo el aliento para que no notara el dolor punzante e intolerable que me atenazaba el estómago. En cuanto las puertas de cristal se cerraron y quedé sola, me apoyé contra la pared, cerrando los ojos y respirando con dificultad mientras la punzada se hacía más aguda.

Llegué al estacionamiento subterráneo, donde mi asistente ya me esperaba junto al vehículo.

—Victoria, ¿te encuentras bien? —preguntó Adriana con genuina preocupación al verme llegar.

—Sí, es solo que no desayuné y me duele un poco el estómago —dije, restándole importancia al malestar que amenazaba con doblarme a la mitad.

—Llevas días así, deberías ir al médico —expresó en tono de regaño.

—No es nada de qué preocuparse —repliqué con una media sonrisa que se apagó rápidamente por un nuevo pinchazo—. Solo debo tomar la pastilla para la gastritis y comer algo ligero.

Adriana suspiró, claramente inconforme con mi respuesta. Sabía perfectamente que discutir conmigo era inútil; mi terquedad jamás me permitía admitir que necesitaba ayuda.

Subimos al auto, pero a los pocos segundos noté que se quedaba fija mirando por la ventanilla.

—¿Qué tanto miras? —pregunté con curiosidad.

—Ese hombre es impresionantemente atractivo —susurró absorta en la escena.

Seguí la dirección de su mirada y me topé de nuevo con Sebastián, quien conversaba por teléfono junto a su auto con la chaqueta desabotonada y esa postura de absoluta seguridad.

—No digas tonterías. Ese hombre es un arrogante y un mujeriego —contesté, desviando la mirada de golpe hacia el frente—. Mejor arranca, que vamos tarde a la cita con los Castañeda.

El dolor en el vientre volvió a pulsar con fuerza mientras el auto avanzaba por la avenida. Apreté la mandíbula, tratando de concentrarme en la agenda del día, cuando el tono de llamada de mi teléfono rompió el silencio.

En la pantalla brilló el nombre de mi madre.

—Mamá, dime. Voy camino a una reunión importante —respondí al instante, intentando que mi voz no delatara el malestar físico.

—Victoria, por fin contestas —dijo Catalina sin rodeos ni un saludo previo—. Necesito que me transfieras dinero ahora mismo. Estoy en el centro comercial con Selene.

Cerré los ojos un segundo y me froté las sienes.

—¿Dinero para qué? Les hice una transferencia a principio de semana.

—Para la gala benéfica de la fundación Castañeda, por supuesto. Es en dos días y ni tu hermana ni yo tenemos nada decente que ponernos. No pretenderás que asistamos vestidas como si fuéramos cualquier cosa, Victoria. La imagen de la familia está en juego.

Escuchar a Selene de fondo, quejándose sobre un vestido de diseñador, me produjo una punzada más agudizada que la de mi propio estómago. Para ellas, mi trabajo solo significaba una fuente inagotable de recursos para mantener las apariencias.

—Catalina, estoy a punto de cerrar una negociación crucial —dije con firmeza, aunque sintiendo un cansancio sofocante—. Hablaremos de esto más tarde.

—No hay "más tarde", Victoria. El evento es pasado mañana. Envíame el dinero ahora o Selene no podrá ir.

Suspendí el aire un segundo, sabiendo que discutir solo me quitaría la poca energía que me quedaba.

—Revisa tu cuenta en cinco minutos —sentencié antes de cortar la llamada sin esperar respuesta.

Dejé el teléfono sobre el asiento y dejé caer la cabeza hacia atrás. Adriana me miró por el espejo retrovisor con una mezcla de lástima y frustración, pero no dijo nada. Conocía de sobra el peso que llevaba sobre los hombros.

Hace diez años, nuestra familia cayó en una crisis financiera que casi nos deja en la calle. Mi padre, al verse sin salida y ahogado en deudas, no encontró otra escapatoria que quitarse la vida. Selene tenía apenas quince años en ese entonces, así que no me quedó más opción que asumir sola las riendas del Grupo Valenzuela. Desde aquel día, le entregué mi vida entera a reconstruir el imperio familiar.

Mientras mi hermana estudiaba, salía de fiesta y disfrutaba de su juventud, a mí me tocó trabajar sin descanso, aprender de finanzas a golpes y competir en un mundo dominado por hombres arrogantes; tipos que asumían que, con propuestas indecentes o promesas vacías, caería rendida a sus pies.

Renuncié al amor y a la posibilidad de construir mi propia familia con tal de sostener un estatus que, muy pronto, comenzaría a pasarme la factura más cara de todas.

Capítulo III Un encuentro inesperado

Punto de vista de Victoria

Llegamos a las oficinas de la corporación Castañeda diez minutos antes. Me retoqué el labial en el espejo del ascensor para ocultar la palidez de mi rostro y tomé aire antes de cruzar la puerta de la sala de conferencias.

Pero al entrar, el aire se me congeló en los pulmones.

Sentado al cabecero de la mesa, disfrutando de una taza de café con absoluta soltura, estaba Sebastián Alarcón.

—Victoria, qué puntual. Pasa, por favor —nos saludó Don Aurelio Castañeda, levantándose de su asiento.

Giré sutilmente la cabeza hacia Adriana, pero su rostro reflejaba el mismo desconcierto que el mío. Sebastián se reclinó en su silla, me dedicó una sonrisa de medio lado y alzó su taza a modo de brindis victorioso. Sabía perfectamente lo que estaba pasando; él había planeado esto.

—Don Aurelio, no sabía que la reunión de hoy incluiría a terceros —dije, manteniendo una postura erguida a pesar de que una nueva punzada me quemó las entrañas.

—El señor Alarcón sugirió que los tres conversáramos —explicó el anciano empresario—. Como bien saben, la gala benéfica de este fin de semana es el marco donde Onetto tomará su decisión. Mi firma no apoyará a dos competidores divididos. Quiero que fusionen sus propuestas para el contrato.

—¿Fusionar? —la palabra salió de mis labios con una mezcla de indignación y desprecio.

—Es una idea excelente, Don Aurelio —intervino Sebastián, poniéndose de pie con calma y rodeando la mesa hasta quedar a mi lado—. Valenzuela aporta la rigidez estructurada y yo la visión de expansión que el proyecto necesita. Hacemos un equipo fascinante, ¿no lo crees, Victoria?

Se inclinó ligeramente hacia mí. El calor de su presencia y su perfume me envolvieron al instante. Su mirada era un desafío directo: me estaba acorralando frente a uno de los clientes más importantes de la ciudad, sabiendo que yo jamás aceptaría compartir el crédito.

—Mi empresa no necesita muletas para sostener un proyecto de esta magnitud, Don Aurelio —respondí con una serenidad calculada, mirando fijamente a Sebastián a los ojos—. Y mucho menos la perspectiva de alguien que confunde la imprudencia con la estrategia.

—No es imprudencia si siempre gano, Valenzuela —murmuró él, con la voz baja y cargada de esa tensión peligrosa que hacía que se me acelerara el pulso.

Un pinchazo agudo y violento atravesó mi abdomen, tan fuerte que por un segundo el aire no llegó a mis pulmones. Me apoyé de forma disimulada sobre el borde de la mesa, apretando los nudillos hasta dejarlos blancos.

Sebastián, que no perdía un solo detalle de mis movimientos, borró la sonrisa de su rostro. Sus ojos se entrecerraron con sospecha y preocupación genuina al notar la rigidez de mi cuerpo.

—¿Victoria, te encuentras bien? —preguntó, bajando el tono sarcástico.

—Estoy perfectamente —espeté entre dientes, haciendo acopio de toda mi voluntad para ponerme de pie con normalidad—. Don Aurelio, revisaré las condiciones de su propuesta. Si me disculpan, debo retirarme.

Caminé hacia la salida con la vista nublándoseme en los márgenes. Sentí la mirada de Sebastián clavada en mi espalda, no ya con arrogancia, sino con la intriga de quien empieza a notar que detrás de mi coraza hay algo muy grave que estoy intentando ocultar.

Llegué al estacionamiento apoyada en mi asistente, quien, temblando de pánico, me tomó de la mano.

—Jefa, está helada. Debemos ir al médico de inmediato —dijo con la voz entrecortada por la preocupación.

—No exageres, Adriana. Es solo la baja de azúcar por no haber desayunado. Ya estaré mejor.

Adriana me miró fijamente, sabiendo que discutir con mi terquedad era inútil.

—Espérame aquí. Iré por algo al cafetín para que comas algo.

Sin esperar mi respuesta, salió corriendo hacia el edificio de la corporación Castañeda, dejándome sola en medio del inmenso estacionamiento subterráneo.

Sostener la postura erguida se volvió una tortura. Sentí que el mundo empezaba a dar vueltas y las piernas me temblaban tanto que me costaba mantener el equilibrio. Justo cuando creí que caería, una voz profunda rompió la bruma de mi mente.

—¿Victoria? ¿Estás bien? Te ves ridículamente pálida.

Giré la cabeza con lentitud y me topé con Sebastián. Su postura arrogante había desaparecido, reemplazada por una mirada fija y tensa. Enderezé la espalda de golpe, echando mano de la última gota de orgullo que me quedaba para ocultar el dolor punzante que me desgarraba por dentro.

—Estoy perfectamente bien, Alarcón. Ahora puedes seguir tu camino —respondí con la frialdad de siempre.

Pero las palabras apenas salieron de mis labios. De pronto, el aire dejó de llegar a mis pulmones. El dolor en mi abdomen se volvió un incendio agudo, la vista se me cubrió de manchas negras y las luces del estacionamiento se apagaron.

Lo último que sentí antes de que el mundo se viniera abajo fue el impacto del suelo desvaneciéndose y un par de brazos fuertes sujetándome antes de caer en la penumbra.

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