Capítulo 1: El matrimonio de la ira
Dicen que la muerte de un padre te cambia para siempre. Lo que nadie te advierte es que su testamento puede destrozarte todavía más.
Estaba sentada en una oficina fría del Registro Civil de San Miguel, con los ojos hinchados y las manos temblando sobre el regazo. El licenciado Reyes, el abogado de la familia desde antes de que yo naciera, hojeaba los documentos como quien revisa la lista del mercado.
—Señorita Aguilar, se lo repito: la voluntad de su padre es clara. —Se ajustó los lentes y me miró con esa mezcla de lástima y trámite que ya empezaba a odiar—. La totalidad de los bienes inmuebles, las acciones del Grupo Aguilar y las propiedades pasan íntegramente a su hermano, Máximo.
Apreté los puños debajo de la mesa hasta que las uñas se me enterraron en las palmas.
Mi hermano. Así le decían todos. El niño que la amante de mi padre metió en nuestra casa cuando yo tenía seis años. El que creció pisando alfombras que mi abuelo compró con sus propias manos. El que nunca movió un dedo por nada y ahora se quedaba con todo.
Claro. Por supuesto. ¿Qué esperabas, Ximena? Nunca fuiste suficiente para él.
Tragué el pensamiento como se traga un vidrio.
—¿Y a mí? —Mi voz salió más firme de lo que sentía por dentro—. ¿Qué me dejó a mí?
—Usted tiene derecho a reclamar la mitad del efectivo depositado en las cuentas personales de su padre. —Reyes pasó una página—. Pero únicamente si contrae matrimonio dentro de los próximos dos años y mantiene ese matrimonio durante un mínimo de tres. De lo contrario, la totalidad pasa también a Máximo.
Mi padre. Leonel Aguilar. El hombre que me cargaba sobre los hombros cuando era niña para que yo alcanzara las naranjas más altas del jardín. El mismo que me juró, mil veces, que siempre estaría a salvo. Le dejó todo al hijo de su amante, y a mí me dejó un ultimátum escrito con la fría letra de un notario: cásate, o piérdelo todo.
Ni siquiera muerto pudo elegirte.
Cerré los ojos un segundo. Solo uno. El tiempo justo para no llorar delante de ese hombre.
—¿Alguna pregunta, señorita?
Levanté la cara. Me sorprendió lo tranquila que sonó mi propia voz.
—Sí. —Lo miré directo a los lentes—. ¿Dónde puedo casarme hoy mismo?
El licenciado Reyes parpadeó, por primera vez en toda la reunión sin saber qué decir.
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Salí de la oficina con el pecho ardiendo y la cabeza llena de números.
Necesitaba un esposo. Hoy. Ahora.
Suena patético, lo sé. Ximena Aguilar, la estudiante con el mejor promedio de su generación, la que jamás necesitó a nadie para resolver un examen, buscando marido en la banqueta de un Registro Civil como quien busca un taxi bajo la lluvia.
Pero mi abuelo me hizo prometer algo antes de morir. Me tomó la mano con esos dedos que ya casi no tenían fuerza, me miró con los ojos vidriosos y me dijo:
—No dejes que lo que construí se lo lleve quien no le costó nada, hijita. Pelea por lo tuyo.
Y eso iba a hacer. Aunque me temblaran las rodillas. Aunque el mundo entero me hubiera dado la espalda en menos de una semana.
Entré a la cafetería de al lado porque necesitaba un café antes de tomar cualquier decisión que no tuviera vuelta atrás. El lugar olía a pan recién hecho y a desesperación. O quizás eso último era yo, respirando.
Me senté en una mesa del fondo, rodeé la taza con las dos manos como si el calor pudiera repararme algo por dentro.
Y entonces lo vi.
Un hombre alto, de lentes, con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Traje gris impecable. Tenía la mandíbula apretada y los ojos clavados en la mujer sentada frente a él, una señora de unos cincuenta y tantos que no paraba de mostrarle fotos en el teléfono.
Una cita a ciegas. Arreglada por la mamá de alguien. Clarísimo.
Y él quería estar en cualquier otro rincón del planeta menos ahí.
Nuestras miradas se cruzaron por accidente. Aparté la vista de inmediato, como si me hubieran descubierto en algo.
No pasaron ni cinco minutos cuando escuché su voz. Baja. Educada. Firme como una puerta que se cierra.
—Con todo respeto, señora, le agradezco su tiempo, pero no creo que esto vaya a funcionar. Le pido una disculpa.
La mujer se levantó ofendida, murmurando algo sobre "los jóvenes de hoy que no saben lo que quieren". Él se quedó solo, se quitó los lentes y se apretó el puente de la nariz con dos dedos, con el cansancio de alguien que ha tenido esa misma conversación demasiadas veces.
Entonces volteó hacia mí.
—¿Mal día?
Lo miré sin entender. ¿Me hablaba a mí?
—Tienes cara de querer prenderle fuego a algo. —Una sombra de sonrisa le cruzó el rostro y desapareció enseguida—. Lo digo porque yo también.
No sé qué fue. La rabia acumulada, el café amargo, o que ese desconocido fue la primera persona en todo el día que no me miró con lástima, sino con una especie de complicidad exhausta. Abrí la boca y dije la verdad, la verdad completa, sin filtro.
—Necesito casarme antes de que se acabe el día.
Parpadeó. Una vez. Dos.
Ya, Ximena. Ahora va a llamar a seguridad y a contarlo en el trabajo como la anécdota de la loca de la cafetería.
Pero no hizo nada de eso.
—Qué coincidencia. —Se acomodó los lentes con el dedo índice, un gesto pequeño, preciso—. Yo necesito que mi madre deje de organizarme citas a ciegas antes de perder por completo la razón.
Nos miramos en silencio tres segundos que se sintieron como tres horas.
—Emiliano Marín. —Se presentó, y me extendió la mano por encima de la mesa.
—Ximena Aguilar.
Su apretón fue firme, seco, sin ganas de impresionar a nadie. La mano de un hombre que no necesita gustarle a los demás.
—Lo que voy a decirle va a sonar completamente absurdo. —Se inclinó hacia adelante y bajó la voz—. Mi abuela está muy enferma. Su último deseo es verme casado. Mis padres llevan meses armándome encuentros que no llegan a ningún lado. —Hizo una pausa—. Usted necesita un esposo. Yo necesito una esposa. Y ambos necesitamos que sea hoy.
—¿Me está proponiendo matrimonio? —Solté una risa incrédula—. Nos conocimos hace cuatro minutos.
—Le estoy proponiendo un acuerdo. —Lo dijo con la misma calma con la que imagino que daría una clase—. Un matrimonio por conveniencia. Sin obligaciones personales, sin expectativas sentimentales. En tres años, si ambos seguimos de acuerdo, nos divorciamos limpiamente y cada quien sigue con su vida.
Tres años.
Exactamente lo que decía el testamento de mi padre. Exactamente lo que yo necesitaba para recuperar lo que era mío.
Lo estudié con cuidado. Cansado. Serio. Tan desesperado como yo, pero de esos que preferirían morderse la lengua antes de admitirlo en voz alta.
Es una locura. Es un desconocido. Podría ser cualquier cosa.
Y también es la única salida que tienes.
—¿Condiciones? —pregunté.
—Habitaciones separadas. Nada de interferir en la vida personal del otro. En público, actuamos como una pareja normal para tranquilizar a nuestras familias. En privado, cada quien su espacio y su silencio.
—Acepto.
Enarcó una ceja, como si no me creyera capaz de decidir tan rápido.
—¿No quiere pensarlo?
—Llevo todo el día pensando, señor Marín. —Sostuve su mirada sin pestañear—. Ya me cansé de pensar.
Algo brilló en el fondo de sus ojos. Sorpresa, tal vez. O respeto.
—Entonces vamos.
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Firmamos el acta esa misma tarde.
Sin vestido blanco. Sin flores. Sin música. Dos firmas, un funcionario aburrido que bostezaba entre trámite y trámite, y el sonido seco del sello cayendo sobre el papel.
Al salir, sostuve el acta entre los dedos y la observé como si fuera un arma cargada.
Porque eso era, exactamente, lo que iba a ser.
—¿Está bien? —preguntó Emiliano a mi lado, con las manos en los bolsillos, mirándome con esa expresión que apenas empezaba a reconocer: calma absoluta por fuera, un océano entero por dentro.
—Perfecta. —Sonreí, y por primera vez en el día la sonrisa fue de verdad—. Tengo algo que hacer antes de irme a casa.
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Conduje hasta la oficina que Máximo había montado en lo que antes fue el despacho de mi padre. Entré sin tocar.
Ahí estaba. Recostado en la silla de cuero que todavía olía a nuevo, con los pies sobre el escritorio de caoba que mi abuelo mandó hacer a mano, jugando con el teléfono. Ni siquiera levantó la vista.
—Ah, hermanita. —Ese tono empalagoso que me revolvía el estómago—. ¿Vienes a felicitarme por la herencia?
Caminé directo hacia él, le arranqué el teléfono de las manos y estampé el acta de matrimonio sobre el escritorio, justo frente a su cara.
—Estoy casada. —Su sonrisa se derrumbó en cámara lenta—. Ya cumplí la primera condición del testamento. Así que, querido Máximo, ve preparándote para devolverme cada centavo que me corresponde.
Su rostro se descompuso. Los labios le temblaron y, por primera vez, lo vi sin la máscara de niño consentido. Lo que quedó debajo fue puro miedo.
—Eso… eso no puede ser. —Tartamudeó, levantando el acta con manos sudorosas—. ¿Con quién demonios te casaste?
Le arranqué el documento antes de que lo manchara.
—Solo necesitas saber que es legal, que es válido, y que a partir de hoy el reloj corre a mi favor. —Me di la vuelta hacia la puerta.
—¡Esto no se va a quedar así, Ximena! —gritó a mis espaldas—. ¡Mi mamá se va a enterar!
Me detuve. Giré despacio.
—¿Tu mamá? Marcela Salcedo no es nada mío, Máximo. —Sonreí sin una gota de calor—. Y te sugiero que empieces a ahorrar. Porque cuando termine contigo, no te va a alcanzar ni para un café.
Salí de ahí con el corazón golpeándome los oídos y las piernas temblando de pura adrenalina.
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Esa noche llevé a mi mamá al aeropuerto.
Se iba a vivir con mis abuelos maternos, del otro lado del mundo, para sanar. Años de mentiras. Una amante sentada en nuestra mesa en cada cena de fin de año como si fuera de la familia. Un matrimonio que fue una farsa mucho antes de que yo llegara al mundo.
—¿Segura de que vas a estar bien tú sola, mi amor? —me preguntó en la sala de espera, con los ojos llenos de lágrimas.
—No estoy sola, mamá. —Le tomé las manos—. Estoy casada.
Abrió mucho los ojos. Pero no me juzgó. Nunca lo hacía.
—¿Lo amas?
—Todavía no. —Fui honesta, porque a ella jamás pude mentirle—. Pero parece un buen hombre. Y voy a estar bien. Te lo prometo.
La abracé con fuerza, hundí la nariz en su cuello y aspiré su perfume de jazmín, grabándomelo en la memoria para las noches en que la extrañara demasiado.
—Pelea por lo tuyo, Ximena. —Me susurró al oído—. Tu abuelo estaría orgulloso.
La vi cruzar la puerta de embarque y perderse entre la gente. Y me quedé ahí, sola, en medio de un aeropuerto que de golpe se sentía enorme, como el mundo entero después de un funeral.
El teléfono me vibró en la mano. Un mensaje de un número desconocido.
"Soy Emiliano. Disculpe la hora. Solo quería preguntarle una cosa: ahora que somos esposos en papel, ¿cómo debería manejar la situación de aquí en adelante? ¿Tiene alguna regla adicional que no hayamos discutido?"
Solté una risa involuntaria en medio de mis lágrimas. ¿Quién manda un mensaje así, tan formal, a las once de la noche, el mismo día de su boda falsa?
Estaba por responder cuando me entró un audio de una compañera de la universidad.
"¡Xime! ¿Ya supiste? ¡Tenemos profesor nuevo de finanzas! Un tal Marín. Dicen que es joven y guapísimo. Empieza esta semana y todas andan vueltas locas."
Marín.
Bajé la vista al mensaje de Emiliano, todavía brillando en mi pantalla.
No.
No podía ser.
¿Verdad?
Capítulo 2: El profesor nuevo y el ex que no suelta
La primera semana de clases siempre es un caos. Pero este semestre yo empezaba siendo una mujer casada con un desconocido, con un testamento colgándome del cuello que me exigía sostener esa farsa durante tres años.
Ninguna presión.
Llegué a la residencia estudiantil arrastrando la maleta por el pasillo del tercer piso. Antes de que alcanzara a meter la llave, la puerta se abrió de golpe.
—¡Xime! —Micaela Serrano, mi compañera de cuarto, apareció como un torbellino, con el cabello revuelto y los ojos desorbitados—. ¡Llegaste! ¿Qué hiciste en vacaciones? ¿Por qué no contestabas el teléfono? ¿Estás más flaca? ¡Te ves rara!
—Gracias por el cumplido. —Solté la maleta sobre la cama y me dejé caer encima como un saco.
Micaela se sentó frente a mí y bajó la voz como si estuviéramos en una película de espías.
—Tenemos profesor nuevo de finanzas. Se apellida Marín. —Habló a toda velocidad, sin respirar—. Dicen que es joven, que es guapísimo, y que dará clases por las tardes. Yo me perdí su presentación en la facultad porque me quedé dormida. ¡Las del salón B ya me pusieron apodo! Me dicen "fósil viviente" porque soy la única que todavía no le ha visto la cara.
El apellido me recorrió la espalda como un hilo de hielo. Lo disimulé con una tos.
—¿Marín? —repetí, con la boca de pronto seca.
—Sí. Marín. ¿Lo conoces?
—No. —Me obligué a sonreír—. ¿Por qué habría de conocerlo?
Porque anoche firmé un acta de matrimonio con un hombre que se apellida exactamente igual, Micaela. Pero eso no te lo voy a contar ni aunque me torturen.
En ese instante el teléfono empezó a vibrar sobre la cama. Miré la pantalla y se me revolvió el estómago.
Emilio Treviño.
—¿Otra vez ese imbécil? —Micaela se asomó por encima de mi hombro—. ¿Cuántas van hoy?
Colgué sin contestar. Séptima llamada. Y apenas eran las diez de la mañana.
Emilio fue mi novio durante el segundo año de carrera. Guapo, encantador, con esa sonrisa que te hace creer que eres la única mujer en el planeta… mientras le manda la misma sonrisa, palabra por palabra, a otras tres por mensaje. Lo descubrí una noche en que se le olvidó cerrar la sesión de su computadora. Mensajes. Fotos. Planes con nombre y hora. Un catálogo completo de traiciones, ordenado con más esmero del que le puso jamás a nuestra relación.
Terminé con él ese mismo día. Sin gritos. Sin lágrimas. Solo tres palabras: "No me busques." Y él, por supuesto, decidió que eso significaba "búscame con más ganas".
—Bloquéalo de una vez —dijo Renata Zavala desde la otra cama, sin levantar la vista de su libro de literatura—. Los hombres como ese solo entienden una cosa: el silencio absoluto.
—Ya lo bloqueé. Se hace números nuevos. —Apagué el teléfono y lo enterré en el cajón—. Es como una plaga.
Una plaga a la que alguna vez le abriste la puerta. No lo olvides.
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Esa tarde tomé un taxi hacia las oficinas del Grupo Aguilar.
Mi tío, don Gustavo, el hermano mayor de mi papá, se hacía cargo de la parte operativa de la empresa desde que el abuelo murió. Fue él quien me consiguió un lugar como aprendiz con el licenciado Sandoval, vicepresidente de inversiones. No lo hizo por lástima. Lo hizo porque, según dijo, "una Aguilar tiene que aprender a defender lo suyo con números, no con lágrimas".
En eso, al menos, estábamos de acuerdo.
Sandoval era un hombre canoso, de unos cincuenta, mirada penetrante y modales impecables. Hablaba poco, y cuando lo hacía, cada palabra pesaba como una piedra bien colocada.
—Señorita Aguilar, bienvenida. —Me recibió con un apretón firme—. Su tío me habló mucho de usted. Espero que venga lista para aprender rápido, porque aquí no hay tiempo para errores.
—Estoy lista, licenciado.
Me pasé tres horas revisando reportes financieros, estados de cuenta, proyecciones de inversión. Agotador. Los números me bailaban frente a los ojos. Pero por primera vez desde el funeral de mi padre sentí que estaba haciendo algo real, algo con las manos, para recuperar lo que me habían arrancado.
Cuando salí de la oficina de Sandoval, lo último que esperaba era encontrarme a Emilio Treviño recargado en la pared del pasillo, con esa sonrisa de anuncio de televisión.
—¡Ximena! —Se acercó como si no lleváramos meses sin hablar—. Estoy haciendo mis prácticas en el piso de arriba. ¿No es increíble? Es como si el destino nos hubiera vuelto a juntar.
—El destino tiene pésimo gusto. —Intenté rodearlo. Se interpuso.
—Por favor, Xime, solo quiero hablar. —Voz de cachorro herido. Antes me derretía. Ahora me daban náuseas—. Sé que me equivoqué. Pero cambié. Te juro por lo que quieras que cambié.
—No me interesa, Emilio. Hazte a un lado.
—¿Hay otro? —La voz se le endureció de golpe. Ahí estaba, el verdadero Emilio asomándose por debajo de la máscara—. ¿Por eso no quieres ni verme? ¿Andas con alguien?
Debí quedarme callada. Darle información a un hombre como Emilio es como echarle gasolina a un incendio. Pero estaba cansada, irritada, con el día encima como una losa, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—Estoy casada.
La mandíbula se le desencajó. Los ojos se le abrieron como platos. Y por un instante glorioso, milagroso, se quedó completamente mudo.
—¿Qué? —logró articular al fin—. ¿Casada? ¿Con quién?
—No es asunto tuyo.
Aproveché su parálisis para esquivarlo, caminé a toda prisa al estacionamiento y me subí al coche. Emilio me siguió, golpeando el vidrio con los nudillos.
—¡Ximena, abre! ¡Esto no tiene sentido! ¿Te casaste en vacaciones? ¡Si ni siquiera salías con nadie!
Arranqué sin mirarlo. Por el retrovisor lo vi quedarse plantado en medio del estacionamiento, con la mano en el aire y la boca abierta.
Pero su berrinche me costó quince minutos. Y el tráfico de la Ciudad hizo el resto.
—————————————————————————————————
Llegué a la universidad con veinte minutos de retraso.
Tenía control de asistencia en ética empresarial, y ese profesor no perdonaba una tardanza ni aunque se cayera el cielo. Corrí por los pasillos con el corazón en la garganta. Cuando llegué al salón, la puerta ya estaba cerrada. A través del cristal vi a mis compañeros con la cabeza gacha, garabateando en sus hojas.
Maldición.
No podía reprobar asistencia en la primera semana. Cada punto contaba para conservar mi beca, y la beca era, en este momento, lo único verdaderamente mío que nadie podía quitarme.
Encontré a Paola Cuevas, del salón C, que también había llegado tarde y fumaba a escondidas detrás de la escalera.
—¿Me firmas la lista? Te debo una.
—Hecho. —Aplastó el cigarro contra la pared y entró al salón como si nada.
Creí que había funcionado. Me recargué en la pared y exhalé todo el aire que llevaba conteniendo desde el estacionamiento.
Entonces el teléfono me vibró. Un correo institucional.
"Señorita Aguilar: he sido informado de que la firma que aparece a su nombre en la lista de asistencia de hoy no corresponde con su presencia en el aula. Esto constituye una falta grave al reglamento académico. La espero en mi oficina para discutir las consecuencias. Atentamente, profesor E. Marín."
Se me heló la sangre en las venas.
E. Marín.
No. Por favor. Cualquier apellido menos ese.
—¿Cómo se enteró tan rápido? —murmuré. Ni siquiera era su clase. Y sin embargo, el tal profesor Marín parecía tener ojos en cada salón de la universidad.
—¿Estás bien? —Micaela apareció a mi lado, mascando chicle—. Estás pálida como un papel.
—El profesor Marín me descubrió. —Le mostré el correo con la mano temblando.
—Ay, no, Xime. —Abrió mucho los ojos—. Ese hombre tiene fama de estricto hasta para respirar. No perdona nada. Absolutamente nada.
Perfecto. Simplemente perfecto.
Esa noche, ya en la cama, el teléfono me vibró una vez más. Un mensaje de Emiliano.
"Buenas noches. ¿Podemos vernos mañana para cenar? Hay detalles del acuerdo que me gustaría afinar. Le envío la dirección del restaurante."
Un restaurante cerca de la universidad. Cenar con mi esposo de papel, el mismo día en que tenía que presentarme ante un profesor Marín que ya me detestaba sin conocerme.
Cerré los ojos y me tapé la cara con la almohada.
El apellido Marín se estaba apareciendo demasiado en mi vida.
Y algo, muy en el fondo del pecho, empezaba a decirme que no era casualidad.
Capítulo 3: ¡Es nuestro profesor Marín!
El restaurante estaba a tres cuadras de la universidad. Pequeño, discreto. Manteles blancos, luz cálida, la clase de lugar al que vas cuando no quieres que nadie te reconozca.
Emiliano ya estaba sentado cuando llegué. Lentes puestos, la servilleta doblada sobre el regazo, leyendo algo en el teléfono con el ceño levemente fruncido. Levantó la vista en cuanto me senté frente a él y asintió una sola vez, como quien saluda a una colega.
—Buenas noches, señorita Aguilar.
—Buenas noches, señor Marín. —Dejé el bolso en la silla de al lado—. ¿Puedo saber por qué me citó un domingo a las siete de la noche?
—Dos temas. —Abrió una carpeta con documentos que, conociéndolo de apenas una semana, seguramente ya tenía organizados por orden de prioridad—. Primero: propongo que cada uno conserve sus cuentas separadas, sin obligación de manutención cruzada. Segundo… —Se acomodó los lentes con el índice—. La próxima semana me gustaría que conociera a mis padres.
—¿Tan pronto?
—Mi madre insiste. —Un suspiro apenas audible se le escapó—. Es… persistente.
Algo en la forma en que lo dijo me hizo sonreír sin querer. Así que el imperturbable Emiliano Marín, el hombre que había rechazado a una señora en plena cita a ciegas con la serenidad de un cirujano, tenía una debilidad. Y esa debilidad se llamaba mamá.
—Está bien, iré. —Tomé un trago de agua—. Pero necesitamos una historia. ¿Qué les digo si preguntan cómo nos conocimos?
—La verdad. Omitiendo los detalles inconvenientes.
—O sea, una mentira elegante.
Me observó con los labios rectos, pero con los ojos brillando por dentro.
—Una versión editada de los hechos.
—Un profesor y su eufemismo.
Esa vez dejó escapar algo parecido a una risa. Breve, baja, casi involuntaria, como si hubiera querido tragársela a medio camino.
—Una cosa más. —Volvió a ponerse serio—. En público, creo que lo más prudente es que me llame "hermano". Si alguien nos ve juntos, un vínculo familiar es más fácil de sostener que una amistad ambigua.
—¿Hermano? No nos parecemos en nada.
—Mejor así. Los hermanos que no se parecen generan menos curiosidad.
Tenía respuesta para todo. Como si hubiera ensayado la vida entera frente a un espejo.
—Por cierto, señorita Aguilar —dijo, mientras el mesero dejaba los platos—. ¿Usted estudia en la Universidad de San Miguel?
Me quedé con el tenedor a medio camino de la boca.
—Sí… ¿por qué?
—Simple curiosidad. —Se ajustó los lentes, sin mirarme del todo—. Me parece que va a ser un dato relevante en algún momento.
Un cosquilleo de alerta me subió por la nuca. Esa sensación exacta que tienes cuando alguien sabe algo que tú todavía no.
Sabe algo. ¿Qué es lo que sabe?
Pero él ya había cambiado de tema, y yo era demasiado orgullosa para preguntar.
—————————————————————————————————
Al día siguiente decidí resolver mi problema antes de que creciera.
El correo del profesor Marín seguía ahí, clavado en mi bandeja de entrada como una sentencia esperando ejecución. Tenía que ir a su oficina, disculparme, y rezar para que la sanción no me costara la beca.
La oficina 503 estaba en el tercer piso del edificio de posgrados. Subí las escaleras con el estómago hecho un nudo, repasando mi discurso en la cabeza.
Profesor Marín, lamento profundamente la falta. Fue un error de juicio que no volverá a repetirse.
Directo. Profesional. Sin excusas baratas. Los hombres estrictos respetan a quien no suplica.
Toqué la puerta. Una voz gruesa me indicó que pasara.
Adentro había un hombre de unos sesenta años. Calvo, de bigote tupido, con una taza de café que olía a quemado y a mañanas largas.
—¿Profesor Marín? —pregunté, insegura.
—Sí, soy el profesor Marín. ¿En qué la puedo ayudar, señorita?
—Recibí un correo suyo. Sobre una falta de asistencia.
Frunció el ceño y revisó la computadora, tecleando con dos dedos.
—Señorita, yo no le he enviado ningún correo de ese tipo. —Se acomodó en la silla—. ¿Está segura de que era de esta oficina?
Volteé a mirar la placa atornillada en la puerta.
Prof. Marín, H. — Departamento de Historia.
Historia. No finanzas.
Me había equivocado de profesor.
—Lo siento muchísimo, me confundí de oficina. Disculpe la molestia.
Salí de ahí casi corriendo, con la cara hirviendo.
¿Cuántos profesores Marín puede haber en una sola universidad? ¿Es una broma cósmica dirigida específicamente a mí?
—————————————————————————————————
La clase de finanzas era a las cuatro de la tarde. Me senté en mi lugar de siempre, tercera fila junto a la ventana, al lado de Micaela.
—¿Tú crees que sea tan guapo como dicen? —susurró ella, retorciendo la pluma entre los dedos—. Paola jura que la primera clase fue como ver un documental de naturaleza. Hermoso, fascinante y ligeramente intimidante.
—Es un profesor, Micaela. —Abrí el cuaderno—. Un ser humano común y corriente.
—Eso lo dices porque todavía no lo has visto. —Se acomodó el cabello por enésima vez.
La puerta del aula se abrió.
Entró con paso firme. Portafolio de cuero bajo el brazo. El mismo traje gris del día que nos conocimos en la cafetería. El cabello cayéndole sobre la frente, los lentes, la mandíbula recta. Caminó hasta el escritorio, dejó sus cosas, se dio la vuelta hacia el pizarrón y escribió con letra clara:
Prof. Emiliano Marín — Finanzas Corporativas
El lápiz se me resbaló de entre los dedos.
Cayó al suelo, y en el silencio del aula sonó como un disparo. Micaela me miró alarmada. Pero yo no podía hablar. No podía moverme. No podía respirar. Solo era capaz de mirar a ese hombre —mi esposo, mi maldito esposo de papel— darse la vuelta y barrer el salón con la mirada.
Sus ojos me encontraron.
Uno. Dos. Tres segundos.
Vi cómo se le dilataban las pupilas de golpe. Cómo la mano se le detuvo a medio camino de acomodarse los lentes. Cómo una fracción de segundo de puro desconcierto le cruzó el rostro antes de que la aplastara bajo esa compostura que parecía haber traído consigo desde el vientre de su madre.
Me reconoció.
Y yo lo reconocí a él.
A mi esposo. Al hombre de la cafetería. Al profesor Marín. Al estricto, al inflexible, al que me había cazado firmando una asistencia falsa sin siquiera estar en el aula.
Es él. Es él. Dios mío, es él.
—Buenas tardes. —Su voz salió perfectamente controlada, sin una sola grieta. Apartó la vista de mí y se dirigió al resto del grupo—. Soy el profesor Marín y estaré a cargo de Finanzas Corporativas este semestre. Les pido tres cosas: puntualidad, silencio, y la cortesía elemental de no falsificar sus firmas de asistencia.
Habría jurado que echó una mirada rapidísima en mi dirección al decir lo último.
Micaela me clavó el codo en las costillas.
—¡Es él! —susurró con los ojos a punto de salírsele—. ¡Es guapísimo! ¿Viste cómo se quita los lentes? ¡Me muero!
No contesté. Mi cerebro estaba procesando demasiada información al mismo tiempo, y cada célula de mi cuerpo gritaba lo mismo, una y otra vez:
Mi esposo es mi profesor. Mi profesor es mi esposo. Y estamos atrapados los dos en el mismo salón, durante las próximas dos horas, fingiendo que somos dos perfectos desconocidos.
La clase transcurrió en una neblina de fórmulas que no logré absorber. Tomé notas de forma mecánica, con la mano temblorosa, sintiendo su presencia cada vez que caminaba por el pasillo entre los pupitres. No me dirigió la palabra. No me miró de frente ni una vez. Pero lo sentía. Como se siente el calor de un incendio aunque no lo estés viendo directamente.
Cuando sonó el timbre, guardé mis cosas a la velocidad de la luz. Lista para huir.
—Señorita Aguilar. —Firme, neutral, sin levantar la voz—. Quédese un momento, por favor.
Micaela me lanzó una mirada de horror, susurró "buena suerte" y desapareció entre la marea de estudiantes.
El aula se vació. La puerta se cerró.
Y ahí quedamos los dos.
Un profesor y su alumna. Un esposo y su esposa. Dos desconocidos que compartían un acta de matrimonio y, desde hacía exactamente noventa minutos, también un salón de clases.
Se recargó en el escritorio, cruzó los brazos, se quitó los lentes y se frotó los ojos con dos dedos.
—No tenía idea —dijo, sin mirarme—. Le juro que no lo sabía.
—Yo tampoco. —Me acerqué un paso—. ¿Desde cuándo da clases aquí?
—Desde este semestre. Me transfirieron hace un mes. —Volvió a ponerse los lentes y me miró de frente—. Señorita Aguilar…
—Ximena. —Lo interrumpí—. Si vamos a tener esta conversación, al menos llámeme por mi nombre. Soy su esposa. Aunque sea de mentira.
Algo tembló en la comisura de sus labios.
—Ximena —repitió, despacio, como probando cómo sonaba en su boca. Y sonó demasiado bien—. Esto complica todo.
—¿Complica? —Solté una risa nerviosa—. Si alguien descubre que estamos casados, a usted lo despiden y a mí me expulsan. Adiós carrera, adiós beca, adiós herencia. Eso no es "complicado". Eso es una bomba con el reloj andando.
—Entonces no vamos a permitir que nadie lo descubra. —Esa calma suya debería ser ilegal—. Dentro de este campus, soy su profesor. Usted es mi alumna. Nada más. Ninguno de los dos existe para el otro fuera de estas cuatro paredes en horario de clase.
—¿Y fuera del campus?
Silencio. Se acomodó los lentes. Tragó saliva. Por primera vez desde que lo conocía, el hombre de las mil respuestas ensayadas pareció no tener ninguna.
—Fuera del campus —dijo al fin—, mis padres esperan que la lleve a cenar la próxima semana. Esa invitación sigue en pie. Y, si está dispuesta, podemos ir esta misma tarde. Mi madre cocinó de más porque, cito textualmente, "quiero conocer a la muchacha que por fin hizo que mi hijo dejara de huir de las citas".
Lo miré, incrédula.
Este hombre acababa de descubrir que su esposa ficticia era su alumna. Que su carrera y mi futuro colgaban del mismo hilo. Que estábamos atrapados en la situación más imposible que pudiera imaginarse.
¿Y su siguiente movimiento era invitarme a conocer a sus papás esa misma tarde?
—¿Está hablando en serio? —pregunté.
—Nunca bromeo, Ximena. —Tomó su portafolio—. Y mi madre hace unas empanadas por las que la gente sería capaz de mentir bajo juramento.
Solté una carcajada. Real. Espontánea. Me sorprendió a mí misma, ahí, en medio del aula donde acababa de descubrirse el secreto más peligroso de mi vida.
Él me observó reír con una expresión que no supe descifrar. Como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar. Algo que no venía en ninguno de sus documentos organizados por orden de prioridad.
—Está bien. —Me colgué el bolso al hombro—. Lléveme a conocer a su madre, profesor Marín. Pero le advierto una cosa.
—Dígame.
—Si esto sale mal, pienso arrastrarlo conmigo hasta el fondo.
—Contaba con ello. —Y me sostuvo la puerta para que saliera primero.
Salimos del aula juntos, guardando la distancia exacta de un profesor y su alumna. Pero cuando cruzamos la reja del campus y la universidad quedó atrás, sin decirlo, sin planearlo, caminamos un poco más cerca.
Lo suficiente para que nuestros hombros casi se rozaran.
Lo suficiente para que mi corazón —el muy traidor— empezara a latir más rápido de lo que ningún acuerdo por conveniencia debería permitir.
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