Capítulo 1: La carta que ardió
El papel tembló entre sus dedos.
Valentina cruzó el pasillo de la Hacienda Montero con la carta de admisión de la UNAM apretada contra el pecho, como si alguien pudiera arrancársela en cualquier momento. Ocho años. Ocho años durmiendo bajo un techo ajeno, comiendo en una mesa donde nadie la quería, tragándose cada humillación con la cabeza baja. Todo por llegar a este momento: una hoja con el escudo de la universidad y su nombre impreso debajo. Valentina Montero. Admitida en la Facultad de Trabajo Social.
Empujó la puerta del despacho de Sebastian sin tocar.
Él estaba de pie junto a la ventana, de espaldas. La luz del atardecer le recortaba la silueta contra el cristal: traje oscuro, hombros rectos, la postura de alguien que nunca había necesitado pedir permiso para nada. A sus veinticinco años, Sebastian Montero ya controlaba Grupo Montero, la fortuna familiar y cada entrada y salida de aquella casa.
Incluida ella.
—Necesito hablar contigo —dijo Valentina desde la puerta.
Sebastian no se volvió.
—Cierra la puerta.
Valentina obedeció. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte en el silencio del despacho. Las paredes forradas de madera oscura, los estantes con libros que nadie leía, la chimenea encendida a pesar de que en la Ciudad de México no hacía frío suficiente para justificarla. Todo en aquella habitación existía para recordarle a quien entrara quién mandaba.
Valentina caminó hasta el escritorio y puso la carta sobre la superficie de caoba.
—Me aceptaron en la UNAM —dijo, y odió que la voz le temblara—. Trabajo Social. El semestre empieza en tres semanas.
Sebastian se giró despacio. Sus ojos bajaron hasta la carta, la recorrieron sin expresión, y volvieron a subir hasta el rostro de Valentina. No dijo nada durante varios segundos. Valentina sintió que el corazón le latía en la garganta.
—¿Y? —preguntó él.
—Necesito tu autorización para inscribirme.
La palabra le quemó la lengua. Autorización. Tenía dieciocho años y necesitaba el permiso de su hermano adoptivo para ir a la universidad. Como si fuera una menor. Como si fuera una empleada.
Como si fuera una cosa.
Sebastian rodeó el escritorio con pasos lentos. Tomó la carta entre dos dedos, la sostuvo a la altura de los ojos y la leyó en silencio. Valentina apretó los puños dentro de los bolsillos de su sudadera.
—Trabajo Social —repitió él, como si las palabras le supieran a algo desagradable—. ¿Para qué?
—Para estudiar. Para tener una carrera. Para—
—Para nada.
Sebastian caminó hacia la chimenea. Valentina lo siguió con la mirada, sin entender, hasta que él extendió el brazo y soltó la carta sobre las llamas.
El fuego la atrapó por una esquina. El papel se curvó, se oscureció, y el escudo de la UNAM desapareció bajo una lengua anaranjada. Las letras de su nombre se deformaron. Valentina Montero. La tinta se evaporó en un hilo de humo negro que subió recto hacia el techo y se deshizo contra la moldura de yeso.
Valentina no parpadeó. No gritó. Se quedó mirando cómo la última esquina del papel se consumía, cómo los bordes incandescentes se enroscaban sobre sí mismos y caían en copos grises dentro de la chimenea. Tres semanas preparando el discurso para este momento. Tres semanas ensayando frente al espejo del baño qué cara poner, qué tono usar, cómo pedirle permiso sin que sonara a súplica. Y él no había necesitado ni treinta segundos para destruirlo todo.
El calor de las llamas le quemaba la cara. Por dentro, todo se le congeló.
—¿Qué hiciste? —susurró.
Sebastian se sacudió una ceniza invisible de la manga.
—Tu lugar no está en una universidad. Tu lugar está aquí. —Volvió al escritorio, abrió un cajón, sacó una carpeta y la dejó caer frente a ella—. La Familia Reyes ha aceptado las condiciones. La boda será en cuatro meses.
—¿Boda?
—Una alianza entre Grupo Montero y los Reyes. Tú eres la condición.
La voz de Sebastian era plana, administrativa, como si estuviera leyendo un contrato de fusión empresarial. Valentina bajó la mirada hacia la carpeta. Vio un nombre: Mateo Reyes. Una fotografía: un joven de uniforme militar con una sonrisa franca y los ojos claros. Debajo, una ficha que parecía un currículum: Mayor del Ejército, veintiún años, hijo adoptivo del senador Alejandro Reyes Solís.
Hijo adoptivo.
Igual que ella.
—No —dijo Valentina.
Sebastian cerró la laptop de un golpe seco.
—No es una pregunta.
—¡No voy a casarme con un desconocido para que tú cierres un negocio!
—No es un negocio. Es la supervivencia de esta familia. —Sebastian apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó hacia adelante. La sombra de su cuerpo cubrió la carpeta, la fotografía del militar sonriente, las manos temblorosas de Valentina—. Los Reyes controlan tres comités en el Senado. Sin esa alianza, Grupo Montero pierde la licitación de Veracruz, y sin Veracruz, este imperio se cae en dieciocho meses. ¿Entiendes lo que eso significa?
—Significa que me estás vendiendo.
La mandíbula de Sebastian se endureció.
—Significa que estoy protegiendo todo lo que te da de comer, la ropa que traes puesta y el techo que tienes sobre la cabeza. Deberías agradecerlo.
Sebastian la miró como se mira a un mueble que se ha movido de sitio.
—No eres Sofia —dijo, y su voz bajó medio tono—. Nunca lo fuiste. Eres la sustituta. Y las sustitutas no eligen.
El aire se fue de la habitación.
Valentina conocía esa palabra. La había escuchado mil veces en ocho años: en los pasillos, en boca de los empleados, en las miradas de los invitados que la veían llegar a las cenas familiares. La sustituta. La niña que trajeron del orfanato para ocupar el lugar de Sofia Montero, la hija verdadera que murió en un accidente de tráfico a los diez años. Valentina llevaba el apellido, la habitación, la ropa y el lugar en la mesa de Sofia. Pero nunca sería Sofia.
Todos lo sabían. Nadie lo decía en voz alta.
Hasta ahora.
Un recuerdo la atravesó de golpe, tan nítido que casi pudo oler el desinfectante barato y los frijoles quemados.
Tenía diez años. El patio de la Casa Hogar Esperanza, en Iztapalapa. Tres niñas más grandes le habían quitado su cuaderno de dibujos y lo estaban rompiendo hoja por hoja. Valentina estaba en el suelo, con las rodillas raspadas y los ojos secos porque en ese orfanato llorar no servía de nada.
Un auto negro se detuvo frente a la reja. Un muchacho de diecisiete años bajó del asiento trasero. Alto, delgado, con un traje que parecía más caro que todo el edificio de la Casa Hogar. Las niñas dejaron de romper el cuaderno. La directora salió corriendo a recibirlo.
El muchacho caminó directo hacia Valentina, le tendió la mano y dijo:
—Desde hoy eres parte de la Familia Montero.
Valentina levantó la vista. Los ojos de aquel muchacho eran oscuros, fríos, absolutamente seguros de sí mismos. Los mismos ojos que ahora la miraban desde el otro lado del escritorio mientras las cenizas de su carta de admisión se apagaban en la chimenea.
Sebastian no había cambiado. Ella sí.
El recuerdo se disolvió. La chimenea, el olor a papel quemado, la carpeta con la foto del militar, todo volvió de golpe. Valentina se pasó el dorso de la mano por los ojos, aunque no estaba llorando. No iba a llorar. No delante de él.
—Ocho años —dijo, y su voz ya no temblaba—. Ocho años sin quejarme. Sin pedir nada. Me levantaba a las cinco para estudiar antes de que la casa despertara. Conseguí los libros prestados porque tú no me diste dinero para comprarlos. Presenté el examen de admisión un sábado a las seis de la mañana, en un camión de ruta porque no tengo auto ni chofer ni escolta. Y lo pasé. Sola. Sin tu ayuda, sin tu dinero y sin tu apellido.
Hizo una pausa. Sebastian la observaba sin moverse, con una expresión que ella no supo descifrar.
—Lo único que te pedí fue una firma —continuó—. Una firma, Sebastian. Y tú la quemaste.
Él no respondió. Se sentó detrás del escritorio, abrió la laptop y empezó a teclear como si la conversación hubiera terminado. Como si ella ya no estuviera ahí. Como si nunca hubiera estado.
Valentina no se movió.
Sus ojos recorrieron el despacho. Los estantes, los diplomas enmarcados, el reloj de pared que marcaba las siete y cuarto. Y sobre el escritorio, a medio metro de la mano derecha de Sebastian, la Beretta plateada que él siempre dejaba ahí como quien deja un pisapapeles.
Valentina sabía que Sebastian la guardaba descargada. Era un símbolo, no un arma. Un recordatorio visual de quién tenía el poder en aquella casa. En ocho años, nadie había tocado esa pistola salvo él. Los empleados le daban la vuelta al escritorio para no pasar cerca. El mayordomo la limpiaba con guantes, sin levantar los ojos.
Valentina nunca la había tocado.
El fuego crepitó en la chimenea. Los últimos restos de la carta se deshicieron en ceniza gris. El olor a papel quemado se mezcló con la madera de cedro y el cuero viejo de los sillones. En algún lugar de la hacienda, un reloj dio las siete y media.
Valentina dio un paso hacia el escritorio.
Sebastian siguió tecleando. El golpeteo de sus dedos contra las teclas era rítmico, preciso, indiferente.
Otro paso.
Las suelas de sus tenis no hicieron ruido sobre la alfombra persa. El respaldo del sillón de Sebastian quedaba a un brazo de distancia. La Beretta, a medio metro.
Los dedos de Sebastian se detuvieron sobre el teclado. No levantó la vista, pero sus hombros se tensaron un milímetro, como los de un animal que detecta un cambio en el aire.
Valentina extendió la mano.
Sus dedos rozaron el cañón. El metal estaba frío, mucho más frío de lo que había imaginado. Cerró los dedos alrededor de la empuñadura y la levantó del escritorio. Pesaba más de lo que esperaba.
Sebastian alzó la vista.
Y por primera vez en ocho años, Valentina vio algo distinto en sus ojos.
Capítulo 2: La bala que faltaba
Valentina apuntó la Beretta al centro del pecho de Sebastian.
El despacho se quedó en silencio. Ni el fuego de la chimenea se atrevió a crepitar. Sebastian no se movió del sillón, no levantó las manos, no abrió la boca. Solo la miró. Sus ojos recorrieron el rostro de Valentina, bajaron hasta la pistola y volvieron a subir con la misma calma con la que revisaba un estado financiero.
—Está descargada —dijo.
Valentina apretó los dedos alrededor de la empuñadura. El pulso le latía en las muñecas, en las sienes, en la base de la garganta. Las palmas le sudaban contra el metal.
—Lo sé.
—Entonces bájala.
—No.
Sebastian ladeó la cabeza medio centímetro. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero Valentina llevaba ocho años aprendiendo a leer cada microexpresión de ese rostro. Aquello no era miedo. Era curiosidad.
—Cuando tienes el poder —dijo Sebastian, y su voz sonó tan tranquila que podría haber estado dando una conferencia en una sala de juntas—, el arma puede estar descargada.
Las palabras cayeron sobre Valentina como agua helada. Él no la tomaba en serio. Ni siquiera con un arma apuntándole al corazón la tomaba en serio. Para Sebastian, aquella escena no era una amenaza: era una rabieta. Una niña del orfanato jugando con cosas de adultos.
Valentina bajó la pistola.
Sebastian esbozó algo que no llegaba a ser una sonrisa. La sombra de una victoria confirmada le cruzó los ojos.
Entonces Valentina dio un paso adelante, metió la mano dentro del saco de Sebastian —él se quedó rígido, la mandíbula trabada— y sacó del bolsillo interior un cargador con tres balas.
Lo conocía. Lo había visto ahí cada vez que el mayordomo colgaba el saco en el perchero del despacho. Sebastian siempre llevaba las balas separadas del arma. Un hábito de control: el poder de decidir cuándo la pistola era un símbolo y cuándo era un arma.
Valentina introdujo el cargador en la Beretta. El clic metálico resonó en el silencio como un hueso quebrándose. Jaló la corredera. Una bala entró en la recámara.
Levantó la pistola de nuevo.
Sebastian no se movió, pero algo cambió en su postura. Los hombros se le tensaron debajo del saco. Las manos, que habían estado apoyadas con descuido sobre los brazos del sillón, se cerraron un milímetro. Sus ojos se clavaron en los de Valentina y, por primera vez, no la miraron como a una cosa.
—Valentina —dijo, y fue la primera vez en mucho tiempo que usó su nombre completo sin tono de orden.
—Cállate.
La voz de Valentina salió ronca, baja, sin temblar. El cañón apuntaba al hombro derecho de Sebastian. No al corazón. No a la cabeza. Al hombro. Porque Valentina no quería matarlo. Quería que supiera que podía hacerlo.
—Ocho años —dijo—. Ocho años me controlaste. Me dijiste cuándo levantarme, cuándo comer, cuándo hablar, con quién hablar. Me quitaste el teléfono cuando tenía catorce. Me prohibiste salir sola cuando tenía quince. Me encerraste tres días en mi habitación cuando me atreví a hablar con el jardinero. Y ahora me quemas la única cosa que conseguí por mí misma y me vendes a un desconocido como si fuera un mueble que ya no necesitas.
Sebastian no respondió. Una gota de sudor le bajó por la sien derecha. Valentina nunca lo había visto sudar. En ocho años, ni en las juntas más tensas del consejo, ni cuando Don Ricardo fue hospitalizado, ni cuando la prensa publicó los rumores de lavado de dinero. Sebastian Montero no sudaba. Sebastian Montero no perdía el control.
Hasta ahora.
—¿Vas a dispararme? —preguntó él, y había algo nuevo en su voz. No era miedo. Era algo peor: interés.
—Voy a hacer algo mejor. —Valentina bajó el arma unos centímetros, lo suficiente para que él viera que no era un impulso, que estaba pensando—. Voy a proponerte un trato.
Sebastian arqueó una ceja. Un gesto mínimo. Pero era el gesto que usaba en las negociaciones, cuando la otra parte decía algo que no esperaba.
—Dame un mes —dijo ella.
—¿Qué?
—Un mes. Treinta días. Si en un mes no encuentro la manera de cancelar esa boda sin perjudicar tu maldita alianza, me caso. Sin quejarme. Sin resistirme. Hago lo que tú quieras.
Sebastian la estudió en silencio. El fuego de la chimenea le iluminaba medio rostro y dejaba el otro en sombras.
—¿Y si no acepto?
Valentina giró la muñeca y se puso el cañón debajo de la barbilla. El metal frío le presionó la piel suave de la garganta. El estómago se le contrajo de terror, pero no bajó la mano.
—Entonces elijo yo cómo termina esto.
La expresión de Sebastian se fracturó. Fue un instante —una grieta que cruzó su rostro como un relámpago— y desapareció. Pero Valentina lo vio. Lo vio apretar los dientes, lo vio tragar, lo vio abrir los dedos sobre los brazos del sillón como si quisiera levantarse y no se lo permitiera.
El silencio duró diez segundos. Veinte. La llama de la chimenea tembló.
—Un mes —dijo Sebastian. Su voz había perdido la calma perfecta de antes. Sonaba rasposa, como si las palabras le costaran—. Ni un día más.
Valentina apartó el cañón de su garganta. La marca roja que dejó el metal le ardía como una quemadura.
—Un mes —repitió.
Apuntó la Beretta al brazo derecho de Sebastian y disparó.
El estallido sacudió el despacho. Los cristales del ventanal vibraron. Un cuadro se descolgó de la pared. El casquillo rebotó en el suelo de madera con un tintineo agudo que pareció durar una eternidad.
La bala le rozó el bíceps derecho. No fue un disparo certero ni uno fallido: fue un disparo quirúrgico, calculado para marcar sin destruir. La tela del saco se abrió en una línea limpia. Debajo, la camisa blanca empezó a teñirse de rojo. La sangre avanzó despacio, empapando la tela, extendiéndose como tinta sobre papel.
Sebastian no gritó. No se llevó la mano a la herida. No se levantó del sillón. Bajó la mirada hacia su brazo derecho y observó la sangre extenderse por la manga de la camisa con una expresión extraña, casi clínica, como si la herida le perteneciera a otra persona. La tela blanca se fue tiñendo de un rojo oscuro, húmedo, que brillaba bajo la luz de la chimenea.
Cuando levantó la vista hacia Valentina, sus ojos habían cambiado. Ya no había indiferencia, ni curiosidad, ni esa superioridad gélida que cargaba como un traje a la medida. Había algo que Valentina no tenía nombre para describir. Algo que se parecía al primer instante en que reconoces a alguien que creías conocer.
No dijo nada. La sangre le goteaba de los dedos sobre el descansabrazos del sillón, cayendo en el cuero con un ritmo lento y constante.
Valentina dejó la Beretta sobre el escritorio. El golpe del metal contra la caoba sonó definitivo. Le temblaban las manos. Le temblaban las rodillas. El olor a pólvora le llenaba la nariz y la garganta, metálico, acre, imposible de ignorar.
—Para que no se te olvide —dijo Valentina, y su propia voz le sonó ajena, como si viniera de muy lejos— que esta pistola ya no está descargada.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Cada paso era un acto de voluntad. Las piernas le pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Sentía la mirada de Sebastian en la espalda, fija, ardiente, pero no escuchó su voz. No la llamó. No la detuvo.
Abrió la puerta. El pasillo de la hacienda estaba oscuro y fresco. Olía a gardenias del jardín interior y a cera para pisos.
Dio tres pasos fuera del despacho.
Cerró la puerta detrás de ella.
Y entonces las piernas dejaron de sostenerla. Se apoyó contra la pared del pasillo, se deslizó hasta el suelo y se abrazó las rodillas. Las manos le temblaban tan fuerte que tuvo que metérselas debajo de los muslos para detenerlas. El corazón le latía desbocado, errático, como si quisiera escapársele por la boca.
No lloró. No podía. El cuerpo estaba demasiado ocupado temblando como para producir lágrimas.
Acababa de dispararle a Sebastian Montero. Al hombre que controlaba Grupo Montero, que tenía a tres senadores en la agenda de su teléfono, que podía hacer desaparecer personas con una llamada.
Le había puesto una pistola en la barbilla y había dicho que prefería morirse antes que casarse con un desconocido.
Y lo peor —lo que le hacía temblar más que el recuerdo del disparo, más que el olor a pólvora que todavía le quemaba la nariz— era que no estaba mintiendo. Si Sebastian hubiera dicho que no, si hubiera estirado la mano para quitarle la pistola, Valentina no estaba segura de qué habría pasado. Y eso la aterrorizaba más que cualquier otra cosa.
Apretó los dientes, respiró hondo —una vez, dos, tres— y se obligó a ponerse de pie. Las rodillas le fallaron en el primer intento. En el segundo, logró enderezarse apoyándose en la pared. Se limpió las palmas sudadas en los jeans y empezó a caminar por el pasillo.
Treinta días. El reloj ya estaba corriendo.
No tenía dinero. No tenía aliados. No tenía un plan. Lo único que tenía era una bala menos en el cargador y la certeza de que Sebastian Montero, por primera vez en ocho años, la había mirado como si fuera una persona.
La marca roja en su garganta le palpitaba al ritmo del corazón. Mañana sería un moretón. Pasado mañana, una mancha amarillenta que se iría borrando. Pero la cicatriz en el brazo de Sebastian no iba a desaparecer.
Eso era lo que necesitaba. Una marca que él no pudiera ignorar cada vez que se mirara al espejo. Un recordatorio, grabado en su piel, de que Valentina Montero había dejado de ser un mueble.
No volvió la vista atrás.
Capítulo 3: La llave del hotel
El pasillo de la Hacienda Montero se estiraba como una garganta oscura. Valentina caminaba pegada a la pared, con una mano sobre los azulejos fríos para no perder el equilibrio. Las piernas todavía le temblaban. El olor a pólvora se le había metido en el pelo, en la ropa, debajo de las uñas.
Necesitaba llegar a su habitación. Cerrar la puerta. Sentarse en la cama y pensar. Treinta días y ni una sola idea de cómo usarlos.
—Te ves terrible.
La voz vino de la oscuridad, a su izquierda.
Valentina se detuvo de golpe. Su mano se cerró en un puño por instinto. Los músculos del cuello se le tensaron antes de que el cerebro procesara lo que estaba viendo.
Un hombre estaba recargado contra el marco de una puerta lateral, con los brazos cruzados y una media sonrisa en los labios. Llevaba una camisa de lino blanco con los primeros botones abiertos, pantalones oscuros, zapatos sin calcetines. Pelo revuelto, como si acabara de levantarse de una siesta o no le importara peinarse. Y un rostro idéntico al de Sebastian Montero.
Idéntico. Exactamente el mismo.
Pero la sonrisa era distinta. Donde Sebastian fruncía, este hombre curvaba. Donde Sebastian endurecía la mandíbula, este la relajaba. Los mismos ojos oscuros, pero sin el hielo. O al menos eso parecía.
—Santiago —dijo Valentina.
El gemelo menor de Sebastian se despegó del marco con un movimiento fluido, sin prisa.
—Escuché el disparo —dijo, y su tono era ligero, casi divertido, como si un balazo en aquella casa fuera un evento menor—. ¿Le diste?
Valentina no respondió. Santiago ladeó la cabeza y la estudió con una atención que no se parecía en nada a la de Sebastian. Sebastian miraba para evaluar. Santiago miraba para entender. O para que ella creyera que intentaba entender.
—Ven —dijo Santiago, y señaló con la barbilla hacia el fondo del pasillo—. Hay que curarte eso.
—¿Curarme qué?
Santiago dio un paso adelante y le tocó el cuello con la punta de los dedos. Valentina se echó hacia atrás, pero él ya había retirado la mano. En la yema de su dedo índice había una mancha rosada. La marca del cañón.
—Eso —dijo—. ¿Tienes hielo en tu habitación?
—No necesito hielo.
—Necesitas hielo, necesitas agua y necesitas que alguien no te mire como si fueras un problema que resolver. —Santiago metió las manos en los bolsillos y la miró con una expresión que Valentina no supo clasificar—. Yo no soy como él, Valentina.
La frase quedó suspendida entre los dos. Valentina quiso creerla. El instinto le decía que no lo hiciera.
Caminaron juntos hasta la puerta de su habitación. Santiago se recargó contra la pared del pasillo mientras ella abría. No entró. No le pidió entrar. Se quedó ahí, con las manos en los bolsillos y la media sonrisa puesta, esperando.
—Sé lo de la boda —dijo Santiago.
Valentina se detuvo con la mano en la manija.
—¿Cómo?
—Sé todo lo que pasa en esta casa. La diferencia entre Sebastian y yo es que él decide por ti, y yo te doy opciones.
Sacó algo del bolsillo trasero de su pantalón. Una tarjeta de plástico blanco con el logo de un hotel: el St. Regis, Ciudad de México. Una llave magnética.
—Alejandro Reyes se hospeda en la suite presidencial —dijo Santiago—. El senador. El hombre que podría cambiar tu situación si tuvieras acceso a él.
Valentina miró la tarjeta sin tomarla.
—¿Me estás diciendo que vaya a buscarlo a su hotel?
—Te estoy diciendo que si alguien puede ayudarte a cancelar esa boda sin que Grupo Montero pierda la alianza, es Alejandro Reyes. —Santiago giró la tarjeta entre los dedos—. Él tiene el peso político para negociar una alternativa. Sebastian no lo escucha a él, pero tampoco puede ignorarlo.
—¿Y la llave?
—Para que no tengas que pasar por recepción. —Santiago le sostuvo la mirada—. No te estoy obligando a nada, Valentina. Solo te estoy abriendo una puerta. Literalmente.
Le extendió la tarjeta. Valentina la tomó. El plástico estaba tibio por el calor del bolsillo de Santiago.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó.
Santiago se encogió de hombros con una naturalidad que parecía ensayada.
—Porque mi hermano se merece que alguien le demuestre que no puede controlar el mundo. Y porque tú te mereces algo mejor que ser una moneda de cambio.
Sonaba bien. Sonaba demasiado bien. Las palabras de Santiago eran como un plato de comida caliente después de tres días sin comer: irresistibles y sospechosas al mismo tiempo.
—Piénsalo —dijo Santiago. Dio un paso atrás, dejándole espacio—. No hay prisa. Bueno, sí hay prisa. Tienes treinta días. Pero esta noche, descansa.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse por el pasillo. Sus pasos eran silenciosos sobre el piso de barro —zapatos sin calcetines, sin prisa, como quien pasea por su propia casa a medianoche porque no tiene nada mejor que hacer.
Valentina entró a su habitación y cerró la puerta. Se sentó al borde de la cama con la tarjeta del hotel entre los dedos. La giró, la observó. Suite presidencial. Alejandro Reyes. Un senador que podría ser su salvación o su siguiente problema.
Dejó la tarjeta sobre la mesita de noche y se inclinó para quitarse los tenis. Fue entonces cuando un movimiento al otro lado de la ventana le llamó la atención.
El jardín interior de la hacienda estaba iluminado por faroles de hierro forjado. Entre los naranjos, una figura alta caminaba hacia la puerta principal. Un hombre de unos treinta años, con lentes de armazón fino y un traje oscuro que le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo. Cargaba un maletín de cuero en la mano izquierda. Su postura era recta pero relajada, la de alguien que no necesita imponerse porque el espacio se abre solo a su paso.
El hombre se detuvo un instante, como si hubiera sentido que lo observaban. Giró la cabeza hacia la ventana de Valentina. La luz del farol le iluminó el rostro: piel morena clara, mandíbula definida, ojos oscuros detrás de los cristales. Su mirada se encontró con la de ella durante dos segundos —tres— y luego siguió caminando, sin acelerar el paso ni desviar la trayectoria.
Desapareció por la esquina del jardín.
Valentina se quedó mirando el espacio vacío donde había estado. No sabía quién era. Pero algo en la forma en que aquel hombre la había mirado —sin sorpresa, sin curiosidad, como si ya supiera que ella estaría ahí— le erizó la piel de los antebrazos.
Tomó la tarjeta del hotel de la mesita de noche y la apretó entre los dedos.
La puerta de su habitación se abrió sin aviso.
Sebastian estaba en el umbral. Tenía el brazo derecho vendado con una gasa improvisada que ya se estaba manchando de rojo. La corbata aflojada. El saco doblado sobre el brazo izquierdo. Sus ojos recorrieron la habitación en un barrido rápido —la cama, los tenis en el suelo, la ventana abierta— y se detuvieron en la mano de Valentina.
En la tarjeta blanca del St. Regis.
La expresión de Sebastian cambió. La mandíbula se le trabó. Los tendones del cuello se le marcaron bajo la piel.
—¿De dónde sacaste eso? —Su voz era baja, controlada, peligrosa.
Valentina cerró la mano sobre la tarjeta.
Y por segunda vez en la misma noche, la temperatura del cuarto bajó diez grados.
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