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El Error Del Mafioso

Capítulo 1: Las mujeres invisibles

Hay mujeres que nacen para ser elegidas las ves caminar por la calle y las puertas parecen abrirse solas. Los hombres les sonríen, les sostienen la mirada unos segundos más de lo necesario. Les regalan flores sin que ellas las pidan. Les prometen futuros que ni siquiera saben si desean.

Y luego estamos las otras.

Las que aprendimos demasiado pronto que el mundo no siempre reparte belleza, suerte y oportunidades en la misma canasta yo pertenezco a ese segundo grupo.

Nunca fui la niña más bonita del salón.

En las fotos del colegio siempre terminaba en la última fila, no porque fuera alta, sino porque nadie notaba si estaba o no. Mientras mis compañeras recibían cartas de amor escondidas entre los cuadernos, yo regresaba a casa con los bolsillos vacíos y la absurda esperanza de que, quizá al día siguiente, alguien pronunciara mi nombre con un poco de ilusión.

Ese día nunca llegó.

Recuerdo los recreos como si hubieran ocurrido ayer.

Las niñas se reunían para hablar del niño que les gustaba. Comparaban los chocolates que les regalaban, las cartas que escondían en las mochilas y los pequeños gestos que, a esa edad, parecían promesas de amor eterno.

Yo fingía leer un libro.

No porque me gustara tanto la lectura , si no porque era menos doloroso mirar las páginas que mirar cómo nadie se acercaba a mí. Con el tiempo descubrí que el silencio también podía hacer ruido.

El mío gritaba cada vez que las profesoras pedían formar parejas y yo era la última en ser elegida.

Gritaba cuando organizaban bailes y ningún niño preguntaba mi nombre.

Gritaba cuando escuchaba a mis tías decir que, si seguía comiendo así, ningún hombre querría casarse conmigo.

Tenía apenas doce años.

Doce.

Ya me estaban enseñando que mi valor dependía del espacio que ocupaba mi cuerpo, con los años entendí que la belleza abre puertas que el esfuerzo apenas logra tocar.

Vi cómo chicas menos preparadas conseguían mejores empleos porque tenían una sonrisa perfecta. Vi cómo otras recibían regalos solo por existir. Vi hombres cruzar media ciudad por una mujer hermosa, mientras a mí apenas me dirigían la palabra para preguntarme una dirección... o para recordarme todo aquello que nunca sería.

No los culpaba.

Después de todo, yo también había aprendido a evitar los espejos. Porque los espejos son crueles.

No mienten.

Me devolvían la imagen de una mujer común , bajita, gordita con estrías en las caderas, celulitis en las piernas y un cuerpo que jamás despertó suspiros, mi cabello tenía voluntad propia y mis ojos, aunque grandes, siempre parecían demasiado cansados para alguien de apenas veintisiete años, nunca fui fea,

pero tampoco fui suficiente.

Y existe una enorme diferencia entre ambas cosas.

Aprendí a caminar mirando el suelo,así evitaba encontrarme con las miradas de lástima...o peor aún, con las de indiferencia.

Porque la indiferencia duele más que el rechazo, el rechazo, al menos, reconoce que existes. La indiferencia te convierte en un fantasma y yo llevaba años sintiéndome uno.La gente cree que las mujeres como yo dejamos de soñar.

No es cierto.

Soñamos igual.

Solo aprendemos a hacerlo en silencio yo soñaba con cosas absurdamente sencillas. Despertar un domingo y encontrar a alguien durmiendo a mi lado.Discutir por quién lavaba los platos.Esperar a un hijo frente a la puerta del colegio.

Escuchar un "ya llegué" al final del día.

Mientras otras mujeres soñaban con viajes o joyas, yo soñaba con una mesa para cuatro.Con una casa donde alguien me esperara con abrazos que no tuvieran precio.Con un hombre que, por una sola vez en mi vida, me eligiera a mí cuando tenía otras opciones.

Nunca pude tener nada de eso.

La vida tenía otros planes para mí, cuando el hambre comenzó a pesar más que la dignidad, entendí que los sueños no llenaban el refrigerador las cuentas no esperan. El alquiler tampoco y la necesidad tiene una forma muy cruel de romper las promesas que una se hace a sí misma así fue como crucé la puerta del lugar del que juré mantenerme alejada.

El club donde las mujeres dejábamos de tener nombre para convertirnos en un servicio, aquel fue el día en que Valeria empezó a desaparecer y la mujer que el mundo veía... comenzó a sonreír por dinero.

Sin saber que, años después, un simple error cometido por otra persona cambiaría el rumbo de una vida que yo ya había dejado de considerar mía.

Capítulo 2 : Sobrevivir también cansa

La ciudad tiene dos rostros.

Uno despierta cuando el sol sale , el otro comienza a respirar cuando la luna ocupa su lugar y yo pertenezco al segundo.

Cuando los demás regresan a casa para descansar, yo apenas termino mi jornada. Camino por las calles con los tacones en una mano y los zapatos deportivos en la otra. Aprendí hace mucho que la elegancia solo dura mientras alguien está dispuesto a pagar por ella.

A esa hora nadie presta atención a una mujer que vuelve sola y por primera vez en toda la noche, agradezco ser invisible.

Subo al autobús casi vacío y me siento junto a la ventana. Observo cómo la ciudad empieza a llenarse de personas con uniforme, estudiantes cargando mochilas y madres apresuradas llevando a sus hijos al colegio.

Siempre me pregunto cómo será vivir una vida normal.Tener un horario que alguien espere tu regreso. poder decir con orgullo a qué te dedicas cuando bajo del autobús, paso por una panadería. El aroma del pan recién horneado invade toda la calle.

Hace meses que no desayuno allí.Sigo caminando.

Mi presupuesto no tiene espacio para antojos al llegar al apartamento dejo el bolso sobre la mesa y vacío su contenido, billetes arrugados, algunas monedas, un lápiz labial , las llaves y empiezo a separar el dinero.

Alquiler.

Servicios.

Transporte.

Comida.

Cuando termino de hacer las cuentas, sonrío con ironía.Otra vez no queda nada para mí.

Hace un año, una compañera del club insistió en acompañarme al médico, llevaba meses sintiéndome agotada dormía ocho horas y despertaba como si hubiera trabajado toda la noche.

Subía de peso sin importar cuánto dejara de comer.

Mi cabello se caía más de lo normal.

Pensé que era estrés.

El médico revisó unos exámenes y levantó la vista.

—Tus resultados muestran un problema de tiroides. Necesitas iniciar tratamiento cuanto antes.

Asentí como si entendiera.

Luego pregunté el precio de los medicamentos recuerdo haber sonreído, no porque estuviera feliz es porque era más fácil sonreír que admitir que no podía pagarlos.

Desde entonces aprendí a convivir con el cansancio.

Hay días en que mi cuerpo pesa tanto que siento que llevo piedras escondidas bajo la piel pero el alquiler no entiende de enfermedades. el hambre tampoco así que una sigue adelante aunque el cuerpo pida detenerse aunque el alma lleve años haciéndolo.

A veces me pregunto en qué momento empecé a creer todo lo que los demás decían de mí.

Quizá fue cuando tenía once años mi padre había llegado borracho como casi todas las noches.Yo estaba sirviendo la cena cuando me observó durante unos segundos.

—Deja de repetir.

Su voz sonaba áspera.

—Mírate. Si sigues engordando, ningún hombre va a querer hacerse cargo de ti.

Mi madre dejó el plato sobre la mesa con fuerza, quiso defenderme pero cuando dependes de un hombre no hay mucho que se pueda decir.

Aquellas palabras se quedaron conmigo mucho después de que el eco de su voz desapareciera.

Desde entonces, cada vez que me miraba al espejo, ya no veía a una niña veía un problema, uno que debía esconder, uno que debía disculparse por existir.

Quizá por eso nunca aprendí a quererme. Hay recuerdos que una guarda en un rincón de la memoria no porque quiera conservarlos.

Si no porque duelen demasiado para enfrentarlos todos los días.El mío siempre regresa cuando me quito el maquillaje.

Tenía diecinueve años llevaba dos meses sin pagar el alquiler, había recorrido media ciudad dejando hojas de vida.

Nadie llamó.

Nadie necesitaba una mujer sin experiencia mucho menos una como yo.

Aquella noche crucé por primera vez la puerta del club.

Recuerdo el perfume intenso.

Las luces, La música y a Nora diciéndome que todavía podía marcharme si no estaba segura y estuve a punto de hacerlo.

De verdad lo estuve.

Pero pensé en el refrigerador vacío, en las cuentas, en el desalojo y me quedé.

Esa primera noche regresé a casa sintiéndome completamente vacía.

No lloré.

Ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo solo me senté en el suelo del apartamento y abracé mis rodillas hasta que amaneció. Ese día comprendí que sobrevivir también podía doler.

Desde entonces aprendí a separar mi cuerpo de mis emociones. Era la única forma de seguir respirando, me levanto del suelo y miro el reloj faltan pocas horas para volver al club.

Abro el armario.

El vestido negro sigue colgado donde lo dejé.Lo observo durante unos segundos.

Respiro hondo.

—Solo una noche más, Valeria.

Es mi mantra y la mentira que me repito todos los días. La misma desde hace casi seis años y todavía no sé cuándo dejaré de creerla.

Capítulo 3 : Las mujeres también se rompen

Hay personas que creen que un club como este es un lugar lleno de lujo. Imaginan vestidos brillantes, tacones imposibles, perfumes caros, copas de cristal y una música elegante envolviendo a mujeres hermosas que sonríen toda la noche. Ojalá pudieran ver lo que ocurre detrás de la puerta que dice «Solo personal autorizado». Es ahí donde la fantasía desaparece.

Empujo la puerta del camerino y el olor a laca, maquillaje y café instantáneo me recibe, como todas las tardes. Ese pequeño cuarto es nuestro refugio, aunque también nuestra cárcel. Los casilleros viejos apenas se sostienen en pie, los espejos rodeados de bombillas reflejan rostros cansados y, sobre una mesa desgastada, los cosméticos conviven con analgésicos, recibos sin pagar y fotografías de hijos que esperan en casa.

Porque sí, muchas de las mujeres que trabajan aquí son madres. Otras estudian durante el día. Algunas cuidan a sus padres enfermos. Y unas pocas, como yo, simplemente intentamos sobrevivir. Nadie llega a un lugar como este porque haya sido el sueño de su vida. La vida siempre encuentra una forma distinta de rompernos.

Levanto la vista cuando escucho la voz de Camila.

—Llegaste temprano.

Está sentada frente al espejo mientras ondula su cabello con una plancha. Es de esas mujeres que parecen iluminar cualquier habitación sin proponérselo. Tiene la piel perfecta, una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera y unos ojos color miel que siempre parecen felices. Lo curioso es que jamás me hizo sentir menos por no parecerme a ella.

—No tenía nada más que hacer.

Ella sonríe y señala una bolsa de papel.

—Entonces ven. Compré demasiado almuerzo.

Las dos sabemos que está mintiendo. Nunca compra demasiado; siempre compra pensando en compartir conmigo. Saca un sándwich y, como cada día, lo parte exactamente por la mitad antes de extenderme un pedazo.

—Toma.

—Camila...

—No empieces. Ya sé que vas a decir que no tienes hambre.

Me conoce demasiado bien.

Acepto el pan, no porque mi orgullo me lo permita, sino porque hace tiempo entendí que rechazar un acto de cariño también puede convertirse en una forma de herir a quien solo intenta ayudarte.

Comemos en silencio hasta que las demás comienzan a llegar.

Mariana entra hablando por teléfono mientras discute con el padre de su hijo, que lleva tres meses sin pagar la pensión. Detrás de ella aparece Lucía con unas gafas oscuras enormes. Cuando se las quita, un ojo morado deja el camerino en silencio.

Nora es la primera en acercarse.

—¿Fue un cliente?

Lucía niega con la cabeza.

—Mi novio.

Nadie dice nada durante unos segundos. No hace falta. Todas conocemos demasiado bien esa respuesta.

Nora aprieta la mandíbula.

—Te dije que lo dejaras.

—Lo intenté... pero siempre vuelve prometiendo que va a cambiar.

La promesa de siempre.

La que casi nunca se cumple.

Nora respira hondo antes de responder.

—Mañana voy a conseguirte una cita con un abogado. Y no quiero volver a verte con otro golpe. ¿Entendido?

Lucía rompe en llanto y Nora la abraza sin decir una palabra más. En momentos como ese recuerdo por qué sigo trabajando aquí.

La gente cree que Nora solo administra un club, pero no es verdad. También recoge los pedazos de mujeres que llegan completamente rotas. Jamás permite que un cliente nos golpee y, si alguna dice «no», esa respuesta se respeta. Más de una vez ha expulsado hombres ricos por faltarnos al respeto. Supongo que, dentro de este mundo, hace todo lo posible por conservar la poca dignidad que todavía nos pertenece.

Me siento frente al espejo y comienzo a maquillarme. Mientras deslizo la base sobre mi piel apenas reconozco el rostro que me devuelve el reflejo. Es curioso. Cada noche invierto casi una hora en convertirme en alguien que no soy. Base, corrector, rubor, labial... todo para convencer a desconocidos de que soy una mujer segura de sí misma.

La realidad es muy distinta.

Hace años dejé de creerme bonita.

Lo único que aprendí fue a parecerlo.

Y existe una enorme diferencia entre ambas cosas.

La voz de Nora rompe el silencio.

—Chicas.

Todas levantamos la cabeza.

—Hoy hay una fiesta privada. Compórtense como siempre. Y recuerden: si algún cliente las incomoda, vienen directamente conmigo.

Asentimos casi al mismo tiempo.

Camila termina de arreglarse y se pone de pie. Parece una actriz de cine. Yo también me levanto y observo mi reflejo una última vez.

No estoy fea.

Solo soy yo.

Y, por alguna razón, eso nunca me ha parecido suficiente.

Las reservas comienzan apenas se abren las puertas del club. Una por una, las chicas son llamadas.

—Mariana. Suite cinco.

—Camila. Cliente habitual.

—Lucía. Sala VIP.

Las observo marcharse mientras sonrío con resignación. Ya conozco el orden de las cosas. Siempre ocurre igual. Primero llaman a las más bonitas. Cuando ellas terminan sus servicios, entonces alguien recuerda que yo también estoy aquí.

No voy a mentir.

Me duele.

Aunque aprendí a convivir con ese dolor hace mucho tiempo. Es como una cicatriz: nunca desaparece, simplemente deja de sangrar.

Nora aparece sosteniendo una carpeta. Revisa una lista antes de levantar la mirada hacia mí.

—Valeria... tienes un cliente.

Asiento despacio y tomo aire. No pregunto quién es. En realidad, no importa. Al final, todos cruzan estas puertas buscando exactamente lo mismo.

Acomodo el vestido, tomo mi bolso y comienzo a caminar por el pasillo que conduce a las habitaciones privadas.

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