Hace cinco años, el mundo parecía sonreírle a Marel Lara Cortés.
Después de años de sacrificios junto a su madre, de noches cosiendo hasta el amanecer y de sueños dibujados en cuadernos gastados, finalmente sostenía en sus manos el título que tanto había luchado por conseguir.
Ese día debía ser perfecto.
Su madre estaba orgullosa. Su futuro acababa de comenzar. Y el hombre que amaba llevaba tres años acompañándola en cada paso.
Lo que Marel no sabía era que, mientras ella celebraba el logro más importante de su vida, Rainer Mendoza acababa de recibir una llamada que cambiaría el rumbo de ambos para siempre.
Una llamada que le exigía abandonar el país. Una llamada que le recordaba el peso de las responsabilidades familiares. Una llamada que destruyó todos los planes que había imaginado para aquella noche.
Porque Rainer no pensaba despedirse de Marel.
Pensaba pedirle matrimonio.
Sin embargo, convencido de que el mundo que lo esperaba terminaría arrastrándola con él, tomó la decisión más dolorosa de su vida.
—Tenemos que hablar. Debo decirte algo importante.
Marel sonrió entre lágrimas de felicidad.
—Yo también tengo algo importante que decirte... pero primero tú.
Entonces llegó la frase que partió sus vidas en dos.
—Nuestra relación debe terminar aquí. Me iré del país y ya no podemos estar juntos.
El silencio que siguió fue devastador.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Marel mientras intentaba comprender cómo el hombre que había prometido acompañarla en todos sus sueños estaba destruyendo el suyo.
—¿Estás seguro de tu decisión?
Rainer sintió cómo el corazón se le rompía, pero permaneció firme.
—Sí.
Aquella respuesta acabó con todo.
O al menos eso creyeron.
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Marel Lara Cortés
Diseñadora de modas de 28 años y fundadora de Larcor. Talentosa, perseverante y elegante. Construyó su imperio desde cero junto a su madre después de que el hombre que amaba desapareciera de su vida. Aunque logró el éxito profesional que siempre soñó, jamás consiguió cerrar por completo la herida que Rainer dejó atrás.
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Rainer Aristizábal Mendoza
34 años. Heredero y actual director ejecutivo de Aristizábal Motors. Ex corredor profesional de motocross y automovilismo. Durante años creyó que alejarse de Marel era la única manera de protegerla. Sin embargo, nunca dejó de amarla y aún guarda los recuerdos de la vida que soñaron construir juntos.
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Yelena Cortés
Madre de Marel. Costurera y cofundadora moral de Larcor. Fue quien acompañó a su hija durante los años más difíciles después de la ruptura. Mujer fuerte, trabajadora y protectora, que jamás perdonó del todo la forma en que Rainer desapareció de la vida de Marel.
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Octavio Aristizábal
Padre de Rainer y fundador de Aristizábal Motors. Hombre exigente, calculador y acostumbrado a que todos cumplan con sus responsabilidades sin cuestionarlas. Siempre ha puesto los negocios y el legado familiar por encima de los sentimientos.
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Sabina Mendoza
Madre de Rainer. Su delicado estado de salud fue una de las razones que provocaron la separación. Es una mujer dulce y amorosa.
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Alessia Montenegro
Prometida de Rainer. Sofisticada, inteligente y perteneciente a la élite empresarial. Está convencida de que será la esposa perfecta para él y no piensa perder lo que considera suyo. Aunque Rainer la respeta, nunca ha logrado entregarle el corazón que todavía pertenece a otra mujer.
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Gael Vercetti
Mejor amigo de Rainer desde la adolescencia. Es el único que conoce toda la verdad sobre lo ocurrido sobre Rainer y Marel. Durante años ha sido testigo de cómo Rainer jamás logró olvidar a Marel y de cómo cada decisión importante de su vida sigue estando marcada por aquella despedida.
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Zaira Cortés
Prima de Marel e hija del hermano fallecido de Yelena. Desde niñas ha sido la mejor amiga, cómplice y principal confidente de Marel. Especialista en textiles exclusivos y búsqueda de proveedores internacionales, actualmente trabaja en Larcor como responsable de innovación y selección de telas. Conoce los secretos, los sueños y las heridas de Marel mejor que nadie, por lo que se convierte en una pieza fundamental cuando el pasado vuelve a irrumpir en sus vidas.
Cinco años atrás...
La pequeña casa estaba lleno de emoción aquella mañana.
Después de tantos años de esfuerzo, sacrificios y noches interminables frente a una máquina de coser, por fin había llegado el día que Marel esperado durante toda su carrera.
Su graduación.
Sin embargo, en ese momento, ella permanecía encerrada en el baño con las manos temblorosas.
Su respiración era irregular.
Su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.
Frente a ella, sobre el lavabo, descansaba una prueba de embarazo.
Y el resultado acababa de cambiar su vida para siempre.
Marel llevó una mano hasta sus labios mientras las lágrimas llenaban sus ojos.
Positivo.
Estaba embarazada.
Por unos segundos sintió que el mundo entero desaparecía.
Solo existían ella y aquella noticia.
Ella y el pequeño que crecía dentro de su vientre.
Una sonrisa temblorosa apareció en sus labios.
No era miedo lo que sentía.
Era felicidad.
Una felicidad tan inmensa que apenas podía contenerla.
Pensó inmediatamente en Rainer.
En cómo reaccionaría.
En la expresión que pondría cuando se lo dijera.
Y entonces recordó algo que la hizo reír entre lágrimas.
Aquella noche tenían una cena especial para celebrar su graduación.
Sería perfecta para darle la noticia.
Se llevó una mano al vientre.
—Hola, pequeñito... —susurró emocionada—. Parece que hoy será un día importante para los dos.
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¡Hija, apúrate! ¡Llegaremos tarde! —gritó Yelena desde la sala.
Marel soltó una pequeña carcajada.
Segundos después escuchó la voz de Zaira.
—¡Hoy te gradúas! Tenemos que celebrar. Si sigues encerrada ahí dentro voy a pensar que te arrepentiste de estudiar diseño de modas.
Marel negó divertida.
Tomó la prueba.
La observó una última vez.
Su sonrisa se volvió más amplia.
Después la envolvió cuidadosamente en papel higiénico y la depositó dentro del zafacón.
Todavía no era el momento de decir nada.
Primero quería compartir la noticia con Rainer.
Quería que él fuera el primero en saberlo.
Que él fuera el primero en enterarse de que iban a convertirse en padres.
Respiró profundamente.
Se miró en el espejo.
Sus ojos brillaban.
Su felicidad era imposible de ocultar.
Abrió la puerta y salió.
Yelena la observó de inmediato.
—Por fin.
—Ya estoy lista.
—Menos mal —protestó Zaira—. Creí que tendríamos que graduarnos nosotras mientras te esperábamos.
Las tres rieron.
Aquella era una costumbre entre ellas.
Desde niñas, Zaira y Marel habían compartido prácticamente todo.
Eran primas, pero también hermanas del corazón.
Yelena las observó con cariño.
Ver a aquellas dos jóvenes juntas siempre le recordaba a su hermano.
Al hombre que había confiado en ella para cuidar de Zaira si algún día llegaba a faltar.
Yelena había cumplido aquella promesa.
Y jamás se había arrepentido.
—¿Nos vamos? —preguntó Marel.
—Nos vamos —respondió Yelena.
......................
Minutos después abordaron un taxi.
Durante el trayecto, Zaira no dejó de hablar sobre la celebración que pensaba organizar.
Sobre fotografías.
Sobre telas para vestidos.
Sobre el futuro.
Y Marel escuchaba todo mientras observaba por la ventana.
Pero sus pensamientos estaban en otro lugar.
En Rainer.
En el bebé.
En la vida que acababa de descubrir que crecía dentro de ella.
Sacó discretamente su teléfono.
Sonrió al ver el nombre de Rainer en la pantalla.
Tenía varios mensajes de él deseándole suerte.
Su corazón se aceleró.
Lo amaba.
Lo amaba con todo su ser.
Y estaba segura de que él también la amaba.
Por eso no podía esperar para contarle la noticia.
Porque aquella tarde no solo celebraría su graduación.
También celebraría el inicio de la familia que siempre habían soñado formar juntos.
Cuando llegaron al auditorio, el lugar ya comenzaba a llenarse de estudiantes, familiares y profesores.
La emoción flotaba en el ambiente.
Marel bajó del taxi sujetando con fuerza su toga.
Yelena tomó una fotografía.
Zaira tomó otra.
Y luego otra más.
—Voy a llenar una carpeta completa con tus fotos —anunció.
—Estás obsesionada.
—Claro que sí. Mi prima se gradúa hoy.
Marel sonrió.
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Por otro lado, Rainer observaba el pequeño anillo de compromiso que descansaba dentro de una elegante caja de terciopelo negro.
Lo había abierto y cerrado al menos diez veces aquella mañana.
No porque dudara de sus sentimientos.
Jamás había estado tan seguro de algo en toda su vida.
Amaba a Marel.
La amaba desde hacía años.
La amaba cuando reía.
Cuando se enfadaba.
Cuando se emocionaba hablando de telas, diseños y colecciones imposibles.
La amaba incluso cuando se olvidaba de comer por terminar un proyecto.
Aquella noche pensaba pedirle matrimonio.
Lo tenía todo planeado.
La cena.
Las flores.
El discurso.
Y la pregunta que llevaba semanas ensayando frente al espejo.
Sin embargo, había algo que seguía atormentándolo.
Marel no conocía toda la verdad.
Nunca la había conocido.
Ella creía que él era simplemente un empleado administrativo de Aristizábal Motors.
Un trabajador más.
Un hombre que debía cumplir horarios para poder pagar las cuentas a fin de mes.
Y Rainer nunca la corrigió.
Al principio porque disfrutaba la normalidad que encontraba a su lado.
Después porque temió que todo cambiara cuando supiera quién era realmente.
Porque Rainer no era un simple empleado.
Era el heredero de Aristizábal Motors.
La empresa automotriz más importante de América.
Además de ser un reconocido corredor profesional de motocross y automovilismo, cuando iba a la universidad.
Un mundo completamente distinto al de Marel.
Y eso era precisamente lo que lo aterraba.
Nunca quiso que creyera que el dinero sería un obstáculo.
Por eso había ocultado su apellido.
Por eso había evitado tantas conversaciones.
Pero ya no podía seguir posponiéndolo.
Si iba a pedirle matrimonio, debía empezar por decirle la verdad.
Toda la verdad.
Tomó una fotografía que guardaba en su cartera.
Era una imagen de ambos tomada meses atrás.
Marel sonreía mientras sostenía uno de sus primeros diseños terminados.
Y él la observaba como si fuera el centro de su universo.
Porque lo era.
—Esta noche lo sabrás todo —murmuró.
Su sonrisa fue inmediata.
Estaba nervioso.
Terriblemente nervioso.
Pero también feliz.
Porque en pocas horas Marel sería su prometida.
Y comenzarían juntos la vida que siempre habían soñado.
Lo que Rainer aún no sabía era que el destino tenía otros planes para ambos.
El auditorio estaba completamente lleno.
Familiares, profesores y estudiantes ocupaban cada asiento disponible mientras la ceremonia de graduación avanzaba entre aplausos, fotografías y emociones contenidas.
Marel permanecía sentada junto a sus compañeros de promoción intentando aparentar tranquilidad.
Era imposible.
Aquella mañana todo parecía perfecto.
Su graduación.
Rainer en primera fila.
Su madre sonriendo orgullosa.
Zaira tomando fotografías sin descanso.
Y el secreto más hermoso que guardaba en su corazón.
Instintivamente llevó una mano a su abdomen.
Todavía era demasiado pronto para notar algún cambio.
Pero ella ya sentía que su vida era diferente.
Cuando escuchó su nombre por los altavoces, el auditorio entero estalló en aplausos.
—Reconocimiento a la excelencia académica y mejor promedio de la generación de Diseño de Modas: Marel Lara Cortés.
Marel se llevó una mano al pecho.
La emoción apareció de inmediato.
Se puso de pie mientras sus compañeros la felicitaban.
Yelena se levantó de su asiento llorando sin ningún tipo de vergüenza.
—¡Esa es mi hija! —gritó emocionada.
Zaira comenzó a aplaudir con tanta fuerza que varios asistentes terminaron riendo.
Marel caminó hasta el escenario.
Recibió su diploma.
Su reconocimiento especial.
Y la medalla que la acreditaba como la mejor estudiante de toda su promoción.
Los flashes iluminaron el lugar.
Ella buscó inmediatamente a Rainer entre el público.
Y lo encontró.
Sonriéndole.
Mirándola con el mismo orgullo que reflejaban los ojos de su madre.
Aquello la hizo sentir invencible.
......................
Minutos después, el director de la facultad volvió a acercarse al micrófono.
—Como es tradición, la estudiante con el mejor promedio de la generación dirigirá unas palabras en representación de todos sus compañeros.
Los aplausos regresaron.
Marel respiró profundamente.
Tomó el micrófono.
Y observó el auditorio.
Durante unos segundos no pudo hablar.
Las emociones eran demasiadas.
—Hace años llegué a esta universidad con muchos sueños y muy pocos recursos.
Su voz tembló ligeramente.
—Hubo momentos en los que pensé que no lo lograría. Momentos en los que el cansancio parecía más fuerte que mis metas.
El auditorio guardó silencio.
—Pero tuve la suerte de no caminar sola.
Sus ojos se dirigieron directamente hacia Yelena.
—Mi madre me enseñó que el talento no sirve de nada sin disciplina. Me enseñó a coser antes de que pudiera entender lo que significaba diseñar. Me enseñó a trabajar incluso cuando las cosas parecían imposibles.
Yelena rompió a llorar.
Sin intentar ocultarlo.
—Todo lo que soy comenzó contigo, mamá. Gracias por no rendirte nunca.
Los aplausos resonaron por todo el auditorio.
Marel sonrió antes de mirar a Zaira.
—También quiero agradecer a mi prima Zaira. Hemos crecido juntas prácticamente toda la vida. Ha celebrado cada logro, ha secado mis lágrimas y ha soportado mis momentos más difíciles. Gracias por ser mi hermana aunque la vida te llamara prima.
Zaira se secó los ojos mientras sonreía.
—Te quiero —murmuró desde su asiento.
Las risas se extendieron por algunas filas cercanas.
Finalmente, Marel buscó con la mirada a Rainer.
Su corazón dio un vuelco.
—Y gracias a la persona que ha estado a mi lado durante estos últimos tres años.
Rainer sonrió.
—Gracias por creer en mí incluso cuando yo dudaba. Gracias por escuchar cada idea loca, cada boceto y cada sueño imposible. Gracias por apoyarme en cada paso de este camino.
Los ojos de ambos se encontraron.
Y por un instante pareció que no existía nadie más.
—Este logro también es tuyo.
Los aplausos regresaron una vez más.
Rainer sintió cómo el corazón se llenaba de emoción.
Aquella era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.
La mujer a la que pediría matrimonio esa misma noche.
Justo entonces, su teléfono comenzó a vibrar.
Frunció el ceño.
Pocas personas tenían aquel número.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió de inmediato.
Era una llamada internacional.
Una llamada que solo podía provenir de una persona.
Su padre.
El presentimiento fue instantáneo.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Rainer se levantó discretamente de su asiento.
Mientras Marel continuaba su discurso sin notar su ausencia.
Él salió del auditorio y caminó hacia un pasillo vacío.
Respondió la llamada.
—¿Padre?
La voz de Octavio sonó grave al otro lado de la línea.
—Necesito que me escuches con atención.
Rainer se tensó de inmediato.
Conocía a su padre.
Jamás llamaba para conversaciones innecesarias.
—¿Qué ocurre?
La respuesta llegó sin rodeos.
—Tu madre ha empeorado.
El corazón de Rainer se detuvo.
—¿Qué pasó?
—Los últimos estudios no fueron favorables. Los médicos recomiendan iniciar un tratamiento especializado de inmediato.
Rainer apoyó una mano contra la pared del pasillo.
—¿Está bien?
—Ahora mismo sí. Pero no podemos seguir esperando.
—¿Qué dicen los médicos?
—Que debemos trasladarla a Europa.
El nudo en su garganta apareció de inmediato.
—¿Cuándo?
—Esta misma semana.
Rainer cerró los ojos.
Durante meses habían intentado controlar la enfermedad de Sabina.
Durante meses habían esperado mejores noticias.
Pero aquellas palabras sonaban a derrota.
—También necesito que regreses de forma definitiva.
Rainer frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que ya no puedes seguir posponiéndolo.
El silencio se instaló entre ambos.
—Papá...
—La sede principal te necesita.
—Tenemos directivos para eso.
—Y ninguno de ellos lleva mi apellido.
Aquella frase cayó como una losa.
—No puedes decidir esto de un momento a otro.
—Hace años que esta decisión está tomada.
Rainer pasó una mano por su rostro.
—No estoy preparado.
—Sí lo estás.
—Hace tiempo que dejé de involucrarme en la gestión diaria.
—Y aun así conoces la empresa mejor que nadie.
Octavio hizo una pausa.
—La junta directiva se reunirá en cuarenta y ocho horas.
—¿Para qué?
—Para anunciar oficialmente tu incorporación al consejo ejecutivo.
Rainer sintió cómo el estómago se contraía.
—No me preguntaste si quería hacerlo.
—Porque no se trata de lo que quieres.
La respuesta fue fría.
—Se trata de lo que debes hacer.
Rainer bajó la mirada.
En el bolsillo interior de su saco descansaba la pequeña caja de terciopelo negro que había llevado consigo durante todo el día.
El futuro que había imaginado.
Todo comenzó a tambalearse.
—Tenía planes aquí.
—Los planes cambian.
—No es tan simple.
—Nunca lo ha sido.
Octavio suspiró.
Por primera vez su voz sonó cansada.
—Tu madre te necesita cerca, antes de irnos.
La empresa es tu responsabilidad.
Rainer sintió un dolor agudo en el pecho.
Porque entendía perfectamente lo que aquello significaba.
Su padre permanecería al lado de Sabina.
Y él tendría que asumir la responsabilidad que llevaba años evitando...
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