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LA HEREDERA FUGITIVA

CAPITULO 1.  

Bienvenidas a La Heredera Fugitiva ❤️

Esta es una historia de secretos, traiciones y pasiones peligrosas.

Aquí encontrarán una protagonista fuerte que regresó para recuperar lo que le pertenece, un hombre capaz de poner su mundo de cabeza y un amor tan intenso como imposible de ignorar.

Prepárense para odiar, sufrir, enamorarse y sospechar de todos. Porque en esta historia, nada es lo que parece… y cada capítulo guarda una nueva herida.

Gracias por darle una oportunidad a esta novela.

Espero que Manuela y Damián conquisten su corazón tanto como conquistaron el mío.

Con cariño,

CINVAN.

ESPERO LEER MUCHOS COMENTARIOS....

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El diploma todavía olía a tinta fresca cuando Manuela lo guardó en su bolso. Cuatro años de su vida reducidos a un pedazo de papel que su padre ni siquiera se había dignado a ver recibir.

Suma cum laude. La mejor de su generación en Administración de Empresas Agropecuarias.

Y él no había venido.

Manuela parpadeó rápido mientras conducía hacia el rancho. No iba a llorar. Ya no lloraba por Héctor Hernández.

—Cuando vea esto, va a entender —se dijo, aunque cada vez le costaba más creerse sus propias mentiras.

El atardecer pintaba el cielo de naranja y púrpura. Los campos de la Hacienda San Rafael se extendían verdes y prósperos bajo la luz dorada.

Su hogar. Su futuro.

O eso creía.

Encontró a su padre en el estudio, bebiendo whisky como todas las noches. Héctor Hernández levantó la vista cuando ella entró, diploma en mano y una sonrisa demasiado grande.

Una sonrisa que pronto moriría.

—Papá, mira. Me gradué con honores. La mejor de mi clase.

Él tomó el diploma. Lo miró exactamente dos segundos. Y lo dejó caer sobre el escritorio como si fuera basura.

—Felicidades.

Una palabra. Una maldita palabra.

—Pensé que podríamos celebrar. —La sonrisa de Manuela se resquebrajó—. Y hablar sobre mi puesto en el rancho.

—Ya hablamos de eso, Manuela.

Su padre se sirvió más whisky. El sonido que ella había aprendido a odiar.

—No, tú hablaste. —La frustración le quemaba—. Nunca me escuchaste. Estudié esto por el rancho. Por ti.

—Manuela.

El tono que usaba cuando su decisión era final.

La miró con lástima.

—Eres mujer.

Dos palabras. Como si eso lo explicara todo.

—¿Y qué? Las mujeres pueden administrar empresas, papá. Pueden...

—Este rancho necesita mano firme. Autoridad. Los hombres no respetan órdenes de una mujer.

—Eso es ridículo. Yo puedo...

—Tú no puedes nada.

El silencio fue tan denso que se podía cortar con cuchillo.

—Ernesto será el nuevo administrador. Lo anunciaré mañana.

El mundo se detuvo.

—¿Ernesto? ¿Tu ahijado?

—Es como un hijo para mí. El hijo que merecía tener.

Cada palabra era un cuchillo.

El hijo que merecía tener.

Como si ella no fuera suficiente. Como si haber nacido mujer fuera un castigo.

—Yo soy tu hija. —Las palabras salieron rotas—. Tu única hija.

—Y te amo, mijita. —La ternura condescendiente en su rostro era peor que cualquier insulto—. Pero este rancho no es lugar para ti. Cásate con Diego. Ten hijos. Esa es tu naturaleza. Deja los negocios para los hombres.

Algo dentro de Manuela se cristalizó. Se volvió duro. Filoso.

—No puedo creer que estés diciendo esto. Después de todo lo que estudié...

—Nadie te pidió que estudiaras eso. Fue tu decisión.

—¡Lo hice por ti! ¡Por este maldito rancho!

—Cuida tu lengua.

—¿O qué? ¿Me vas a desheredar? ¿Vas a decirle a todos que tu hija no vale nada porque nació con vagina en lugar de pene?

La bofetada la tomó por sorpresa.

El ardor en su mejilla fue instantáneo. Pero no era nada comparado con el dolor en su pecho.

Su padre nunca la había golpeado. Nunca.

Héctor la miraba con furia y arrepentimiento, pero no se disculpó.

—Vete de aquí. Vete antes de que diga algo peor.

Manuela tomó su diploma. El papel se arrugó en su puño.

—Tienes razón. Me voy. —Las lágrimas finalmente cayeron—. Pero no solo de este estudio. Me voy de esta casa. De este rancho. De tu vida.

—Manuela, espera...

—Para ti, tu hija acaba de morir.

Salió sin mirar atrás.

Pasó junto a Ernesto en el pasillo.

—Vete a la mierda, Ernesto. Espero que disfrutes mi rancho. Porque tarde o temprano, te lo voy a quitar.

Subió a su camioneta temblando. Arrancó sin rumbo.

Las lágrimas le nublaban la vista. El dolor era tan físico que tuvo que detenerse en el arcén.

Cálmate. Respira.

Necesitaba a Diego. Necesitaba brazos que la sostuvieran. Necesitaba escuchar que valía algo.

Tomó su teléfono. Diez llamadas perdidas de Diego.

Ven al rancho, escribió. Te necesito.

Estoy en casa. Ven tú. Te espero, mi amor.

Condujo hacia el rancho de los Vargas con el corazón roto pero con esperanza. Diego la amaría. Diego le recordaría que valía algo.

Las luces de la casa brillaban cálidas. El auto de Diego estaba afuera. Música suave salía de una ventana del segundo piso.

Entró sin tocar. Conocía esa casa como la suya.

La música venía del cuarto de Diego. Subió las escaleras.

La puerta estaba entreabierta.

Y entonces escuchó los gemidos.

Su cerebro se negó a procesarlo.

Empujó la puerta.

La cama donde tantas veces había hecho el amor con Diego.

Diego estaba ahí. Desnudo.

Con el rostro enterrado entre las piernas de Valentina.

Su mejor amiga desde los cinco años.

Las sábanas revueltas. La ropa tirada. La ropa interior de Valentina colgando de la lámpara.

El mundo se hizo pedazos.

Diego se movía con urgencia animal. Valentina gemía, las uñas clavadas en su espalda.

—Sí, así... Dios, Diego, así...

Manuela no gritó. No lloró.

Solo se quedó paralizada.

Diego levantó la cabeza. Sus labios brillaban.

—¿Te gusta así, preciosa?

—Me encanta. Nadie lo hace como tú.

—¿Mejor que Manuela?

Valentina rio. Esa risa que había escuchado mil veces.

—Manuela es una niña. Yo soy una mujer. Hay diferencia.

Diego rio también.

—Tienes razón. Hay mucha diferencia.

Algo se rompió dentro de Manuela. Algo esencial.

Retrocedió en silencio. Bajó las escaleras. Salió.

Subió a su camioneta. Arrancó.

No lloró. Todavía no.

Condujo de regreso al rancho en piloto automático. Subió a su habitación.

Y entonces se desmoronó.

Cayó de rodillas. Las lágrimas llegaron violentas.

Su padre la odiaba. Su novio la engañaba. Su mejor amiga la traicionaba.

¿Qué le quedaba?

Nada.

Excepto ella misma.

Y eso tendría que ser suficiente.

Manuela se levantó. Se lavó la cara. Se miró en el espejo.

Detrás del dolor, algo nuevo brillaba.

Determinación. Furia. Propósito.

Sacó una maleta y comenzó a empacar. Ropa. Documentos. El libro de cuentas que su madre le había dado antes de morir.

—Para cuando me necesites, mi niña. Esta cuenta es tuya. Solo tuya. Ni tu padre lo sabe.

Una cuenta en la capital. No era una fortuna. Pero era suficiente para empezar.

Bajó con la maleta y salió antes del rancho antes de quebrarse.

Mientras las luces del rancho desaparecían en el espejo retrovisor, Manuela hizo un juramento.

Nunca volvería a ser débil. Nunca volvería a necesitar a nadie. Nunca volvería a confiar su corazón a ningún hombre. Esa Manuela había muerto esta noche. La que nacía era alguien más fuerte. Más dura. Alguien peligroso.

CINCO AÑOS DESPUÉS...

—Jefa, llegó un correo de Colombia. De Doña Carmen.

Manuela Hernández, CEO de Inversiones MH, no levantó la vista de su laptop.

—¿Qué dice?

—Su padre ha muerto.

El bolígrafo se detuvo a medio camino.

Manuela miró por el ventanal del piso cuarenta y dos. La ciudad se extendía a sus pies.

Héctor Hernández estaba muerto. Esperó sentir algo. Dolor. Alivio. Pero no sintió nada.

—No iré al funeral. Prepara flores y una donación.

—Hay algo más. Una carta de su padre.

Manuela cerró los ojos.

Los muertos siempre tenían algo que decir.

—Déjala en mi escritorio.

No pensaba leer, pero la curiosidad gano. Tomo el papel en sus manos y se reprochó por el temblor, no era una mujer débil, había dejado el pasado atrás, pero esta carta la llevo al pasado que tanto le costó olvidar.

"Manuela, mi niña: Me están envenenando. No sé quién, pero sospecho. Te ruego que descubras la verdad. Que me vengues. El rancho es tuyo. Siempre lo fue. Perdóname por ser tan bruto. Te amo, hija. Tu padre."

La carta le tembló en las manos.

Cinco años sin hablarle, cinco años sin siquiera recordar que tenía una hija y ahora pretendía que lo vengara, que descaro, bufo controlando las lágrimas que le picaban en los ojos. "Me están envenenando. Véngame. Te amo."

Manuela se limpió los ojos con rabia. Bien se dijo, creo que llego el momento de saldar algunas cuentas con el pasado y recuperar lo que es mío, y no lo hago por ti padre. Dijo mirando a la nada, imaginando tener a su padre al frente.

Te demostrare quien era la persona adecuada para cuidar tu legado, aunque ya no puedas verlo.

—Ana. Prepara el jet privado. Salimos al amanecer.

—¿A dónde, jefa?

Manuela guardó la carta. Observó la ciudad una última vez. Había construido un imperio. Había demostrado que valía. Pero no había terminado. Porque ahora tenía una misión.

Venganza.

—Vuelvo a casa, Ana. Vuelvo a casa.

CAPÍTULO 2. 

Manuela apretó el volante mientras pasaba junto a las cercas caídas, los postes podridos, el ganado flaco que pastaba en campos abandonados a su suerte. Cinco años. En cinco malditos años habían destruido lo que tres generaciones construyeron con sangre y sudor. La rabia le quemó la garganta como whisky barato.

Varios autos estaban estacionados frente a la casa principal. El funeral. Gente que vendría a fingir pena por un hombre al que probablemente despreciaban tanto como ella. Pasó de largo sin reducir la velocidad. No estaba lista para las condolencias vacías, para los abrazos hipócritas, para fingir un dolor que no sentía. Lo que necesitaba era aire, espacio, el único lugar donde siempre pudo pensar con claridad.

Condujo directo a los establos. Canela relinchó cuando la vio entrar, moviendo la cabeza como si la regañara por la larga ausencia.

—Hola, chica. Sí, volví. No me mires así.

Montó a pelo, sin molestarse con la silla, como cuando tenía quince años y creía que nada ni nadie podía lastimarla. Qué ingenua había sido entonces.

El caballo eligió el camino como si también guardara sus secretos, llevándola directamente al manantial. El agua de la cascada brillaba bajo el sol del mediodía, cristalina y eterna, y por primera vez en dos días Manuela sintió que podía respirar sin que el pecho le doliera. Y entonces el agua se movió. Un hombre emergió de las profundidades como si fuera parte del río mismo, y Manuela olvidó completamente cómo funcionaban sus pulmones.

Estaba desnudo. Gloriosamente, pecaminosamente desnudo. El agua le corría por el cuerpo en ríos plateados, resbalando por hombros anchos, tenía el pecho marcado, un abdomen definido que desaparecía en el agua donde todavía estaba sumergido hasta la cintura.

Virgen santa y todos los ángeles del cielo.

Manuela sabía que debía girarse, subirse al caballo y largarse de ahí como si el mismísimo diablo la persiguiera. Pero sus pies parecían haberse fusionado con la tierra y su cerebro había dejado de enviar señales coherentes a su cuerpo.

Él la vio entonces, y esos ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad que le robó hasta el último átomo de oxígeno. No hizo ningún intento por cubrirse, ni siquiera pareció sorprendido de tener público mientras se bañaba desnudo en el río. Solo sonrió. Lento, peligroso, como si supiera exactamente el efecto devastador que tenía.

—Vaya, vaya. Parece que tenemos una intrusa.

Su voz era profunda y jodidamente varonil.

—Yo... no sabía que había alguien aquí —logró articular Manuela, odiando cómo le temblaba la voz.

—Claramente. —Comenzó a caminar hacia la orilla con pasos lentos y deliberados, sin una pizca de vergüenza—. De lo contrario, supongo que habrías anunciado tu presencia. O quizás no. Quizás disfrutas del espectáculo.

El calor le explotó en las mejillas.

—No seas arrogante.

—¿Arrogante? —Salió completamente del agua y Manuela tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la mirada en su rostro—. Solo estoy constatando hechos. Sigues aquí, sigues mirando, y a menos que esté muy equivocado, estás disfrutando la vista tanto como yo disfruto tenerte como público.

Tenía razón, que lo partiera un rayo. No había apartado la mirada ni una sola vez. Se agachó para tomar una toalla que descansaba sobre una roca cercana, pero no se cubrió inmediatamente. En lugar de eso, la sostuvo entre sus manos como si estuviera considerando si cubrir lo que ella ya había visto en todo su esplendor.

—Este es territorio privado —dijo Manuela, forzando firmeza en su voz.

—Lo sé perfectamente. —Finalmente se enrolló la toalla en la cintura, aunque eso no mejoró mucho la situación—. Mi propiedad limita con esta. De hecho, si no me equivoco, la línea divisoria corre justo por el centro del río. Así que técnicamente, ambos estamos en territorio neutral.

—Entonces deberías quedarte en tu lado.

—Podría decir exactamente lo mismo. —Dio un paso hacia ella y Manuela sintió que el aire se espesaba—. ¿Qué hace una mujer tan hermosa cabalgando sola por tierras desconocidas?

—Estas tierras no me son desconocidas. Son mías.

—¿Tuyas? —La miró con renovado interés, como si acabara de convertirse en algo mucho más fascinante—. ¿Entonces eres de la Hacienda San Rafael?

—No soy "de" la hacienda. Soy la dueña.

Algo brilló en sus ojos. Sorpresa mezclada con cálculo, diversión bailando en las comisuras de sus labios.

—La dueña. Qué interesante giro del destino. —Su sonrisa se ensanchó—. ¿Y cómo se llama la hermosa dueña de mis tierras vecinas?

—Eso no es de tu incumbencia.

—Oh, pero creo que sí lo es. —Se acercó otro paso, invadiendo su espacio personal de una forma que debería haberla molestado pero que en cambio hizo que su pulso se acelerara—. Acabas de reclamar estas tierras como tuyas. Me parece justo que al menos sepa el nombre de mi vecina más importante.

El aire entre ellos prácticamente crepitaba, electricidad pura corriendo como corriente invisible.

—No vivo aquí. Solo estoy de paso.

—Qué lástima. —La decepción en su voz sonaba genuina—. Justo cuando las cosas comenzaban a ponerse verdaderamente interesantes.

—Tengo que irme.

—¿Tan pronto? Apenas estamos empezando a conocernos.

—No nos estamos conociendo. Ni siquiera sé tu nombre y no tengo ningún interés en saberlo.

—Mentirosa. —Su sonrisa era seductora—. Puedo ver el interés en tus ojos, puedo ver la curiosidad, y si soy completamente honesto, puedo ver algo más también. Pero seré un caballero y no lo mencionaré.

Manuela se giró hacia Canela, necesitando poner distancia entre ella y este hombre antes de hacer algo completamente estúpido.

—Volverás —dijo él, y no sonaba como pregunta sino como certeza absoluta.

—Lo dudo mucho.

—Yo no. Porque esto, lo que sea que acaba de suceder entre nosotros, no pasa todos los días. Y tú lo sabes tan bien como yo.

Sus miradas se sostuvieron durante un momento eterno, y Manuela supo con absoluta certeza que él tenía razón. Pero en lugar de admitirlo, montó a Canela y espoleó hacia el rancho sin mirar atrás, aunque podía sentir esos ojos oscuros quemándole la espalda durante todo el camino de regreso.

Para cuando llegó a los establos estaba sudada, alterada, y comportándose como una adolescente con su primer enamoramiento. Entró por la puerta trasera rezando por poder llegar a su habitación sin encontrarse con nadie, pero el universo claramente tenía otros planes para ella.

—Manuela.

Esa voz. Después de cinco años de no escucharla, aún tenía el poder de helarle la sangre en las venas.

Se giró lentamente y ahí estaba Valentina, parada en el pasillo con expresión cautelosa.

—No pensé que vendrías —dijo Valentina con fingida pena.

—Sorprendida.

El silencio que cayó entre ellas era tan denso que podría haberse cortado con cuchillo.

—Lamento mucho lo de tu padre. Sé que ustedes tenían una relación complicada, pero aun así...

—¿Dónde está? —la interrumpió Manuela.

Valentina parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—Mi padre. ¿Dónde está su cuerpo?

—En una urna en la capilla. Lo cremamos tal como él quería.

—Mentira. —La palabra salió filosa como navaja—. Mi padre siempre dijo que quería ser enterrado junto a mi madre. ¿Por qué demonios lo convertiste en cenizas?

—Cambió de opinión antes de morir. Me lo pidió él mismo, yo solo...

—Qué conveniente que cambiara de opinión justo antes de morir envenenado. ¿Tú decidiste cremarlo? Responde sí o no.

El color abandonó completamente el rostro de Valentina.

—¿De qué estás hablando?

—Estoy hablando de la carta que mi padre me envió. La carta donde me dice muy claramente que alguien lo está envenenando.

—Estaba paranoico en sus últimos meses, decía cosas sin sentido...

—¿Tú decidiste cremarlo? —repitió Manuela, acercándose—. Era una pregunta simple.

—Yo era su esposa. Tenía todo el derecho.

Las palabras tardaron exactamente tres segundos en procesarse en el cerebro de Manuela. Cuando finalmente lo hicieron, sintió como si el piso desapareciera bajo sus pies.

—¿Esposa? Repite eso.

Valentina levantó la mano izquierda y el anillo captó la luz con un brillo obsceno.

—Nos casamos hace tres años.

Algo se cristalizó en el pecho de Manuela, algo que había sido suave y vulnerable se volvió duro y afilado como vidrio roto.

—Déjame ver si entiendo correctamente. Te acostaste con mi novio, y después de que yo desaparecí, te casaste con mi padre.

—No fue así, las cosas son mucho más complicadas de lo que...

—¿Cuánto tiempo esperaste? —la interrumpió Manuela con voz helada—. Después de revolcarte con Diego en su cama, ¿cuánto tiempo tardaste en meterte en la cama de mi padre? ¿Semanas? ¿Meses? ¿O fue más rápido que eso?

—¡Basta! No tienes ningún derecho a juzgarme. Tú nos abandonaste a todos, desapareciste sin decir una sola palabra.

—Me fui porque los vi. Porque los escuché riéndose de mí mientras Diego te devoraba como si fueras su última comida.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Valentina.

—Fue un terrible error. Diego y yo terminamos poco después porque había demasiada culpa. Y tu padre estaba tan solo después de que te fuiste, tan completamente destrozado. Empezamos a hablar, a consolarnos mutuamente, y con el tiempo las cosas simplemente...

—Te aseguraste un futuro cómodo.

—¡Yo lo amaba! Lo amé de verdad hasta su último aliento.

—Claro que sí. Tanto que probablemente lo envenenaste para acelerar la herencia.

El rugido de un motor interrumpió la confrontación. Un motor caro, potente, completamente fuera de lugar en este rancho deteriorado. Manuela se acercó a la ventana y sintió que el mundo se detenía en su eje.

Una camioneta negra reluciente se estacionó frente a la casa como si fuera dueña del lugar.

El hombre que bajó era absolutamente imposible de confundir.

Era él. El hombre del río. Pero ahora vestía un traje negro impecable que probablemente costaba más que todo el ganado del rancho junto. El cabello todavía húmedo estaba peinado hacia atrás, y llevaba un ramo de flores blancas en las manos.

—No puede ser —susurró Manuela, sintiendo que el universo se burlaba de ella.

—Es Damián Cortés —dijo Valentina, limpiándose las lágrimas—. Nuestro vecino. Vino a dar sus condolencias.

Damián Cortés. El vecino. "Mi propiedad limita con esta."Oh, por todos los santos del cielo.

Él caminó hacia la casa con esa confianza irritante que tienen los hombres acostumbrados a conseguir todo lo que quieren. Sus miradas se encontraron a través del cristal y él se detuvo en seco.

La sorpresa cruzó su rostro, seguida inmediatamente por reconocimiento y luego por esa sonrisa lenta y devastadora que hacía cosas peligrosas a su cuerpo. La puerta principal se abrió y Manuela escuchó sus pasos en el vestíbulo, seguros y decididos.

—¿Señorita Hernández?

Esa voz. Esa maldita voz que veinte minutos atrás le preguntaba su nombre junto al río mientras estaba completamente desnudo. Manuela cerró los ojos, respiró profundo, y se giró para enfrentarlo.

Ahí estaba, mucho más alto e imponente de lo que recordaba ahora que estaba vestido. El traje negro le quedaba como si hubiera sido diseñado específicamente para él, y sus ojos la recorrieron de arriba abajo con la misma intensidad que junto al río, pero ahora había algo más. Diversión. Triunfo. Como si hubiera ganado un juego que ella ni siquiera sabía que estaban jugando.

—Señorita Hernández. —La forma en que dijo su nombre debería ser ilegal—. Qué placer finalmente conocerla. Formalmente, quiero decir.

Su sonrisa decía claramente que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Señor Cortés.

—Por favor, llámame Damián. Después de todo, somos vecinos. —Le extendió las flores—. Y los vecinos deberían ser cercanos, ¿no crees?

Cuando Manuela tomó el ramo, él se aseguró de que sus dedos se rozaran, un contacto deliberado que envió electricidad directa por su brazo.

—Mis más sinceras condolencias por tu pérdida. Aunque debo admitir que este día acaba de volverse considerablemente más interesante.

—Gracias por las flores, señor Cortés. Pero como puedes ver, estoy bastante ocupada.

—Lo imagino perfectamente. Perder a un padre es devastador. —Hizo una pausa significativa—. Aunque veo que ya encontraste formas de lidiar con el dolor. El río es un lugar excelente para despejar la mente, ¿verdad?

El calor le quemó las mejillas y supo que se había puesto roja como tomate.

—No tengo idea de qué hablas.

—¿No? Qué extraño. Podría jurar que vi a alguien extraordinariamente parecido a ti hace exactamente veintitrés minutos, cabalgando junto al manantial como si huyera de algo. O de alguien.

—Señor Cortés, agradezco mucho tu visita, pero realmente necesito...

—Tenemos que hablar —la interrumpió, y toda la diversión desapareció de su voz, reemplazada por algo mucho más serio—. Sobre el rancho. Sobre las deudas. Sobre ciertos documentos que tu padre firmó antes de morir.

—¿Qué deudas?

—Dos millones de pesos, para ser exactos. —Se metió las manos en los bolsillos del pantalón—. Vendré mañana al mediodía para discutir los términos. Te sugiero que traigas tu mejor cara de póker, Manuela. Vas a necesitarla.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con esa confianza irritante. Pero antes de salir completamente, la miró por encima del hombro una última vez.

—Por cierto, te ves mucho mejor con ropa seca. Aunque debo admitir que mojada también tenías un encanto especial.

Y se fue, dejándola ahí parada con las flores en las manos y el corazón latiendo como tambor de guerra.

Valentina la miraba con una expresión que mezclaba sorpresa y algo que parecía peligrosamente cercano a la diversión.

—Mierda, Manuela. Te gusta el prestamista de tu padre.

Manuela sintió que el calor le subía al rostro con la fuerza de una llamarada.

—¿De qué demonios hablas?

—Tu cara lo dice todo. —Valentina negó con la cabeza, y por un segundo pareció la chica que había sido su mejor amiga—. Después de todos estos años, sigues siendo exactamente la misma. Te pones roja como tomate cuando algo te afecta.

Algo se endureció en el pecho de Manuela. Una determinación férrea que había construido durante cinco años de luchar sola en un mundo que no le daba concesiones a nadie.

—Te equivocas completamente. —Su voz salió fría como el hielo—. La Manuela que tú recuerdas murió hace cinco años. Y te voy a demostrar exactamente quién soy ahora.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta, con la espalda recta y la cabeza en alto. Tenía que prepararse para la misa de su padre, y aún no había visto a su objetivo principal en todo este maldito circo.

Ernesto.

Era momento de poner orden en el rancho. Y de recordarle a todos exactamente quién era la dueña de ese lugar.

CAPÍTULO 3 

La capilla del rancho olía a velas y flores marchitas.

Manuela entró con la espalda recta y los tacones repicando contra el piso de madera como disparos. Había elegido un vestido negro Chanel. Todas las cabezas se giraron cuando la vieron entrar. El murmullo de conversaciones se detuvo en seco.

La urna plateada descansaba sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, rodeada de velas y fotografías de su padre en sus mejores tiempos. Tiempos cuando este rancho significaba algo, cuando el apellido Hernández era sinónimo de respeto y no de ruina. Y junto a la urna, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí, estaba Ernesto Salazar. Más alto de lo que recordaba. Los años lo habían convertido en un hombre de hombros anchos y manos callosas, con ese bronceado que venía de trabajar bajo el sol. Vestía traje negro que le quedaba demasiado ajustado en los hombros, como si lo hubiera comprado hace años cuando era más delgado.

Sus ojos se encontraron a través de la capilla.

Ernesto se puso rígido, como si acabara de ver un fantasma materializado frente a él.

Manuela caminó hacia el frente con pasos medidos, consciente de que cada persona en esa capilla la observaba, la juzgaba, murmuraba sobre la hija que había abandonado a su padre y ahora regresaba solo porque estaba muerto.

Que pensaran lo que quisieran. Ya no le importaba la opinión de esta gente.

—Manuela. —Ernesto dio un paso hacia ella con expresión cautelosa—. No esperaba... no sabíamos si vendrías.

—Sorpresa. —Se detuvo frente a la urna, mirando las cenizas que una vez fueron el hombre que la rechazó—. Aquí estoy.

—Lamento mucho lo de tu padre. Era como un padre para mí también.

Esas palabras. Las mismas malditas palabras que su padre había usado para destrozarla cinco años atrás.

"El hijo que merecía tener."

—Sí, eso me dijeron. —Manuela lo miró directamente a los ojos—. El hijo que siempre quiso. El hijo perfecto que yo nunca pude ser.

Ernesto tuvo la decencia de verse incómodo.

—No fue así, Manuela. Tu padre te quería mucho, solo que...

—¿Solo que qué? ¿Solo que prefería un hombre para manejar su rancho? ¿Solo que pensaba que yo no valía lo suficiente?

El silencio que siguió fue absoluto. Todos en la capilla fingían no escuchar, pero Manuela sabía que cada palabra estaba siendo grabada en sus mentes para convertirse en chisme del pueblo durante semanas.

Perfecto. Que hablaran.

—Quizás deberíamos tener esta conversación en privado —dijo Ernesto con voz baja.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de lo que pueda decir frente a todos?

—Manuela, por favor. Tu padre acaba de morir. Este no es el momento ni el lugar para...

—Tienes razón. —Manuela se giró hacia la urna—. Este es el momento para despedirse. Para fingir que lamentamos su muerte. Para actuar como si fuéramos una familia feliz.

Se arrodilló frente a la urna, juntó las manos como si estuviera rezando, y nadie excepto ella sabía que las palabras que salían de sus labios no eran oraciones.

"Descubre quién. Véngame."

Eso había pedido su padre en esa carta. Venganza. Justicia.

Y por Dios que se la daría.

La misa fue larga y dolorosamente hipócrita. El padre Gómez habló de Héctor Hernández como si hubiera sido un santo, un hombre de familia devoto, un pilar de la comunidad.

Manuela apretó los dientes durante todo el sermón, resistiendo el impulso de levantarse y gritar la verdad. Que su padre había sido un machista que destruyó a su propia hija. Que había preferido darle su imperio a un extraño antes que a su sangre.

Cuando finalmente terminó, la gente comenzó a acercarse para darle el pésame. Abrazos incómodos. Palmadas en el hombro. Palabras vacías que se suponía debían consolarla.

—Don Esteban quiere verte en el estudio —le susurró Doña Carmen cuando logró acercarse—. Para la lectura del testamento. Dice que es urgente.

Manuela asintió y se dirigió hacia la casa principal, escapando del mar de condolencias falsas.

El estudio olía igual que siempre. Whisky y tabaco de pipa. Su padre podría estar muerto, pero su presencia todavía impregnaba cada rincón de ese lugar. Don Esteban ya estaba ahí, con su maletín de cuero gastado y esa expresión de abogado que había visto demasiado en su carrera. Valentina estaba sentada en el sofá, con los ojos rojos e hinchados. Ernesto entró justo detrás de Manuela y cerró la puerta.

—Gracias por venir todos. —Don Esteban se ajustó los lentes—. Procederé con la lectura del último testamento y voluntad de Don Héctor Hernández.

Sacó varios documentos de su maletín y comenzó a leer con voz pausada y profesional.

—Este testamento fue firmado hace tres años ante notario público. En él, Don Héctor dispone lo siguiente: todos sus bienes, incluyendo la Hacienda San Rafael con sus tierras, construcciones, ganado y maquinaria, pasan a ser propiedad única y absoluta de su hija, Manuela Hernández Mendoza.

Algo se aflojó en el pecho de Manuela. Su padre le había dejado el rancho. A pesar de todo, a pesar del rechazo y las palabras crueles, le había dejado su legado. Pero Don Esteban continuó leyendo, y cada palabra fue como un nuevo cuchillo enterrándose en su espalda.

—Sin embargo, nombro como administrador vitalicio e irrevocable de la hacienda a mi ahijado Ernesto Salazar. Mi hija no podrá removerlo de este cargo bajo ninguna circunstancia mientras él desee mantenerlo. Además, mi esposa Valentina de Hernández tendrá derecho perpetuo a residir en la casa principal, y Manuela deberá proveerle manutención digna hasta su muerte o hasta que ella decida partir voluntariamente.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Manuela procesaba las palabras una por una. Vitalicio. Irrevocable. No podrá removerlo. Perpetuo.

Su padre le había dado el rancho con una mano, pero se lo había quitado con la otra. Le había regalado una prisión disfrazada de herencia.

—Hay más. —Don Esteban sacó otra carpeta—. Referente a la situación financiera de la hacienda.

Ernesto se puso pálido.

—Don Esteban, quizás deberíamos discutir eso en privado...

—La señorita Hernández tiene derecho a saber la verdad completa. —El abogado abrió la carpeta—. Según estos documentos, la hacienda tiene deudas por un total de tres millones doscientos mil pesos.

El número golpeó a Manuela como puñetazo en el estómago.

—¿Tres millones? ¿Cómo es posible?

—Préstamos solicitados durante los últimos tres años. —Don Esteban revisó los papeles—. El mayor acreedor es el señor Damián Cortés, con dos millones de pesos. El resto son deudas con proveedores, el banco, impuestos atrasados.

—¿Para qué demonios necesitó mi padre tres millones de pesos?

La mirada de Don Esteban se desvió hacia Ernesto y Valentina antes de volver a Manuela.

—Según los registros, gran parte del dinero fue utilizado en mejoras al rancho que nunca se completaron, equipamiento que nunca llegó, y gastos personales de... —hizo una pausa significativa— ...la familia.

Manuela siguió su mirada. Valentina se retorcía las manos en el regazo, incapaz de sostenerle la vista. Ernesto tenía la mandíbula apretada y las manos convertidas en puños.

—Gastos personales. —Manuela repitió las palabras lentamente, dejando que se asentaran—. ¿Qué tipo de gastos personales?

—Una camioneta nueva para el administrador. Renovaciones a la casa principal. Un viaje a Europa. Joyas. Ropa de diseñador. —Don Esteban leyó la lista como si fuera un inventario del supermercado—. Todo cargado a las cuentas del rancho.

La rabia comenzó a hervir en las venas de Manuela, caliente y venenosa.

—Déjame ver si entiendo correctamente. —Su voz salió peligrosamente calmada—. Durante los últimos tres años, mientras mi padre enfermaba, ustedes dos se dedicaron a sangrar el rancho. A endeudarlo hasta la quiebra para financiar sus lujos.

—No fue así. —Valentina finalmente habló, con voz temblorosa—. Tu padre aprobó cada gasto. Él quería que fuéramos felices, que tuviéramos lo que necesitábamos.

—¿Lo que necesitaban? —Manuela se levantó de golpe—. ¿Necesitaban un viaje a Europa? ¿Joyas? ¿Una camioneta del año mientras el rancho se caía a pedazos?

—Tu padre estaba enfermo. —Ernesto se puso de pie también—. No siempre tomaba las mejores decisiones. Yo traté de aconsejarlo, pero...

—¿Lo aconsejaste? —Manuela rio sin humor—. ¿Lo aconsejaste a gastar millones en ustedes mientras el ganado se moría de hambre?

—¡Basta! —gritó Valentina—. No tienes derecho a juzgarnos. Estuvimos aquí cuidándolo mientras tú estabas en la capital jugando a la empresaria exitosa. Nosotros fuimos su familia cuando tú lo abandonaste.

—Yo lo abandoné porque él me echó. Porque prefirió a este —señaló a Ernesto— antes que a mí.

—Y con razón. —Ernesto dio un paso hacia ella—. Porque cuando las cosas se pusieron difíciles, tú huiste. Yo me quedé. Yo trabajé este rancho día y noche mientras tú vivías tu vida de lujos en la ciudad.

—¿Trabajaste el rancho? —Manuela sacó su teléfono—. Tengo los registros financieros aquí. Y sabes qué dicen, Ernesto. Dicen que la producción de ganado ha bajado un cuarenta por ciento en tres años. Que las tierras están descuidadas. Que los empleados no han recibido aumentos mientras tú te compraste una camioneta de cincuenta mil dólares.

El color abandonó el rostro de Ernesto.

—Esos registros son privados. No tenías derecho a...

—Tengo todo el derecho. Soy la dueña. —Manuela lo miró directo a los ojos—. Y voy a descubrir exactamente qué hicieron. Cada peso que robaron. Cada mentira que le dijeron a mi padre.

—No robamos nada. —Valentina se puso de pie con las manos temblorosas—. Todo fue con el conocimiento y aprobación de Héctor.

—Un hombre enfermo y envenenado. Qué conveniente que aprobara todo justo cuando estaba más vulnerable.

—¿Sigues con esa locura del envenenamiento? —Ernesto negó con la cabeza—. Tu padre murió de un infarto. El doctor lo certificó.

—Un doctor que ustedes llamaron. Un cuerpo que ustedes cremaron antes de que nadie pudiera hacer una autopsia.

Don Esteban se aclaró la garganta incómodo.

—Señorita Manuela, entiendo su frustración, pero sin pruebas no puede hacer acusaciones tan graves.

—Entonces conseguiré pruebas. —Manuela guardó su teléfono—. Y cuando las tenga, van a desear no haber nacido.

Se dirigió hacia la puerta, necesitando salir de ahí antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.

—Manuela, espera. —Don Esteban la detuvo—. Hay un asunto más. El préstamo con el señor Cortés vence en treinta días. Si no se paga la cantidad completa, él puede ejecutar la garantía hipotecaria.

—¿Qué garantía?

—Las tierras del río. Las quinientas hectáreas que incluyen el manantial.

El corazón de Manuela se detuvo.

El manantial. La única fuente de agua permanente. Sin eso, el rancho no valía nada.

—Mi padre hipotecó el manantial.

—Sí. Hace seis meses, cuando necesitaba efectivo urgente.

—¿Para qué necesitaba efectivo urgente?

Don Esteban miró a Valentina.

—Para pagar los gastos médicos de la señora. Un tratamiento experimental en Estados Unidos que resultó ser... innecesario.

Manuela cerró los ojos. Por supuesto. Un último robo disfrazado de emergencia médica.

—Treinta días —repitió.

—Sí. El señor Cortés ha sido muy paciente, considerando las circunstancias.

—Paciente. —Manuela casi rio—. ¿O simplemente está esperando el momento perfecto para quedarse con lo que quiere?

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

Doña Carmen asomó la cabeza con expresión nerviosa.

—Perdón por interrumpir, niña. Pero el señor Cortés está aquí. Dice que necesita hablar urgentemente con la señorita Manuela sobre los términos del préstamo.

Por supuesto que estaba aquí. Como si lo hubieran invocado con solo mencionar su nombre.

Manuela se alisó el vestido y levantó la barbilla.

—Que pase.

La puerta se abrió completamente y Damián Cortés entró al estudio como si fuera dueño del lugar. Traje gris impecable. Corbata negra por respeto al funeral. Y esos ojos oscuros que la encontraron inmediatamente, quemándola con una intensidad que no tenía lugar en una reunión de negocios.

—Señorita Hernández. —Su voz le erizo la piel—. Lamento interrumpir, pero tenemos asuntos urgentes que discutir.

—Señor Cortés. —Manuela mantuvo su voz fría y profesional—. Qué oportuno de su parte aparecer justo cuando estábamos hablando de usted.

La sonrisa de Damián fue lenta y peligrosa.

—Tengo un talento especial para aparecer en el momento exacto. —Sus ojos se deslizaron brevemente hacia Valentina y Ernesto antes de volver a ella—. ¿Podemos hablar en privado?

—Todo lo que tenga que decir puede decirlo frente a ellos.

—Lo dudo. —Damián se metió las manos en los bolsillos—. A menos que quiera que todos sepan exactamente cuán desesperada es su situación financiera.

Ernesto se puso de pie.

—No tienes derecho a hablarle así.

—Tengo todo el derecho. —Damián no le prestó atención, su mirada fija en Manuela—. Tengo dos millones de razones para hablarle como me dé la gana. Y en treinta días, tendré quinientas hectáreas más de razones.

El silencio que siguió fue tenso como cuerda de violín a punto de romperse.

Manuela evaluó sus opciones. Podía echarlo. Podía gritarle. Podía hacer una escena.

O podía ser más inteligente que eso.

—Está bien. —Se giró hacia Don Esteban—. ¿Podría darnos un momento, por favor?

El abogado asintió y salió rápidamente, agradecido de escapar de la tensión. Valentina y Ernesto lo siguieron, aunque Ernesto le lanzó una mirada de advertencia antes de cerrar la puerta.

Dejándola sola con Damián Cortés.

El hombre que podía quitarle todo.

El hombre que ayer había visto desnudo junto al río.

El hombre que la miraba ahora como si quisiera devorarla entera, testamento y deudas incluidos.

—Treinta días, Manuela. —Dio un paso hacia ella—. ¿Qué vas a hacer?

Ella levantó la barbilla desafiante.

—Voy a quedármelo todo. Y después voy a descubrir quién mató a mi padre.

La sonrisa de Damián se ensanchó.

—Esto va a ser mucho más interesante de lo que pensé.

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