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Polvo Y Promesas

La caída de los Rossi

La lluvia golpeaba las ventanas del penthouse mientras la música seguía sonando en el enorme salón iluminado.

Champaña.

Vestidos brillantes.

Risas falsas.

Y en el centro de todo estaba:

Valentina Rossi

Hermosa. Elegante. Impecable.

Con un vestido negro ajustado y una copa en la mano, sonreía como si el mundo entero estuviera bajo sus pies.

Porque toda su vida había sido así.

Lujo.

Control.

Poder.

—Valentina, ¿vas a venir a Ibiza este verano o seguirás ignorándonos? —preguntó una de sus amigas entre risas.

—Depende de si encuentro algo mejor que hacer.

—Eres insoportable.

—Y aun así me aman.

Las chicas soltaron carcajadas.

Valentina sonrió apenas, acostumbrada a que todos giraran alrededor suyo. No porque fuera cruel… simplemente había crecido aprendiendo que la debilidad era peligrosa.

Los Rossi no eran una familia cualquiera.

Eran una dinastía.

Hoteles. Inversiones. Viñedos.

Dinero viejo mezclado con ambición despiadada.

Y su padre esperaba perfección.

Siempre.

El celular vibró en su mano.

Papá.

La sonrisa desapareció apenas un poco.

—Debo irme.

—¿Ahora? La fiesta recién empieza.

—Entonces sobrevivan sin mí.

Tomó su bolso de diseñador y salió del salón entre miradas y saludos.

El ascensor privado la llevó directo al último piso del edificio Rossi.

El silencio allí arriba era distinto.

Pesado.

Frío.

La puerta del despacho de su padre ya estaba abierta.

Ricardo Rossi

ni siquiera levantó la mirada de los documentos.

—Llegas tarde.

—Estaba abajo. En la gala. La que tú organizaste.

—Siéntate.

Eso hizo que algo en su pecho se tensara.

Su padre jamás pedía. Ordenaba.

Valentina se sentó lentamente frente al enorme escritorio de madera oscura.

Entonces notó algo raro.

Whisky abierto.

Corbata floja.

Ojeras.

Su padre parecía… cansado.

Y eso no era normal.

—¿Qué pasó?

Ricardo soltó el vaso lentamente.

—Estamos perdiendo la empresa.

El mundo pareció quedarse en silencio.

Valentina rio apenas, incrédula.

—No tiene gracia.

—No estoy bromeando.

Ella dejó la cartera sobre sus piernas.

—¿Cómo que perdiendo?

—Malas inversiones. Deudas. Un socio nos traicionó. Los bancos quieren cobrar antes de fin de año.

Por primera vez en años, Valentina sintió miedo real.

No miedo social.

No miedo al ridículo.

Miedo de verdad.

—Pero… somos los Rossi.

—Y eso ya no significa nada.

Las palabras golpearon más fuerte que la tormenta afuera.

Valentina tragó saliva.

—Lo arreglarás.

Su padre levantó la mirada finalmente.

Y ella entendió algo horrible.

No podía arreglarlo.

—Hay una solución —dijo él.

Ella frunció el ceño.

—No me gusta cómo suena eso.

Ricardo deslizó un documento sobre el escritorio.

Un apellido destacaba sobre todos los demás.

Blackwood.

—¿Qué es esto?

—Un acuerdo.

—¿De negocios?

Silencio.

Entonces lo entendió.

Y lentamente levantó la vista.

—No.

—Valentina—

—No.

Su padre endureció el rostro.

—Necesitamos esta alianza.

—¿Quieres venderme?

—Quiero salvar esta familia.

—¡Soy tu hija, no un contrato!

Ricardo golpeó el escritorio.

—¡Todo lo que tienes existe gracias a esta familia!

El silencio cayó brutal entre ambos.

Valentina sintió los ojos arder.

No iba a llorar.

Nunca frente a él.

—¿Quién es?

—Un ranchero de Montana.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Un qué?

—Su familia posee tierras, petróleo y ganado. Mucho dinero. Quiere expandir inversiones hacia la ciudad.

—Entonces busca una socia, no una esposa.

—Él puso condiciones.

Valentina se levantó abruptamente.

—Pues dile que se vaya al infierno.

Tomó su bolso y caminó hacia la puerta.

—La boda es en tres semanas.

Ella se detuvo.

El aire dejó de entrar a sus pulmones.

—No puedes obligarme.

—Si rechazas esto… perderemos todo.

Valentina giró lentamente.

Y por primera vez vio algo peor que autoridad en los ojos de su padre.

Desesperación.

—¿Cómo se llama?

Ricardo dudó apenas.

—Ethan Blackwood.

La lluvia siguió cayendo contra las ventanas de la ciudad mientras el mundo perfecto de Valentina Rossi empezaba a derrumbarse.

El hombre del Rancho Blackwood

El amanecer en Montana no necesitaba permiso para ser hermoso.

El sol apenas comenzaba a levantarse detrás de las montañas, tiñendo los campos de tonos dorados mientras el aire frío recorría el enorme rancho Blackwood.

Caballos corriendo.

Ganado moviéndose lentamente.

Tierra húmeda bajo las botas.

Y en medio de todo eso estaba:

Ethan Blackwood

Con las mangas arremangadas, barro en los jeans y una mirada tan dura como el invierno.

Sujetó la cuerda con fuerza mientras uno de los terneros intentaba soltarse.

—Quieto.

El animal finalmente cedió y Ethan terminó el trabajo sin ayuda.

Como siempre.

—Sabes que tienes empleados para esto, ¿verdad?

Ethan levantó apenas la mirada.

Noah Blackwood

se acercaba apoyado en la cerca, con una taza de café en la mano.

—Y tú sabes que hablas demasiado temprano.

Noah soltó una risa.

—Papá quiere verte.

Eso borró cualquier rastro de tranquilidad.

Ethan tomó un trapo y limpió sus manos.

—¿Ahora qué?

—Está de humor de funeral, así que seguramente algo divertido.

Ethan caminó hacia la casa principal del rancho.

Una construcción enorme de madera oscura, antigua y elegante, heredada por generaciones Blackwood.

No era una mansión moderna.

Era historia.

Y también una carga.

Entró directo al despacho donde:

William Blackwood

observaba documentos con expresión agotada.

El hombre alguna vez había sido imponente.

Ahora la enfermedad le estaba robando fuerza día tras día.

—Te tardaste.

—Estaba trabajando.

—Como si fueras uno más de los peones.

—Porque lo soy.

William dejó los papeles sobre el escritorio.

—No eres un peón. Eres el próximo dueño de todo esto.

Ethan apoyó ambas manos en la mesa.

—¿Qué pasó?

Su padre no dio rodeos.

—Los inversionistas quieren garantías.

—Las tendrán.

—No confían en un hombre solo.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué demonios significa eso?

William sostuvo su mirada.

—Necesitas casarte.

Silencio.

Luego Ethan soltó una risa seca.

—No.

—Ethan—

—No voy a meter a una mujer en esto solo para tranquilizar accionistas.

—Esto ya no se trata solo del rancho.

William tosió fuerte antes de continuar.

—Cuando yo muera—

—No hables así.

—Cuando ocurra, los Blackwood necesitarán estabilidad.

La mandíbula de Ethan se tensó.

Odiaba esas conversaciones.

Porque significaban aceptar algo que aún no estaba preparado para perder.

—Encontré una familia adecuada —continuó William—. Los Rossi.

—¿Los de Nueva York?

—Su empresa necesita ayuda. Nosotros necesitamos conexiones políticas y expansión.

Ethan comenzó a entender hacia dónde iba todo.

Y le disgustó inmediatamente.

—No quiero una esposa de ciudad.

—No necesitas quererla. Necesitas casarte con ella.

—¿Y ella qué gana?

—Salvar a su familia.

Ethan soltó una risa amarga.

—Entonces ambos estamos siendo vendidos.

William guardó silencio.

Eso fue respuesta suficiente.

Ethan pasó una mano por su rostro.

—¿Cómo es?

—Hija única. Inteligente. Difícil carácter.

—Perfecto.

—Se parece más a ti de lo que imaginas.

—Eso suena terrible.

Por primera vez en días, William sonrió apenas.

Luego deslizó una fotografía sobre el escritorio.

Ethan la tomó sin demasiado interés.

Pero al verla…

Se quedó quieto.

Valentina Rossi

Vestido elegante.

Mirada orgullosa.

Belleza imposible.

Y unos ojos que claramente sabían desafiar.

No parecía delicada.

Parecía peligrosa.

—Definitivamente me odia ya —murmuró él.

—Probablemente.

Ethan dejó la foto nuevamente sobre la mesa.

—Esto no va a funcionar.

—Tiene que funcionar.

—Es una chica de ciudad. Durará una semana aquí antes de huir gritando.

William lo observó fijamente.

—Entonces no la dejes huir.

Ethan salió del despacho con el pecho pesado.

Atravesó el porche mientras el viento frío golpeaba su rostro.

Un matrimonio arreglado.

Con una desconocida.

Una mujer acostumbrada al lujo, fiestas y edificios altos.

Alguien que seguramente odiaría el barro, los animales y el silencio del campo.

Perfecto desastre.

Pero mientras encendía un cigarrillo, una idea incómoda apareció en su cabeza.

Los ojos de esa mujer no parecían los de alguien fácil de romper.

Y por alguna razón…

Eso le interesó más de lo que debería.

La última noche

La ciudad brillaba bajo la lluvia ligera mientras:

Valentina Rossi

miraba Manhattan desde la ventana de su habitación.

Su habitación.

Por última vez.

El enorme vestidor estaba abierto.

Maletas sobre la cama.

Vestidos caros cuidadosamente doblados.

Y aun así todo parecía irreal.

Dentro de cuarenta y ocho horas dejaría Nueva York para mudarse a un rancho perdido en Montana con un hombre que ni siquiera conocía.

Absurdo.

Completamente absurdo.

—¿Vas a seguir mirando por la ventana como protagonista deprimida de película o vas a arreglarte?

Valentina giró el rostro.

Sofía Moretti

entró sin permiso, cargando bolsas de compras y una botella de champaña.

Detrás de ella venían:

Camila Vega

y

Julieta Bianchi

—Dijimos despedida dramática, no funeral —declaró Julieta.

Camila levantó la botella.

—Esta noche vamos a emborracharnos tanto que olvidarás que pronto vivirás entre vacas.

Valentina dejó escapar una risa cansada.

—Gracias por recordármelo.

Sofía dejó las bolsas sobre la cama.

—No puedes irte triste.

—Puedo intentarlo.

—No. Esta es tu última noche siendo libre.

Eso golpeó más fuerte de lo esperado.

Libre.

Valentina observó su habitación lentamente.

Las fotos.

Las luces de la ciudad.

Los tacones alineados perfectamente.

Toda su vida estaba ahí.

Y estaba a punto de desaparecer.

Camila abrió el vestidor.

—Dios santo, si yo fuera obligada a vivir en el campo me llevaría este closet entero.

—Estoy considerando hacerlo.

—¿Ya sabes cómo es él? —preguntó Julieta mientras revisaba vestidos.

Valentina negó.

—Mi padre apenas me dijo su nombre.

—¿Y no buscaste fotos?

—No quiero verle la cara al hombre que compró mi vida.

El silencio cayó apenas unos segundos.

Porque aunque todas intentaban bromear… la situación seguía siendo horrible.

Sofía se acercó lentamente.

—¿Quieres escapar?

Valentina levantó la vista.

Y por un instante…

Lo consideró.

Tomar dinero.

Irse del país.

Desaparecer.

Pero entonces recordó la expresión de su padre.

La desesperación.

La ruina.

Cerró los ojos un segundo.

—No puedo.

Camila hizo una mueca triste.

—Odio que seas responsable.

—Yo odio que mi vida parezca un contrato empresarial.

Julieta tomó un vestido negro corto y lo lanzó hacia ella.

—Entonces esta noche actúa como si todavía fueras dueña de tu vida.

Valentina atrapó el vestido.

Y lentamente… sonrió.

Dos horas después, el club más exclusivo de Manhattan prácticamente vibraba.

Luces doradas.

Música alta.

Champaña infinita.

Y en medio de la pista estaba Valentina.

Hermosa. Libre. Intocable.

Como si nada pudiera alcanzarla.

Bailó con sus amigas, rio demasiado fuerte y aceptó tragos que normalmente rechazaría.

Porque no quería pensar.

No quería recordar que esa era su despedida.

—¡Por Valentina Rossi! —gritó Camila levantando una copa—. La única mujer capaz de convertir un matrimonio arreglado en un crimen elegante.

Todos rieron.

Valentina también.

Pero algo dolió en su pecho.

La noche avanzó entre risas, selfies y música.

Varios hombres intentaron acercarse a ella.

Como siempre.

Uno quiso invitarle una bebida.

Otro pidió su número.

Otro intentó bailar con ella.

Y por primera vez en años…

A Valentina no le importó ninguno.

Porque todos parecían parte de una vida que ya no le pertenecía.

Más tarde salió hacia el balcón VIP para tomar aire.

El frío golpeó su piel desnuda inmediatamente.

Nueva York brillaba abajo como un universo entero.

Ella apoyó ambas manos en la baranda.

—Voy a extrañarte —susurró para sí.

La puerta se abrió detrás suyo.

Sofía apareció con dos copas.

—Sabía que te esconderías aquí.

Valentina aceptó una.

—Quiero congelar este momento.

—No será para siempre.

—¿Cómo lo sabes?

Sofía la observó unos segundos.

—Porque tú nunca perteneciste completamente a este lugar tampoco.

Eso la hizo fruncir el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Todos aquí viven aparentando. Tú también… solo que mejor vestida.

Valentina soltó una risa suave.

—Qué discurso tan profundo después de tres martinis.

—Escúchame. Tal vez este cambio no destruya tu vida.

Valentina miró la ciudad una última vez.

Las luces reflejadas en sus ojos parecían casi lágrimas.

—O tal vez sí.

Y en el fondo de su pecho…

por primera vez…

tuvo miedo de descubrir quién sería lejos de todo lo que conocía.

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