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El Precio De Tu Desprecio

Despertar

La mansión de los Valente, una joya arquitectónica de mármol y cristal negro en lo más alto de la ciudad, se sentía esa noche más fría que de costumbre. Selene Arismendi terminó de ajustar los cubiertos de plata con cautela casi obsesiva. Había pasado la tarde entera supervisando cada detalle: las calas blancas —sus favoritas, aunque él nunca lo recordara—, el vino reserva que Maximiliano guardaba para ocasiones especiales y una cena que emanaba un aroma exquisito.

Hoy cumplían dos años de casados. Dos años desde que el apellido Arismendi, hundido en una crisis financiera que amenazaba con llevar a su padre a la cárcel, se salvó gracias a la "generosidad" de Maximiliano Valente. Para el mundo, era el romance del siglo; para Maximiliano, era una transacción comercial donde Selene era la mercancía de lujo que había adquirido para su colección.

El sonido del motor de su coche deportivo resonó en la entrada de grava. Selene sintió la conocida opresión en el pecho, una mezcla de esperanza tonta y miedo instintivo. Se miró una última vez en el espejo del recibidor; el vestido de seda color perla acentuaba su figura delicada y sus ojos grandes, que esa noche brillaban con una determinación frágil.

La puerta se abrió y Maximiliano entró. A sus treinta y dos años, desbordaba un poder natural que llenaba cualquier habitación. Su traje hecho a medida no tenía una sola arruga, pero su rostro estaba marcado por una rigidez que Selene aprendió a leer como una advertencia.

—Maximiliano, llegaste... —dijo ella, acercándose con paso suave—. Feliz aniversario.

Él no se detuvo a besarla. Ni siquiera la miró a los ojos. En su lugar, lanzó las llaves sobre la mesa de entrada, un gesto que sonó como un disparo en el silencio de la casa.

—¿Otra vez con esto, Selene? —su voz era grave, impregnada de un cansancio que rayaba en el asco—. ¿No te cansas de montar este escenario de "esposa perfecta"?

—Solo quería que celebráramos, Maximiliano. Son dos años...

—Son dos años de pagar tus facturas, las de tu padre y el mantenimiento de este mausoleo —la cortó él, girándose finalmente para clavarle una mirada gélida—. ¿Cuánto te costó esta "celebración"? ¿Cinco mil dólares? ¿Diez mil? ¿O es que hoy vas a pedirme otro aumento en tu asignación mensual?

Selene retrocedió, sintiendo que el aire se volvía escaso.

—No he gastado nada extra. Y no quiero dinero, Maximiliano. Solo quería tu tiempo.

Una risa seca y carente de humor escapó de los labios de él.

—Mi tiempo es dinero, algo que tú pareces consumir con una voracidad impresionante. No tengo interés en cenar contigo mientras calculas mentalmente cuánto valdrá tu próximo collar.

En ese momento, el teléfono de Maximiliano vibró. Él lo sacó del bolsillo y su expresión cambió instantáneamente; la dureza se transformó en algo parecido a la atención, casi suavidad. Selene alcanzó a ver el nombre en la pantalla: Alessandra.

—Tengo una cena de negocios —mintió él, aunque ambos sabían que Alessandra no tenía nada que ver con sus empresas—. No me esperes. Y por favor, apaga esas velas. El olor a cera me da dolor de cabeza.

Sin una palabra más, Maximiliano dio media vuelta y salió de la casa, dejando tras de sí el rastro de su perfume costoso y el eco de la puerta cerrándose con violencia.

Selene se quedó sola frente a la mesa dispuesta para dos. El silencio de la mansión se volvió ensordecedor. Miró su anillo de bodas, un diamante inmenso que pesaba más que su propia alma. Recordó la mirada de Maximiliano, esa forma en la que la veía como si fuera un parásito, una mujer vacía que solo amaba su chequera.

Con un movimiento lento, Selene se acercó a la mesa. No lloró. Había agotado sus lágrimas meses atrás. En su lugar, tomó la botella de vino de mil dólares y, con una calma aterradora, vertió el contenido sobre el mantel blanco, viendo cómo la mancha roja se extendía como una herida abierta.

—Tienes razón, Maximiliano —susurró a la habitación vacía—. Todo tiene un precio. Y hoy empiezas a pagar el mío.

Caminó hacia su habitación, pero no fue hacia el armario lleno de ropa de diseñador que él le había comprado. Se arrodilló frente a la cama y sacó una pequeña caja de madera vieja. Dentro no había joyas, sino un título de propiedad a su nombre de una vieja librería en el centro de la ciudad, un legado secreto de su tía que Maximiliano ni siquiera se había molestado en investigar.

Maximiliano Valente creía que Selene Arismendi era una muñeca de cristal que se rompería sin su dinero. Selene, mirando el horizonte desde la ventana, supo que esa noche la muñeca se había hecho pedazos, pero lo que quedaba debajo era algo que él no iba a poder controlar.

La desaparición de Selene no sería con gritos, sino con el silencio más absoluto que Maximiliano jamás habría imaginado.

El inicio de un sueño

Tres años antes.

El Palacio de Cristal de la ciudad Capital resplandecía bajo la luz de mil lámparas de araña. El aire estaba saturado de perfumes costosos, risas diplomáticas y el tintineo constante de las copas de cristal. Selene, con apenas diecinueve años, se sentía como una intrusa en aquel mundo de riquezas y despilfarro. Llevaba un vestido sencillo de color champaña que su tía le había ayudado a arreglar, pero su belleza natural —esa mezcla de inocencia y una elegancia que no se compra— hacía que las miradas se desviaran hacia ella mientras caminaba del brazo de su padre, Roberto Arismendi.

—Sonríe, Selene —le susurró Roberto, con el sudor perlado en su frente—. Necesitamos que los inversores vean que los Arismendi seguimos siendo una familia sólida. Mi empresa depende de los contactos que haga esta noche.

Selene asintió, aunque sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. No quería estar allí; prefería estar entre sus libros, lejos de la falsedad de la élite.

De repente, el murmullo de la sala pareció bajar de volumen. Un hombre entró por las puertas principales, y la multitud se abrió paso instintivamente. Era Maximiliano Valente. A sus veintinueve años, ya era el tiburón más temido del mercado financiero. Su porte era atlético, su traje negro parecía una armadura y sus ojos, de un azul oscuro escaneaban la sala con una indiferencia absoluta.

Hasta que la vio a ella.

Maximiliano se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en Selene con una intensidad que la hizo estremecer. No era la mirada de un invitado, era la de un conquistador que acaba de encontrar la joya más rara de la corona. Ignoró a los tres empresarios que intentaban saludarlo y caminó directamente hacia donde estaba el modesto puesto de los Arismendi.

—Roberto Arismendi —la voz de Maximiliano era un barítono profundo que vibró en el pecho de Selene—. No sabía que guardabas un tesoro tan bien escondido.

Roberto palideció, alternando la vista entre el hombre más poderoso de la ciudad y su hija.

—Señor Valente... qué honor. Ella es mi hija, Selene.

Maximiliano tomó la mano de Selene. No se limitó a un saludo formal; sostuvo sus dedos con una firmeza posesiva y se inclinó para depositar un beso que duró un segundo de más.

—Selene... —pronunció su nombre como si estuviera saboreando un vino caro—. Tienes unos ojos que no pertenecen a este lugar lleno de gente vacía. ¿Me concederías un momento para conversar? Tu padre y yo tenemos mucho de qué hablar sobre sus... dificultades financieras, pero ahora mismo, mi prioridad es otra.

Selene sintió un rubor encender sus mejillas. En ese momento, Maximiliano no parecía un hombre cruel. Parecía un caballero fascinado por ella. Sus palabras eran halagos, pero su mirada era un fuego que la envolvía.

—Solo soy una estudiante, señor Valente —respondió ella, intentando recuperar su mano, aunque él no la soltaba—. No creo tener mucho que aportar a su conversación.

—Al contrario —dijo él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos fríos, aunque sus labios fueran cálidos—. Eres lo único en esta sala que vale la pena escuchar.

Caminaron hacia el balcón, lejos del ruido. Durante veinte minutos, Maximiliano la envolvió en una red de preguntas inteligentes, mostrándose encantador, culto y aparentemente interesado en sus sueños de abrir una librería algún día. Selene, deslumbrada por la atención de un hombre tan imponente, bajó la guardia.

—Eres demasiado pura para este mundo, Selene —le dijo él, acariciando un mechón de su cabello—. Necesitas a alguien que te proteja. Alguien que te ponga un muro de diamantes alrededor para que nadie te toque.

Lo que Selene no sabía en esa noche mágica era que ese "muro de diamantes" no sería para protegerla, sino para encarcelarla.

Esa misma noche, después de la gala, Maximiliano llamó a sus abogados. No investigó el plan de negocios de Roberto Arismendi; investigó las deudas. Descubrió que los Atiamendi estaban a punto de quebrar. Y en lugar de ayudarlos como un caballero, decidió esperar a que la soga apretara el cuello de Roberto para aparecer con el contrato matrimonial.

Maximiliano no se enamoró de Selene esa noche. Se obsesionó con su belleza y decidió que tenía que ser suya, costara lo que costara. Ella era el trofeo que faltaba en su vitrina.

Presente.

Selene, sentada en el suelo de su habitación actual, recordó el brillo de los ojos de Maximiliano en aquella gala. Cómo se había sentido especial, elegida. Ahora entendía la verdad: él nunca quiso una esposa, quiso una propiedad. Y la belleza que él tanto admiró aquella noche, ahora era el objeto de su desprecio porque Selene se atrevió a tener voluntad propia.

—Viste una joya, Maximiliano —susurró ella, cerrando su maleta con un golpe seco—. Pero olvidaste que hasta los diamantes pueden cortar si se les presiona demasiado.

Sueños rotos

Hace tres años

​Selene Arismendi caminaba por las nubes. Desde aquella noche en la gala del Palacio de Cristal, su mundo se había teñido de matices que nunca creyó posibles. Maximiliano Valente, el hombre que hacía temblar los cimientos de la bolsa de valores, la buscaba a diario. Le enviaba orquídeas blancas que inundaban su habitación con un aroma dulce y persistente; la llevaba a cenar a lugares donde el resto del mundo parecía desaparecer tras una cortina de lujo y atenciones.

​Ella, en su luminosa inocencia de diecinueve años, pensaba que Maximiliano era el amor de su vida. Creía firmemente que el destino, en un acto de generosidad suprema, la había puesto en el camino de aquel gigante para hacerla la mujer más feliz de la tierra. Qué equivocada estaba. Selene no tenía idea de las verdaderas intenciones del hombre que solo le mostraba la máscara perfecta de un caballero andante, mientras ocultaba al lobo que acechaba en las sombras.

​Mientras ella soñaba con la vida perfecta, con una casa llena de risas y una librería propia financiada por el amor, Maximiliano Valente mostraba su verdadera cara en un lugar muy distinto: un club privado de techos altos y luz mortecina, donde se decidía el destino de los hombres con un apretón de manos.

​Frente a él, sentado con una copa de coñac que temblaba ligeramente en sus dedos, estaba Roberto Arismendi. Roberto no era el padre abnegado que todos pensaban; era un hombre cuya codicia solo era superada por su ineptitud para los negocios. Había dilapidado la fortuna familiar en inversiones absurdas y ahora buscaba un salvavidas, sin importarle a quién tuviera que ahogar en el proceso.

​Maximiliano dejó su vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco que hizo que Roberto diera un respingo.

​—Te hablaré claro, Roberto —la voz de Maximiliano era un susurro letal, desprovisto de la calidez que le fingía a Selene—. Quiero a tu hija para mí. Ella es hermosa, tiene esa pureza que no se encuentra en las mujeres de nuestro círculo, y estoy dispuesto a invertir la suma necesaria en tu empresa para sacarla del fango... siempre y cuando ella se case conmigo. Bajo mis condiciones. Bajo mi apellido.

​Roberto Arismendi ni siquiera parpadeó. No hubo indignación en su rostro, ni el instinto protector de un padre que ve a su hija convertida en moneda de cambio. En sus ojos solo brilló el reflejo del dinero que estaba por recibir.

​—No tengo ninguna objeción con eso, Maximiliano —respondió Roberto, con una sonrisa servil que daba náuseas—. Sé que serás un excelente esposo para mi hija. Selene es joven, es dócil... hará lo que yo le diga. Si tu apoyo a mi empresa viene con esa boda, estoy más que gustoso de entregarte a Selene en matrimonio. Considera el trato cerrado.

​En ese instante, en una oficina llena de humo de habanos, el destino de Selene Arismendi fue sellado en una mísera transacción. Ella no era una novia, era un activo; no era una compañera, era el pago de una deuda que ella ni siquiera había contraído.

​Sin embargo, el destino tiene formas extrañas de jugar con los verdugos.

​Los días pasaron y el compromiso se hizo oficial. Maximiliano, siguiendo su plan de conquista absoluta, empezó a pasar más tiempo con Selene. Al principio, lo hacía por puro instinto de posesión, para asegurarse de que su "inversión" estuviera bien cuidada. Pero algo empezó a cambiar.

​Selene no era como las mujeres que Maximiliano frecuentaba. Ella no hablaba de joyas, ni de viajes a Mónaco, ni de quién tenía el yate más grande. Ella le hablaba de los libros que amaba, de cómo la luz de la tarde se filtraba entre los árboles del parque, de sus ganas de ayudar a otros. Su risa era cristalina, genuina, algo que Maximiliano no había escuchado en años en su mundo de tiburones.

​Sin que él se diera cuenta, sin que estuviera en sus planes ni en sus hojas de cálculo, Selene empezó a entrar en su corazón poco a poco.

​Hubo una tarde, semanas antes de la boda, en la que se quedaron atrapados bajo un toldo durante una tormenta repentina. Selene, lejos de quejarse por su peinado o su ropa mojada, se echó a reír mientras intentaba atrapar las gotas de lluvia con las manos. Maximiliano la observaba en silencio, y por un segundo, la máscara de frialdad se le cayó. Sintió un impulso irracional de proteger esa alegría, de no dejar que nada la marchitara.

​Lo que había empezado como un trato comercial, frío y calculado, se estaba convirtiendo en algo más. Maximiliano sentía una punzada de culpa —un sentimiento que creía extirpado de su ser— cada vez que Selene lo miraba con esos ojos llenos de amor y gratitud.

​—¿Eres feliz, Selene? —le preguntó él esa tarde, apartándole un mechón de pelo mojado de la frente.

​—Soy la mujer más feliz del mundo, Maximiliano —respondió ella, abrazándose a su brazo—. Siento que contigo finalmente estoy a salvo. Siento que me amas de verdad.

​Maximiliano apretó la mandíbula. Quiso decirle la verdad, quiso confesarle que su padre la había vendido por unos cuantos millones de dólares. Pero el miedo a perder la luz de esos ojos fue más fuerte que su honestidad. Se convenció a sí mismo de que, si la mantenía en esa burbuja dorada y amor fingido, ella nunca tendría que sufrir.

​Pero el amor que nace de una mentira es un veneno lento. Maximiliano empezó a luchar contra sus propios sentimientos. El hombre de negocios le decía que ella era solo una propiedad; el hombre que empezaba a amarla le decía que no la merecía. Esa lucha interna fue la que, con el tiempo, lo volvió errático, frío y, finalmente, cruel.

​Maximiliano decidió que, si no podía amarla con la pureza que ella merecía, entonces la trataría como el objeto que había comprado. Fue su forma retorcida de protegerse del dolor: si ella era "interesada", entonces él no tenía por qué sentirse culpable por haberla comprado.

​Así, el hombre que alguna vez sintió que Selene le ablandaba el alma, endureció su corazón hasta convertirlo en piedra, preparándose para los años de desprecio que vendrían, convenciéndose a sí mismo de que Selene Arismendi solo amaba su apellido, cuando en realidad, ella le había entregado lo único que Maximiliano Valente no podía comprar: un amor sincero.

​Presente.

​Selene, en la soledad de su habitación, terminó de cerrar el pequeño bolso. El recuerdo de aquella tarde bajo la lluvia le dolió más que cualquier insulto reciente de Maximiliano. Ahora sabía que el hombre que la abrazó aquel día era una ilusión, un espejismo creado para que ella aceptara las cadenas sin protestar.

​Miró la foto de su padre en la mesa de noche y, con un gesto lleno de amargura, la puso boca abajo. Roberto Arismendi la había vendido, y Maximiliano Valente había pagado el precio.

​—Se acabó el tiempo de los tratos —susurró Selene, apagando la luz—. Hoy, la mercancía se escapa de la vitrina.

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