El sol irradiaba dentro del museo, filtrándose a través de los altos ventanales y bañando el suelo de mármol con destellos dorados.
El aire olía ligeramente a madera antigua y barniz, un aroma que siempre le había resultado reconfortante a Bruno.
Bruno se encontraba fascinado por las reliquias que estaban mostrando en la excursión.
Sus ojos recorrían cada vitrina con devoción casi reverente. No era solo una visita escolar para él, era como caminar dentro de un sueño.
Dentro de ese lugar descansaban fragmentos de la vida del hombre que más admiraba en toda la historia.
Su emperador.
—Y aquí pueden ver una de las pinturas hechas por el emperador Cheng. Según datos recolectados, la pintura fue hecha con el recuerdo de su prometido, el hijo mayor del primer ministro Gu —dijo la guía del museo, continuando con el recorrido.
Bruno contuvo el aliento.
Sus pasos se acercaron casi por inercia, como si algo lo llamara.
La pintura mostraba a un joven de pie dando la espalda junto a un estanque. No estaba sonriendo, pero tampoco parecía triste. Sus ojos reflejaban algo… algo profundo. Algo imposible de describir con palabras.
Bruno sintió que el pecho le dolía.
Era como si la pintura mostrara el lado más humano del emperador.
No el gobernante.
No el guerrero.
Sino el hombre que am**aba**.
—De este lado podemos encontrar el cetro de oro entregado por la madre emperatriz al emperador Cheng como símbolo de su ascenso al trono…
La excursión continuó mostrando cada uno de los detalles que Bruno más anhelaba conocer.
Para él, la vida del emperador había sido dura y difícil.
Su reinado había contribuido a la fabricación de la pólvora, revolucionando la guerra y la defensa del imperio. Las armas habían evolucionado bajo su mando, y sus enemigos temían su nombre.
Pero dentro de su palacio…
Había residido solo.
Sin ningún descendiente que tomara su lugar.
Fue su sobrino quien le sucedió y quien estuvo a nada de acabar con los frutos de su reino.
Bruno apretó ligeramente los puños.
La gente admiraba su talento, su inteligencia y su valentía.
Se había enfrentado a numerosos enemigos, siempre volviendo victorioso.
A veces herido.
A veces al borde de la muerte.
Pero siempre solo.
—Si tuviera la oportunidad de estar a su lado, le hubiera dado todos los hijos que él quisiera —dijo una chica beta que iba en la misma línea de excursión, suspirando con dramatismo.
Algunos rieron.
Pero Bruno no.
Porque él entendía ese sentimiento.
—Aun si hubieses estado ahí, no habrías podido hacerlo. Él amaba profundamente al hijo del primer ministro —dijo un joven que iba con ellos, cruzándose de brazos.
—Qué pena por él… amar a alguien que no te ama debió ser difícil. Verlo feliz con otro… —dijo la beta con tristeza.
—Ni él pudo ser feliz —dijo el omega que platicaba con la beta, con voz más seria—. Fue utilizado por el hermano menor del emperador para poder destronarlo. Pero no logró mucho. Cuando el emperador descubrió la traición de su hermano, le quitó la vida… y en cambio, el hijo del ministro fue encarcelado por la madre emperatriz por traición negándole ver la luz del sol nuevamente.
El ambiente se volvió pesado.
Bruno sintió que algo en su pecho se contraía.
—Así es, señores —dijo la guía, interrumpiendo su plática—. El emperador murió sin saber que su amado lo había traicionado.
La voz de la guía parecía distante.
—Pero continuando con nuestra excursión… he aquí la pintura del amado del emperador.
Todos miraron asombrados la pintura.
Labios carnosos tintados de un color rosa casi natural.
Ojos negros azabaches.
Cabello largo que parecía fluir como el agua.
Era hermoso.
Dolorosamente hermoso.
Pero Bruno no miraba su rostro.
Miraba el collar.
Un collar de jade blanco puro, con rubíes pulidos y un zafiro en el medio.
Su respiración se detuvo.
No.
No podía ser.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Sin pensarlo, Bruno se apartó del grupo.
Sus pasos eran torpes.
Apresurados.
Necesitaba confirmar algo.
Necesitaba verlo.
Entró al baño lo más rápido que pudo, cerró la puerta con manos temblorosas y entonces, con temor, sacó el collar de debajo de su camisa.
El jade blanco brilló bajo la luz artificial.
Los rubíes.
El zafiro.
Era idéntico.
—Es imposible… —dijo en murmullo, con la voz quebrada—.
Sus manos temblaban.
—¿Cómo llegó este collar a las manos de mi familia?
Se suponía que era una herencia.
Algo transmitido de generación en generación.
Algo sin importancia.
Algo sin historia.
Pero ahora…
Ahora todo había cambiado.
Sus dedos recorrieron el jade con cuidado.
Entonces lo vio.
Un grabado.
Pequeño.
Delicado.
Antiguo.
"我會等你到天荒地老,快點回到我身邊吧。"
Su respiración se rompió.
—Te esperaré hasta el fin del tiempo… vuelve pronto a mi…
Una lágrima cayó sobre el jade.
Caliente.
Silenciosa.
Bruno se limpió con rapidez el rostro.
No entendía por qué estaba llorando.
No entendía por qué dolía tanto.
Era como si ese dolor…
No fuera nuevo.
Como si hubiera estado ahí desde siempre.
Estaba a nada de abrir la puerta del baño cuando el suelo tembló.
Un sonido grave resonó en el aire.
Las luces parpadearon.
—¿Qué está pasando…? —susurró Bruno, retrocediendo.
El jade comenzó a brillar.
Una luz blanca.
Pura.
Cálida.
Viva.
—No… no…
Intentó quitarse el collar.
Pero no pudo.
Era como si estuviera fusionado con él.
La luz se intensificó.
El aire se volvió pesado.
Su cuerpo se sintió ligero.
Demasiado ligero.
—Espera…
La luz lo envolvió.
El mundo desapareció.
Y en abrir y cerrar de ojos…
Fue absorbido por el collar, Bruno había desaparecido sin dejar rastro alguno.
—Joven señor es hora de levantarse, hoy hará un buen dia— dijo una joven entrando a la habitación donde estaba.
Hacía unos minutos atrás…
—Joven señorito, es hora de levantarse. Hoy hará un buen día.
La voz suave de una joven sirvienta atravesó la penumbra.
Bruno abrió los ojos sin miedo.
No había luz blanca.
No había museo.
No había mármol.
Solo un techo tallado en madera fina y seda azul ondeando suavemente sobre su cabeza.
Observó todo a su alrededor.
Una cortina de telas azuladas cubría su cama, bordadas con delicados patrones de nubes y grullas.
El aire olía a incienso de loto.
“¡¿DÓNDE DEMONIOS ESTOY?!”, pensó Bruno, desconcertado.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Escuchó el sonido de pasos ligeros alejándose.
—Traeré agua para que el joven señorito lave su rostro —dijo la sirvienta antes de salir.
Bruno se incorporó lentamente.
Sus manos…
No eran exactamente las suyas.
Más finas.
Más pálidas.
Más delicadas.
Se levantó con cautela y caminó hacia un espejo de bronce pulido apoyado sobre una mesa baja.
Cuando levantó la vista...
Su respiración se detuvo.
“¡Imposible… este es el hijo del primer ministro!”
El rostro que lo miraba era el mismo de la pintura.
Los ojos negros profundos.
Los labios suaves.
La piel clara.
Con manos temblorosas tocó su propio rostro.
Era real.
—No somos tan diferentes… —susurró en un murmullo apenas audible.
La puerta comenzó a abrirse.
La sirvienta regresaba.
Pero antes de que pudiera hablar...
El tiempo se detuvo.
El sonido desapareció.
Las aves dejaron de volar.
Los sirvientes en el patio quedaron congelados en pleno movimiento.
Incluso la suave brisa que corría se paralizó en el aire.
El silencio fue absoluto.
Un dolor agudo atravesó la cabeza del omega.
—¡Ah…!
Cayó de rodillas, sujetándose el cráneo.
Imágenes.
Voces.
Recuerdos que no eran suyos… pero lo eran.
—¡Mamá! —gritó el cuerpo que poseía.
Un recuerdo.
Un niño llorando.
—Padre, por favor, no quiero casarme con el príncipe heredero…
Un joven arrodillado frente a un hombre severo.
—Mi vida no merece estar atada a ese monstruo.
Desprecio.
Orgullo.
Rabia.
Un estruendo sacudió la habitación.
Bruno jadeó.
Entonces, poco a poco…
Recordó quién era realmente.
No Bruno.
No solamente.
—El hijo del primer ministro Lang…
Su voz salió temblorosa.
—Es cierto… mi alma viajó hasta otra vida, llenándose de conocimientos que podrían ayudar al nuevo futuro emperador…
Sus manos apretaron las telas de su túnica.
—Mi alma viajó cientos de años en el futuro solo para enterarse de que el hombre que decía amarme me traicionó… y el hombre que desprecié no dejó de amarme hasta su último aliento.
El emperador Cheng.
Recordó su muerte.
Su soledad.
Su dolor.
Lágrimas comenzaron a caer por su rostro sin control.
—Yo… fui tan cruel…
El antiguo Luo Lang había amado a otro.
Había despreciado al príncipe heredero.
Había conspirado.
Había sido manipulado.
Había traicionado.
—No… —susurró, apretando los dientes—. No debo decaer.
Se puso de pie con esfuerzo.
—Si el cielo me ha concedido volver a este tiempo es por algo. Si mal no recuerdo, volví justo después de encerrarme como amenaza a mi padre, para que no me casara con el príncipe heredero, quien aún no asciende como emperador…
Se llevó la mano al mentón.
Pensando.
Analizando.
De pronto...
El espacio a su alrededor cambió.
La habitación desapareció.
Apareció en un lugar inmenso.
Filas interminables de estanterías.
Alimentos.
Medicinas.
Armas antiguas y modernas.
Libros.
Ropas.
Herramientas imposibles para esa época.
—Esto es… ¿una bodega? —dijo, maravillado.
Caminó entre los largos pasillos.
Su corazón latía ahora por emoción.
—Ya entiendo… —murmuró—. Es como… un espacio propio.
Tomó una caja metálica.
Reconoció latas de conserva.
Antibióticos.
Objetos del futuro.
—Con esto… podría evitar guerras… salvar vidas…
Sonrió levemente.
—¿Pero ahora cómo hago para salir?
Pensó en su habitación.
En la cama azul.
En el incienso.
Y en un parpadeo
Reapareció en el cuarto donde estaba anteriormente.
Bruno jadeó.
—Entrar.
Regresó a la bodega.
—Salir.
Volvió a la habitación.
Sus ojos brillaron.
—Lo tengo.
Una herramienta del cielo.
Una oportunidad.
—Ahora lo primero que debo hacer es disculparme con mis padres.
El tiempo volvió a correr con normalidad.
El canto de las aves regresó.
La brisa se movió.
La sirvienta terminó de entrar sin notar nada extraño.
—Señorito, traje agua tibia para lavar su rostro y sus manos.
Bruno respiró profundo.
Ya no era Bruno.
Era Luo Lang.
—Gracias, Xiao —dijo ahora con serenidad.
La sirvienta se quedó petrificada.
Su señorito… no era de dar gracias.
—¿Mis padres ya están desayunando? —preguntó Luo.
—Sí, señorito. Permítame decirle que el señor aún está algo enojado por lo ocurrido hace unos días.
Xiao bajó la mirada.
Se arrodilló instintivamente.
Esperando una bofetada.
Esperando un grito.
—Lo sé —respondió Luo con calma—. Alista mis ropas. Hoy saldré de mi habitación, por favor.
Más impresión no cabía en la joven sirvienta.
Su señorito nunca decía “por favor”.
—S-sí… como ordene.
Se levantó con cautela, acomodo sus ropas en total silencio, temiendo que en cualquier momento desatara la ira que solía caracterizarlo.
Pero Luo solo miraba por la ventana.
Pensativo.
Xiao lo observó por última vez, recordando cuando eran niños.
Tal vez la propia reclusión había hecho madurar la mentalidad de su amo.
O tal vez…
Algo más había cambiado.
Se alejó rumbo al jardín, donde la familia del joven señorito se encontraba desayunando.
El jardín estaba lleno de flores de ciruelo.
La mesa era larga, elegante.
—Xiao, no me digas que Luo te ha mandado otra vez para intentar convencerme de romper su compromiso —dijo el primer ministro con algo de fastidio.
Su hijo se había recluido en protesta tras el anuncio de su compromiso con el príncipe heredero.
—En esta ocasión no, mi señor —respondió Xiao con una leve reverencia—. Mi joven amo me pidió colocar su asiento.
Todos la miraron con sorpresa.
—¿Planea salir de su reclusión? —preguntó la señora Jiao, la segunda esposa del primer ministro.
—Así es. Hoy mi señorito parece… otra persona —dijo Xiao con emoción.
—Entonces apresúrate —dijo Chao, el omega y esposo principal del primer ministro—. Debe estar hambriento.
Sus ojos se suavizaron.
Su hijo por fin saldría a ver a su familia después de días de estar recluido.
—Xiao, ve por nuestro hermano —dijeron los gemelos Lang, Kao y Lao.
Uno era maestro en la academia real.
El otro, un experto en artes marciales dentro del ejército.
Ambos miraban con interés.
—Sí, Xiao, ve rápido —dijo Wei, la hija de la segunda esposa.
Sonreía dulcemente.
Pero por dentro…
La ira carcomía sus entrañas.
Llevaba días intentando convencer a su padre de dejarle a ella estar con el príncipe heredero en lugar de su hermano.
“¡MALDICIÓN! Tenía que salir justo hoy”, pensó Wei con rabia.
Con una falsa sonrisa despidió a la sirvienta, deseando que en el camino algún accidente le ocurriera.
Sin saber…
Que el Luo que estaba por aparecer…
Ya no era el mismo.
El omega ya se encontraba vestido cuando Xiao regresó a buscarlo.
La joven sirvienta se detuvo en seco en la entrada.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
Su joven amo… no era el mismo.
Ya no llevaba los trajes de colores sombríos y apagados que solía usar, aquellos que parecían reflejar su rechazo al mundo.
En su lugar, vestía una túnica de tonos claros, azul profundo con bordados plateados que brillaban suavemente con la luz de la mañana.
El color realzaba su belleza natural.
Su piel parecía más luminosa.
Su porte… más digno.
Más… imperial.
—Tardaste mucho, Xiao —dijo Luo mientras se sentaba frente al espejo, observando su reflejo con calma.
Su voz era suave.
Controlada.
Segura.
Xiao sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Lo lamento, señorito… sus padres lo esperan en el jardín —mencionó Xiao, acercándose con cuidado para arreglar su cabello.
Sus manos temblaban ligeramente.
No sabía por qué.
Pero sentía que estaba frente a alguien completamente diferente.
—Ya veo… fuiste a darles la noticia. Eres mala, Xiao. Quería darles una sorpresa —dijo Luo mientras ella comenzaba a peinar su largo cabello negro.
No había enojo en su voz.
Solo una ligera broma.
Eso la confundió aún más.
—Discúlpeme… no fue mi intención… —la chica sintió sus manos temblar por el miedo que le recorrió el cuerpo.
Esperaba un regaño.
Un grito.
Un castigo.
Pero en su lugar recibió otra respuesta.
—Está bien, no hay problema —dijo Luo intentando calmarla—. Por cierto… madre Jiao está con ellos… y Wei, ¿verdad?
Xiao asintió.
—Sí. Están ahí. Me pidieron apresurarlo para el desayuno familiar.
Colocó la última peineta en su cabello.
El reflejo que vio en el espejo hizo que Xiao contuviera el aliento.
Su señorito parecía… un consorte imperial.
—Vamos entonces —dijo Luo.
Se levantó.
La brisa movió suavemente sus ropas.
Su presencia llenó la habitación.
Elegancia.
Poder.
Y un ser totalmente distinto.
Xiao lo siguió en silencio.
El corazón le latía con fuerza.
No sabía por qué…
Pero sentía que estaba presenciando el nacimiento de alguien nuevo.
Caminaron por los largos pasillos de la residencia Lang.
Los sirvientes que lo vieron se detuvieron.
Algunos inclinaron la cabeza.
Otros simplemente miraron sorprendidos.
El joven amo, que durante días se había negado a salir, ahora caminaba con la frente en alto.
Seguro.
Firme.
Decidido.
Cuando llegó al jardín…
Todos estaban ahí.
Su padre.
Su madre omega.
La segunda esposa.
Sus hermanos.
Y su hermana Wei.
Luo dio unos pasos al frente.
Y sin dudar un solo segundo...
Se tiró de rodillas.
El sonido de sus rodillas contra el suelo resonó en el jardín.
—Padre, me disculpo por haberle faltado al respeto a usted, a mi madre y por perder el honor delante de la familia real —dijo Luo, haciendo una reverencia completa de ciento ochenta grados.
Su frente tocó el suelo.
Su postura era perfecta.
Sincera.
Todos lo miraron con la boca abierta.
"Xiao tenía razón… parece otra persona", pensaron los gemelos.
"Mi niño… al fin ha madurado", pensó su madre omega, Chao, sintiendo que sus ojos se humedecían.
Pero el primer ministro Lang permaneció serio.
Su rostro era una máscara de autoridad.
—No planeo dejar que rompas el compromiso con el príncipe heredero —dijo con voz firme.
Luo levantó ligeramente la cabeza.
—No, padre. He reflexionado sobre eso y he tomado una decisión.
El silencio se volvió absoluto.
Todos escuchaban expectantes.
—Acepto casarme con el príncipe heredero.
El mundo pareció detenerse.
Nadie respiró.
Nadie habló.
Las bocas abiertas de todos eran un indicio de total sorpresa.
—¿Hijo… te sientes bien? —preguntó Chao, levantándose rápidamente para acercarse a él.
Colocó su mano sobre su frente.
Temblaba.
—Estoy bien, mamá —dijo Luo, cerrando los ojos un instante al sentir el calor de su madre después de tanto tiempo.
Había olvidado esa sensación.
Había olvidado ese amor.
—He pensado seriamente en lo que padre me dijo… y creo que tiene razón. Tengo un deber… y si el emperador cree que soy adecuado para convertirme en el consorte del futuro emperador, no me negaré a hacerlo.
Su voz era firme.
Sin dudas.
Sin miedo.
—Pero hermanito… no dijiste que no te unirías a un monstruo… —dijo Wei con falsa inocencia, saboreando cada palabra.
Esperaba verlo dudar.
Romperse.
Pero Luo la miró.
Y sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Segura.
—Me arrepiento de lo que dije. El príncipe heredero ha logrado muchas cosas y ha beneficiado en mucho al imperio.
Hablaba como si describiera a un héroe.
No a un enemigo.
Wei sintió que su estómago se retorcía.
—Pero…
—Hermanita —la interrumpió Luo, mirándola directamente a los ojos—. Lo mejor es hacer cumplir los deseos del emperador.
Su mirada era afilada.
Dominante.
Superior.
Wei sintió miedo.
Real.
"Ni loco dejaré que te lo quedes, bruja", pensó Luo, sonriendo con elegancia.
Se puso de pie con gracia.
Y se sentó junto a sus padres.
Su postura era impecable.
Digna.
—¿Verdad, padre?
El primer ministro Lang aún parecía sorprendido.
Pero algo dentro de él… se sintió orgulloso.
—Eh… sí. Luo tiene razón. La voluntad del emperador es lo que debemos hacer.
Miró a Xiao.
—Xiao, tráele algo de desayunar a Luo.
—Enseguida, mi señor.
Chao no podía dejar de mirar a su hijo.
Su niño había cambiado.
Pero no le asustaba.
Le daba esperanza.
—Por lo pronto, me retiro. Hay asuntos en palacio que se deben atender —dijo el primer ministro, levantándose.
Pero antes de irse…
Miró a Luo una vez más.
Como si intentara entenderlo.
Como si intentara reconocerlo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Sintió que su hijo realmente estaba listo para tomar el papel que le habían dispuesto.
Sin saber…
Que el destino del imperio acababa de cambiar.
Para ti querid@ seguidor.
InuYasha/ Tomoe
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