Esa tarde, la capital no estaba de humor. El cielo encapotado colgaba bajo, dejando que una llovizna fina comenzara a mojar los cristales del lujoso apartamento en el piso veintidós. Dentro de aquella unidad, sin embargo, la calidez brotaba de una sola persona: Valentina Reyes.
Valentina acababa de volver del centro comercial. Aunque su vientre de siete meses la agotaba con facilidad, la sonrisa no se le borraba de los labios.
Había comprado un par de zapatitos de bebé, blancos e inmaculados, con un pequeño lazo azul a cada lado. Eran tan diminutos que ambos le cabían en la palma de una sola mano.
—Nuestro hijo va a verse hermoso con ellos —susurró mientras se acariciaba el vientre abultado.
El sonido de la puerta principal al abrirse le aceleró el corazón. Sebastián había vuelto temprano. Valentina se puso de pie de inmediato, se alisó la bata de maternidad de seda y caminó a recibir a su esposo.
Sebastián Montero entró con un rostro más frío que la lluvia de afuera. La corbata aflojada, el saco colgando descuidadamente del brazo izquierdo. Sin saludo, sin el beso en la frente de siempre.
—¿Ya llegaste? ¿Quieres bañarte primero o te preparo algo de tomar? —preguntó Valentina con suavidad, intentando ignorar el aura gélida que traía su marido.
Sebastián no respondió. Se limitó a arrojar el portafolio sobre el sofá de piel y se dejó caer reclinando la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, pero la mandíbula se le endureció.
Valentina se acercó, llevando la cajita con los zapatitos que acababa de comprar.
—Mira esto, mi amor. Fui a la tienda de cosas para bebé. ¿No son preciosos? Me imagino sus piernitas pateando cuando se los pongamos.
Le extendió los zapatitos justo frente al rostro de Sebastián. Esperaba que sonriera, que le acariciara el vientre o que, al menos, le prestara un poco de atención a su futuro hijo. Pero lo que ocurrió desafió toda lógica.
Sebastián abrió los ojos. En lugar del brillo de la alegría, solo había una mirada de asco. Con brusquedad, apartó la mano de Valentina de un manotazo. Los zapatitos se le escaparon de los dedos y cayeron al suelo, separados, junto a la pata de la mesa.
—Deja de hablarme de ese niño, Valentina. Estoy harto —la voz de Sebastián fue baja, pero afilada como una navaja.
Valentina se quedó petrificada. Inmóvil, mirando los zapatitos tirados en el piso.
—¿Qué te pasa? ¿Tuviste problemas en la oficina? ¿Por qué hablas así?
Sebastián se puso de pie, obligándola a levantar la mirada para verlo a los ojos.
—El problema no es la oficina. El problema está aquí. En esta casa. En este matrimonio.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un sobre color marrón y lo lanzó sobre la mesa.
—Quiero que terminemos.
El corazón de Valentina pareció detenerse.
—¿Terminar? ¿Qué quieres decir?
—Quiero volver con Clarissa —dijo Sebastián sin un ápice de duda. Pronunció aquel nombre con una nostalgia que contrastaba brutalmente con la forma en que miraba a su propia esposa—. Ella volvió. Me necesita. Y para serte honesto, durante estos dos años intenté quererte, Valentina. Pero fracasé. Sigo deseándola a ella.
Valentina sintió que su mundo se derrumbaba. El oxígeno a su alrededor desapareció de golpe.
—¿Y yo qué? ¿Y este bebé? Tú fuiste el que me pidió que dejara de trabajar para cuidar el embarazo, tú fuiste el que dijo que quería formar una familia pequeña y feliz...
—¡Eso fue antes de que Clarissa volviera! —cortó Sebastián con dureza—. No quiero darle más vueltas. No quiero esperar a que nazca ese niño. Cada día que sigo aquí me siento más atrapado.
Sebastián respiró hondo y clavó la mirada en Valentina con un gesto retador. Esperaba la reacción que había visto en las telenovelas o imaginado durante toda la noche.
La escena en la que Valentina lloraría histérica, se arrodillaría a sus pies, suplicaría por el hijo que llevaba en el vientre, o al menos lo insultaría con una furia desbordada.
Sebastián ya tenía preparado el escudo de su ego. Quería sentirse necesitado, quería sentir que él era el centro del universo de Valentina y que si él se iba, ella se desmoronaría.
Pero el silencio lo emboscó.
Valentina no lloró. Ni una sola lágrima rodó por sus mejillas pálidas. Solo se quedó de pie, inmóvil, mirándolo directamente a los ojos. Una mirada vacía, pero profundísima. Como si en ese mismo instante estuviera borrando cada centímetro de recuerdos de Sebastián de su cabeza.
Pasó un minuto. Dos minutos. Valentina seguía congelada en su silencio.
Sebastián empezó a sentirse incómodo.
—¿Por qué no dices nada? ¿Estás furiosa? ¡Insúltame! ¡Dime que soy un desgraciado! ¡Vamos, grita! —le exigió, intentando provocarla.
Valentina siguió callada. Aquel silencio resultaba más aterrador que cualquier grito para Sebastián. Un silencio que demostraba que las palabras de él ya no merecían siquiera una respuesta.
—¿Me oíste? —Sebastián la sujetó por los hombros y la sacudió levemente—. ¡Te estoy dejando! ¡Me divorcio de ti ahora mismo! Vete de mi vida y vuelve con tu familia. Yo me encargo de todo el papeleo con el abogado.
Valentina se soltó de sus manos con un movimiento tan sereno que parecía mecánico. Se agachó y recogió los dos zapatitos del suelo. Les quitó un polvo imaginario con la punta de los dedos.
—¿Eso es todo? —la voz de Valentina salió al fin. Plana. Sin temblor.
Sebastián se quedó boquiabierto.
—¿Qué?
Valentina lo miró de nuevo. Esta vez había un destello en sus ojos. No era amor, sino un asco puro.
—¿Eso es todo lo que tienes? ¿Tu razón es una mujer del pasado?
—¡No es una simple mujer del pasado, es el amor de mi vida! —se defendió Sebastián, aunque en el fondo le extrañaba que Valentina no mostrara fragilidad alguna.
Valentina asintió despacio.
—Está bien. Si eso es lo que quieres. Gracias por decírmelo ahora, antes de que perdiera más tiempo amando a la persona equivocada.
Se dio la vuelta y caminó hacia la habitación sin voltear ni una sola vez. Sus pasos firmes, a pesar del peso de su vientre. Sin sollozos, sin hombros temblando.
Sebastián se quedó clavado en la sala. Se sentía derrotado. Se suponía que él debía sentirse victorioso por haberse librado de una carga, pero la calma de Valentina le destrozó el ego.
Quería que ella suplicara, quería que llorara para poder sentirse poderoso al concederle una migaja de compasión.
Pero Valentina le dio un silencio letal.
Dentro de la habitación, Valentina cerró la puerta con suavidad. Apoyó la espalda contra ella. Sus manos apretaban los zapatitos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Fue ahí, en la soledad, donde una sola lágrima cayó. Solo una.
Se acarició el vientre. No tengas miedo, mi amor. Tu padre tal vez murió hoy. Pero tu madre va a ser tu mundo entero, pensó en silencio.
Afuera, Sebastián pateó la mesa de centro con rabia.
—¡Maldita sea! ¿Por qué actúa como si yo no le importara? —masculló.
Esa noche, bajo el cielo lloroso de la capital, una promesa sagrada fue asesinada a sangre fría. Sebastián no sabía que al pronunciar aquel divorcio, no solo había perdido a una esposa: acababa de cerrar la puerta del paraíso que Valentina le abría cada día.
La lámpara de araña en la sala del apartamento brillaba con desgano, como si también hubiera perdido la voluntad después de la tormenta de divorcio que Sebastián acababa de desatar. El aire se sentía escaso y opresivo. Valentina seguía de pie en el mismo lugar, sosteniendo los zapatitos de bebé que ahora pesaban como una montaña en sus manos.
Sebastián no se había movido. Estaba junto al ventanal que enmarcaba el resplandor de la capital, borroso tras la cortina de llovizna. Esperaba. Su ego, hambriento de reconocimiento, todavía anhelaba escuchar un sollozo rompiéndose en pedazos.
Quería que Valentina se rindiera, que le suplicara piedad, que admitiera que sin él no era nadie.
Pero Valentina se movió. No hacia los pies de Sebastián, sino hacia la habitación principal.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sebastián con la voz ronca, sorprendido por tanta calma.
—Lo que hace cualquier extraño en casa ajena. Empacar —respondió Valentina sin voltear.
Sebastián resopló con sorna, ocultando su incomodidad.
—Bien por ti, que te quede claro. Este apartamento está a mi nombre. Clarissa viene mañana y no quiero que encuentre rastros tuyos aquí.
Aquella frase fue como un puñal girando dentro de una herida abierta. Valentina se detuvo un instante en el umbral de la recámara. El pecho se le comprimió, pero se negó a desplomarse. Respiró hondo, llenando los pulmones con los últimos restos de valentía que le quedaban por la pequeña vida dentro de su vientre.
En la habitación, Valentina sacó una maleta vieja de debajo de la cama. La misma maleta con la que llegó el día de la boda. Irónicamente, esa maleta ahora sería testigo de su trágico regreso.
Valentina abrió el clóset. No se llevó todo. Solo eligió ropa sencilla, algunas batas de maternidad y la ropa que había comprado con su propio sueldo antes de que Sebastián la obligara a renunciar.
Los vestidos de diseñador, los bolsos de marca y el abrigo de piel que Sebastián le regaló como símbolo del estatus de su esposa quedaron colgados, rígidos e intactos.
Cada prenda que metía en la maleta se sentía como un fragmento de recuerdos que arrojaba a la basura. Vio una bufanda azul que Sebastián le había regalado durante la luna de miel en las montañas. Por un momento, las manos de Valentina temblaron.
El recuerdo de un abrazo cálido entre la nieve le invadió la mente. Pero la imagen del asco en el rostro de Sebastián al ver los zapatitos borró de golpe toda aquella calidez.
Valentina dobló la bufanda y la devolvió al estante. Ya no es mía, pensó.
Una vez llena la maleta, Valentina caminó hacia el tocador. Ahí descansaba un estuche grande de terciopelo rojo. Dentro guardaba un juego de diamantes —collar, aretes y pulsera— que Sebastián le regaló en su primer aniversario de bodas un año atrás. Ese día, él le prometió que la cuidaría hasta que el pelo se les pusiera blanco.
Valentina sacó todas las joyas. No para ponérselas, sino para depositarlas sobre la mesa del comedor, justo bajo la luz que brillaba con palidez. Una por una. El destello de los diamantes parecía ahora el de lágrimas congeladas.
Sebastián, que seguía de pie en la sala con un vaso de whisky en la mano, observó los movimientos de Valentina con el ceño fruncido.
—¿Por qué las pones ahí? Llévatelas. Considéralas tu paga por haberme servido estos dos años —dijo con un tono cargado de desprecio.
Valentina irguió la espalda. Caminó hacia la mesa del comedor, pero no para recoger las joyas. Se quitó el anillo de bodas de oro blanco que rodeaba su dedo anular, un dedo ahora ligeramente hinchado por el embarazo. Con un solo gesto firme, lo depositó en medio de los diamantes.
—No necesito ninguna paga, Sebastián. Soy tu esposa, no una mujer alquilada —la voz de Valentina sonó cristalina y con una dignidad que cortó el silencio de la noche—. Guárdate todo. Dáselo a Clarissa. Tal vez ella necesite estas cosas más que yo para llenar el vacío que lleva por dentro.
Sebastián estrelló el vaso contra la mesa.
—¡Qué soberbia eres, Valentina! No tienes dinero, no tienes trabajo y estás embarazada de casi nueve meses. Sin esas joyas, ¿qué vas a comer? ¿Pasto?
Valentina lo miró directo a los ojos. Una mirada que hizo que Sebastián se estremeciera, porque ya no quedaba en ella ni el más mínimo rastro de devoción.
—Tal vez salga de aquí con una maleta casi vacía. Pero salgo con la dignidad intacta. No necesito tus sobras. Ni tus joyas, ni tu dinero, y a partir de este momento... tampoco tu amor.
Valentina arrastró la maleta hacia la puerta principal. El sonido de las ruedas contra el piso de mármol se escuchó como una despedida desgarradora. Al llegar al umbral, se detuvo un instante, pero no se dio la vuelta.
—Una cosa más, Sebastián —dijo en voz baja—. Hace rato dijiste que este apartamento está a tu nombre. Tienes razón. Pero el hijo que llevo en mi vientre está a nombre mío. Creció de mi sangre y respira de mi aliento. No se te ocurra soñar con reclamarlo como tuyo algún día.
—¡Por favor! No te subas al pedestal —Sebastián soltó una risa despectiva, aunque por dentro sintió algo parecido a una espina clavándose—. Ya verás, en un mes vas a estar mendigando en la puerta de mi oficina para que te pague el parto.
Valentina no respondió. Abrió la puerta. El aire frío de la noche la golpeó de lleno, agitándole las puntas del cabello. Cruzó el umbral sin dudar.
La puerta se cerró de un golpe seco.
Sebastián se quedó solo en medio de una estancia que de pronto le pareció demasiado grande y demasiado vacía. Miró la pila de joyas centelleando bajo la lámpara del comedor. Creyó que sentiría alivio, como si acabara de deshacerse de un estorbo en su camino hacia Clarissa.
Pero la realidad fue otra. La partida de Valentina, tan serena, sin lágrimas y sin un gramo de vacilación, le dejó un agujero enorme en el ego. Tomó el anillo de bodas que ella había dejado y lo apretó con fuerza en el puño.
—Va a volver. Todas las mujeres son iguales, no pueden vivir sin dinero —murmuró para sí mismo, tratando de convencer a un corazón que empezaba a dudar.
Afuera, en el pasillo solitario del edificio, Valentina recargó el cuerpo contra la pared del elevador que descendía. Fue entonces cuando las piernas le flaquearon. Se acarició el vientre, que de pronto se le puso tenso.
Las lágrimas que había contenido todo ese tiempo corrieron despacio por sus mejillas. No porque lamentara perder a Sebastián, sino porque se sentía culpable ante la criatura que estaba obligada a conocer la dureza del mundo antes siquiera de ver la luz.
—Perdóname, mi amor —susurró—. Pero a partir de esta noche, solo nos tenemos el uno al otro.
Valentina salió del vestíbulo del edificio. La lluvia seguía cayendo, pero ella caminó sin detenerse hacia la orilla de la calle para buscar un taxi. No sabía adónde iría esa noche, pero de algo estaba segura: jamás volvería la vista atrás.
Mientras tanto, en el piso veintidós, Sebastián lanzó el anillo de Valentina a un rincón de la sala con toda su rabia. La victoria que había imaginado le supo más amarga que la hiel.
La noche fría había dado paso a una mañana bochornosa y asfixiante. Valentina no fue lejos. Después de salir del apartamento la noche anterior, solo pudo alquilar un cuarto en un hospedaje barato a pocas cuadras, porque su cuerpo de casi nueve meses de embarazo ya no estaba en condiciones de negociar.
Esa mañana, con las fuerzas que le quedaban, se plantó al borde de la avenida principal, a unos cientos de metros de la entrada del lujoso edificio que alguna vez llamó hogar.
La mano derecha aferraba con fuerza el mango de la maleta, mientras la izquierda le sostenía la cintura, que parecía a punto de quebrarse. El sol de la capital comenzaba a castigar, quemándole la piel pálida por el desvelo. Esperaba un taxi que no terminaba de llegar, mientras el sudor empezaba a empaparle la frente y el cuello.
—Paciencia, mi amor... ya casi nos vamos de aquí —susurró Valentina al bebé, que de pronto se movía sin parar, como si percibiera la angustia de su madre.
De repente, un auto deportivo blanco que conocía de sobra salió por la entrada del edificio. El corazón de Valentina se disparó. Era el auto de Sebastián.
El vehículo frenó justo frente al vestíbulo del edificio, no lejos de donde estaba Valentina. Se quedó inmóvil. A través del cristal transparente, vio a Sebastián bajar con una camisa entallada azul claro, el rostro radiante, en un contraste brutal con la cara demacrada de ella.
La puerta del copiloto se abrió. Una mujer con un vestido rojo encendido y unos lentes oscuros enormes bajó del auto. Clarissa. Soltó una risa fresca y sin ningún pudor se colgó del brazo de Sebastián.
Sebastián le respondió con una sonrisa abierta, de esas sonrisas genuinas que llevaba meses sin dedicarle a Valentina.
Valentina apartó la mirada, intentando respirar aunque sentía el pecho aplastado por un mazo. Así que es cierto, no perdió ni un segundo en reemplazarme, pensó con amargura.
Sebastián, que le estaba abriendo la puerta a Clarissa, barrió con la vista hacia la avenida sin querer. Sus ojos capturaron la silueta de una mujer embarazada bajo el sol abrasador, cargando una mochila pesada en la espalda y arrastrando una maleta.
Era Valentina.
Sebastián se detuvo un instante. Vio a su esposa luciendo tan miserable. La bata de maternidad arrugada, el pelo recogido a las prisas, el rostro enrojecido por el castigo del sol.
Por una fracción de segundo, algo incómodo le rozó el pecho a Sebastián. Pero Clarissa se encargó de borrarlo de inmediato.
—Cariño, mira eso. ¿No es Valentina? Vaya, de verdad se fue. Yo pensé que solo te estaba amenazando anoche —dijo Clarissa con un tono burlón que elevó a propósito.
Sebastián volvió a mirar a Valentina. Al verla de pie, erguida a pesar de la fatiga, su ego se inflamó otra vez. Recordó la soberbia de Valentina la noche anterior al rechazar todas sus joyas.
—Se quiere hacer la heroína, déjala. Quiere demostrar que puede vivir sin mí, ¿no? —respondió Sebastián con frialdad.
—Pero pobrecita, parece una indigente. ¿Por qué no le das una propinita? —Clarissa soltó una carcajada, echándole más leña al fuego.
Sebastián esbozó una sonrisa torcida. Quería darle una lección a Valentina. Quería humillarla hasta el fondo de la tierra para que entendiera que desafiar a Sebastián Montero era el peor error de su vida.
Sebastián subió al asiento del conductor. Encendió el motor, que rugió con potencia. Valentina, al notar que el auto comenzaba a moverse hacia ella, intentó retroceder unos pasos.
Sabía que Sebastián no se detendría a ayudarla, pero no imaginaba lo que estaba a punto de hacer.
Justo frente a Valentina, había un charco profundo y lodoso, residuo de la lluvia de la noche anterior. En vez de frenar, Sebastián hundió el acelerador a fondo.
El auto deportivo golpeó el charco a toda velocidad. El agua sucia y el lodo salieron disparados hacia arriba, empapando a Valentina de la cabeza a los pies.
La bata de maternidad de color claro se tiñó de un marrón sucio. Hasta la cara y los ojos le alcanzaron las salpicaduras de esa agua fétida.
Valentina se sobresaltó, casi perdió el equilibrio. Tosió, tratando de limpiarse el agua lodosa de los ojos.
Por el espejo retrovisor, alcanzó a ver a Clarissa muerta de la risa dentro del auto, mientras Sebastián seguía de largo sin tocar el freno una sola vez.
El mundo pareció dejar de girar para Valentina. Se quedó petrificada al borde de la avenida, convertida en el espectáculo de los transeúntes. Dolía más que el divorcio mismo.
Esto ya no era cuestión de un amor perdido, sino de la humanidad que se había extinguido en el corazón del hombre al que alguna vez veneró.
—¡Señora! ¿Está bien? —una vendedora ambulante corrió hacia Valentina y trató de secarle la ropa con una toallita pequeña—. ¡Qué desalmado ese ricachón, sabiendo que hay una embarazada y le avienta el agua a propósito!
Valentina no respondió. El cuerpo le temblaba entero. No de frío, sino de una rabia que le hervía por dentro. Clavó la mirada en el auto de Sebastián, que ya había desaparecido al doblar la esquina.
Basta, Sebastián. Basta, gritó por dentro.
Valentina se acarició el vientre, que de pronto se le puso duro como piedra.
—No tengas miedo, mi amor. El lodo se lava, pero los pecados de tu padre no se borran jamás.
En ese momento, un taxi se detuvo frente a ella. El conductor bajó enseguida y le ayudó a meter la maleta en la cajuela con cara de lástima.
—¿A dónde la llevo, señora? —preguntó con suavidad.
Valentina miró el edificio imponente del otro lado de la calle por última vez. Ahora le parecía una prisión espantosa.
No iría a casa de sus padres para que su madrastra la humillara. Tampoco se quedaría en la capital para ser el blanco de las burlas de Sebastián.
—A la Estación Central, señor —respondió Valentina con firmeza. La voz ya no le temblaba.
—¿A la estación? ¿Va de regreso a su pueblo?
Valentina asintió despacio.
—Sí. Voy a volver a un lugar donde la gente todavía tiene corazón.
Dentro del taxi, Valentina sacó el celular. Borró todas las fotos de Sebastián, bloqueó su número, eliminó todas sus redes sociales y partió la tarjeta SIM en dos pedazos.
Tiró los fragmentos por la ventanilla del taxi mientras el auto se abría paso entre el tráfico de la capital.
Sebastián creyó que había ganado al humillar a Valentina. Creyó que ella sufriría y terminaría arrastrándose de vuelta a sus pies. Lo que no sabía era que, en el instante en que el agua lodosa golpeó el cuerpo de Valentina, la última gota de amor que quedaba en el corazón de esa mujer se desprendió y se fue con la mugre.
La Valentina dulce y tierna había muerto al borde de aquella avenida. Y la que ahora viajaba rumbo a la estación era una madre con la venganza más serena que jamás existió.
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