Olivia
Bajo el primer escalón y el murmullo se apaga como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. El vestido color champán se ajusta a mi cuerpo con una precisión que no pedí: ceñido a las caderas marcando mi cintura, con una sola manga cubriendo mi brazo izquierdo como si fuera suficiente para darme pudor. Mis rodillas quedan al descubierto, elegantes, pulidas y aceptables. El vestido lo eligieron mis padres. Por supuesto que lo hicieron.
El mármol está frío bajo mis tacones, pero no tanto como las sonrisas que me esperan al final de la escalera.
Siento las miradas antes de ver los rostros. Me recorren despacio, con descaro y con aprobación. Como si estuvieran evaluando una obra antes de comprarla. Quizás eso es exactamente lo que están haciendo.
Respiro, sonrío y bajo otro escalón.
Esta es mi fiesta de compromiso. Mi celebración y también, mi jaula adornada con flores blancas y copas de cristal.
Alzo la vista y lo veo.
Marcos Ferrari está de pie junto a mi padre, impecable en su traje oscuro, sosteniendo una copa de champagne que no bebe. Sus ojos no se apartan de mí. No hay deseo en su mirada, tampoco ternura. Hay posesión y expectativa. Como si ya le perteneciera y estuviera llegando tarde a una cita que nunca acepté.
La ironía me arde en la lengua.
Apenas he cruzado palabras con él. Recuerdo su voz grave diciendo mucho gusto como si realmente lo sintiera. Recuerdo su mano firme estrechando la mía el día que mi padre anunció el nuevo acuerdo. El nuevo socio. El hombre indicado y el futuro correcto.
Recuerdo, sobre todo, el día de mi cumpleaños número veintiocho.
El anillo brillando bajo las luces del restaurante. La respiración contenida de mi madre. La mirada orgullosa de mi padre. El silencio pesado antes de que yo dijera que sí.
Porque eso es lo que hace una buena hija.
Bajo otro escalón.
Los Renaldi no crían hijas para que desobedezcan. Crían herederas, símbolos, monedas de cambio envueltas en seda y buenos modales.
Ellos me lo han dado todo. Educación, viajes, seguridad, una vida donde nunca tuve que preocuparme por el precio de nada. Y esta —me repitieron— es la forma correcta de retribuirlo.
Casándome con un hombre del que apenas conozco su nombre.
Marcos Ferrari.
Apoyo mi mano suavemente en la baranda, guiándome, asegurándome de que no tropiece. Veo a mi madre, la cual me mira de reojo, orgullosa y satisfecha.
Bajo el último escalón y los aplausos comienzan. Educados y medidos. Una completa pantomima. Una forma aceptable, elegante, socialmente intachable de comprarme sin decir la palabra en voz alta.
Avanzo entre los invitados. Perfumes caros, joyas discretas, risas controladas. Todos saben por qué están aquí. Todos entienden el verdadero brindis que se está celebrando.
Marcos se adelanta y toma mi mano. Sus dedos son cálidos y seguros. No me aprieta, no necesita hacerlo. Su pulgar roza mi piel con un gesto que podría pasar por afecto, pero que se siente como una marca invisible.
—Olivia— Dice, sonriendo para los demás. —Luces increíble.
Inclino la cabeza y sonrío cumpliendo con mi papel.
—Gracias.
Su mano no tiembla. La mía tampoco. Eso debería decir algo para los dos. Probablemente logremos sobrellevar este falso matrimonio lo mejor que podamos.
Alzo la vista y es entonces cuando lo siento.
No sé de dónde viene al principio. No es una mirada que pesa, es una que corta. Instintiva, afilada. Como si alguien hubiera deslizado una hoja por el aire.
Mis ojos se mueven solos, hasta encontrar la figura que está apoyado cerca del bar, ligeramente apartado del centro de la escena. Alto y de cabello oscuro. Tiene un traje negro que demuestra lo poco que se esfuerza por verse bien y aun asi, lo mucho que resalta. No sonríe, no aplaude. Tan solo me observa mientras lleva a su boca su bebida y luego relame sus labios.
¿Quién se supone que es?
Hay algo en él que no encaja. No pertenece a este decorado pulcro. No parece impresionado y no parece interesado en lo que todos ven.
Sus ojos —fríos e intensos— se cruzan con los míos y el mundo se reduce a ese punto exacto.
No aparta la mirada y yo tampoco lo hago.
Siento un tirón extraño en el pecho. No es atracción inmediata. Es reconocimiento. Como mirarse en un espejo que no sabías que existía.
Marcos aprieta ligeramente mi mano, reclamando mi atención. El desconocido de pronto desaparece de mi campo de visión.
Mis padres me rodean apenas termina el brindis, como si temieran que alguien pudiera arrebatárselos de las manos. Mi madre me observa de arriba abajo con una sonrisa satisfecha, evaluando cada pliegue del vestido, cada mechón de cabello en su lugar.
—Estás hermosa, Olivia— Dice, con esa voz dulce que usa cuando todo sale según lo planeado. —Realmente hermosa.
—Nunca te habías visto tan… radiante— Añade mi padre, orgulloso, como si mi apariencia fuera una extensión directa de sus logros.
Les sonrío. Una sonrisa correcta que me han enseñado desde niña a mostrar ante un cumplido.
—Gracias— Respondo, y por un momento logro olvidar la mirada que me atravesaba hace unos instantes, ese peso extraño que aún siento en el pecho. Me obligo a centrarme en ellos. En Marcos y en esta realidad cuidadosamente construida para mi.
Marcos se acerca más, demasiado para mi propio gusto y comodidad.
Su mano vuelve a mi espalda, deslizándose con familiaridad por una zona que ya conoce de memoria sin haberla conquistado jamás. Su cuerpo roza el mío, firme y presente. Me tenso al instante. No puedo evitarlo. Cada vez que me toca, algo dentro de mí se retrae, como si mi cuerpo supiera antes que yo que no hay nada que encontrar ahí.
No siento nada, ni mariposas, vértigo o curiosidad. Simplemente, nada. Tan solo una necesidad absurda de dar un paso atrás.
—¿No es perfecto todo?— Dice Marcos, entusiasmado. —El salón, la música… ya me imagino la boda. Va a ser espectacular.
Mis padres asienten con fervor. Empiezan a hablar de fechas, de invitados, de destinos posibles para la luna de miel. Yo escucho a medias, atrapada entre la mano de Marcos en mi espalda y la certeza de que mi vida está siendo planificada como un evento más, un negocio que pronto podrán cerrar.
—Aquí estás— Veo a Sofía, mi mejor amiga, apareciendo como un soplo de aire fresco entre tanto perfume caro. —Te estuve buscando.
Su vestido no es de diseñador, no brilla, porque y no porque no sea deslumbrante. Sofia es una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Es simplemente, que ella no intenta impresionar, no trata de llamar la atención de todas estás personas.
Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien.
—Sofi— Respiro su nombre casi como un alivio.
Mis padres tensan las sonrisas apenas la reconocen. Sofia nunca ha sido de su agrado por no venir de una prestigiosa o acaudalada familia. Ante sus ojos, mi amiga solo es la chica becada que frecuenta nuestro circulo.
—¿Te la puedo robar unos minutos?— Pregunta Sofía con descaro encantador y Marcos frunce el ceño por una fracción de segundo. —Prometo devolverla entera.
No espera realmente una respuesta. Me toma del brazo y yo no me resisto. De hecho, le estaría agradecida aunque me sacara arrastrando.
—No tarden— Sentencia mi madre. —Hay gente que quiere felicitarte Olivia.
—Cinco minutos— Asegura Sofía, guiñándome un ojo.
En cuanto estamos a una distancia prudente, Sofía me suelta y me da un par de palmadas suaves en el hombro. No hacen falta palabras. Ella sabe, siempre ha sabido.
—Sobreviviste a la bajada de la escalera con ese espantoso vestido. —Dice. —Eso ya es un logro.
Exhalo una risa baja.
—Ya puedo tachar eso de la lista.
Me observa con atención, ladeando la cabeza.
—Estás preciosa— Admite. —Y lo digo con completa sinceridad.
—Lo sé. Tu nunca podrías mentirme.
Se apoya contra una columna y me mira con una mezcla de ironía y honestidad brutal.
—¿Sabés?— Dice. —Yo mataría por tener aunque sea una pizca de tu suerte.
Levanto una ceja.
—¿Suerte?
—Vamos, Oliv— Continúa. —Eres rica, hermosa, única hija, y encima te vas a casar con un tipo guapo y forrado en dinero. Ese hombre te mira como si se le fuera la vida en ello.
Miro hacia donde dejamos a Marcos. Incluso a la distancia, su atención sigue fija en mí.
—Sí— Murmuro. —Supongo que eso debe ser. Suerte.
—Muchas darían lo que fuera por estar en tu lugar.
Aprieto los labios. El vestido se siente más ajustado de repente.
—Todo sería perfecto— Digo al fin. —Si pudiera sentir algo por él.
Sofía no responde de inmediato. Me observa, seria ahora, sin bromas.
—¿De verdad no sientes nada?— Pregunta en voz baja.
Niego.
—Nada que se parezca a lo que se supone que debería sentir.
Ella suspira.
—Entonces me retracto amiga… eso definitivamente no es suerte. Tienes que hablar ahora. Di lo que piensas y cuentales sobre lo que no sientes antes de que sea tarde.
—Sabes que no puedo hacer eso y además....— Tomo aire para no estallar con la frustración que me provoca todo esto. —Además, aunque me queje, aunque tire cosas o monte una rebelión, nada de eso importará. Ninguno de ellos me ha tomado en cuenta hasta ahora y así seguirá siendo hasta...
—Ni se te ocurra decir hasta que mueras. Ellos han llegado hasta aquí porque tu los has dejado. Eres fuerte e inteligente. Sé que puedes decidir el verdadero rumbo que quieres para tu vida.
—No, no puedo y lo sabes.
No soy para nada fuerte. Soy una cobarde que no tiene el valor de romper las cadenas que mis padres han puesto a en mis pies y saltar de la torre.
Olivia Grimaldi
Alex
El aire de la noche es lo único que me mantiene sereno. Estoy apoyado en el balcón del edificio, con una copa que no he probado y la ciudad extendiéndose frente a mí como un recordatorio de que hay lugares mejores que este en los que preferiría estar. Detrás, la recepción continúa: risas presumidas, música demasiado alta, conversaciones que no llevan a ningún lado. Todo lo que detesto concentrado en un solo lugar.
No conozco a la novia, no conozco al novio y no me importa.
Acepté venir solo porque Francis —mi primo— y mi abuela decidieron que era importante que un Rozanov estuviera presente. Imagen familiar, compromisos sociales, palabras que me producen la misma sensación que una jaqueca lenta y persistente.
Odio los eventos, a la gente que sonríe demasiado y sobre todo, odio a las mujeres solteras que creen que un apellido y una cuenta bancaria son una invitación abierta para fastidiarme.
Esta noche he esquivado al menos a cinco. Todas con la misma mirada calculadora, el mismo roce “accidental”, la misma pregunta disfrazada de interés genuino. Me dan ganas de lanzarme desde este balcón solo para evitar otra conversación sobre a qué me dedico o si pienso sentar cabeza pronto.
—Tienes una cara de funeral— Dice Francis, apareciendo a mi lado con una sonrisa descarada y una copa en la mano. —Relajate, primo. Es una fiesta.
Lo miro de reojo.
—Es una tortura social con música de fondo.
Él se ríe, apoyándose en la baranda como si estuviéramos en un bar cualquiera y no en una recepción llena de tiburones con trajes caros.
—Deberías aprovechar la noche— Agrega. —Mujeres guapas, alcohol caro.
—Necesito follar con alguien— Le respondo, seco. —Salir de aquí, llevarmela a casa y follar hasta que salga el sol. Eso sí sería aprovechar la noche.
Francis suelta una carcajada.
—Siempre tan romántico, Alex— Levanto una ceja, pensándolo. —Bien, vamos por esas damas que esperan por un poco de los Rozanov.
La idea no está nada mal. De hecho, suena tentadora. Demasiado. El problema no es el sexo. Nunca lo ha sido. El problema viene después. Las miradas que cambian, los mensajes que se vuelven constantes, los reclamos, y esa absurda creencia de que una buena follada es una promesa de algo más.
Como si el placer fuera un contrato.
—Olvidalo. Ya se me fue el buen humor— añado—. No tengo ganas de pelearme mañana con alguien que ya se imagina el nombre de nuestros hijos.
—Nunca has tenido buen humor— Bufa. —Eres un aguafiestas primo. Me ilusionas y luego te bajas del barco sin avisar.
—No lo soy.
Francis me observa con atención, como si estuviera a punto de decir algo más, pero en ese momento un movimiento dentro del salón llama mi atención. No sé por qué giro la cabeza.
Pero lo que veo, o más bien, a quien veo, se roba por completo mi atención.
Está bajando las escaleras. El vestido color champán se ajusta a su cuerpo con una elegancia peligrosa. No es ostentosa, no sonríe de más. Camina con seguridad, destilando una sensualidad inigualable.
El ruido alrededor se diluye.
Sus ojos no recorren la sala; parecen atravesarla. Hay algo rígido en su postura, algo contenido. Como una jaula invisible bajo la piel perfecta.
—¿Quién es?— Pregunto sin darme cuenta que he estado avanzando hasta colocarme junto al bar.
Francis sigue mi mirada.
—La novia. Su nombre es Olivia Grimaldi— Dice. —De seguro ya conoces a la familia. Su padre es un general retirado y bastante condecorado del ejercito. Su madre, por otro lado, ganó hace poco el premio nobel de Fisica. Son como la realeza de los negocios en Portland. Eso sin mencionar, que son los dueños de AstraCore Systems.
Creo que me perdí de muchas cosas durante mi ausencia. Esta familia da la impresión de ser unos ricos aburridos, pero si mis conocimientos no me fallan, AstraCore Systems se ha estado posicionando en mi mira, ya que incluso el presidente está involucrado en sus negocios.
Quizás venir a esta fiesta, no fue del todo mala idea.
Su prometido aparece a su lado, tocándola con una posesión que parece incomodarla. Ella no reacciona. No se acerca, pero tampoco se aleja. Simplemente… soporta.
—No sé tu primo, pero yo si tengo intenciones de follar esta noche— Francis me da dos palmadas en el hombro. —Te veo luego.
Llevo a mis labios el trago que me había estado negando tomar y, como si sintiera el peso exacto de mi atención, la mujer de curvas pecaminosas, levanta la vista.
Nuestros ojos se encuentran. No sonríe, ni se ruboriza y mucho menos baja la mirada.
Sostiene el contacto con una calma que no es inocente.
Vuelven a reclamar su atención y desvía la mirada. Tomo todo el contenido de mi vaso de un trago y decido que ya es tiempo de marcharme. He realizado bastantes barbaridades en mi vida, pero robarme a la novia de su propia fiesta de compromiso, no es algo que esté en la lista.
En especial, cuando hacer negocios con esa familia, es más prometedor que un simple acostón.
Olivia
El ruido de la fiesta me persigue incluso cuando cierro la puerta detrás de mí. Música, copas chocando. Todo queda amortiguado, lejano, como si perteneciera a otra vida que no quiero habitar esta noche.
El estacionamiento está casi vacío. Frío y silencioso.
Camino mientras rebusco en mi bolso y saco un cigarrillo con manos que no tiemblan, cada músculo de mi cuerpo está rígido, tenso, como si me hubieran vertido concreto por las venas. No necesito pensar demasiado para saber por qué.
Marcos.
Casarme con él es una locura. Una locura elegante, aprobada, y la cual está siendo celebrada en este preciso momento… pero una locura al fin.
El encendedor prende a la primera. Aspiro hondo y dejo que el humo me llene los pulmones. El ardor familiar me calma apenas un poco. Lo suficiente para que el nudo en mi pecho afloje.
Me recuesto contra mi Porsche Macan color cielo. El metal frío contra mi espalda es un ancla. Cierro los ojos, aspiro, exhalo. Una y otra vez.
El cigarrillo se consume demasiado rápido.
Maldición.
Saco otro sin pensarlo. Lo enciendo antes de que el primero termine de morir en el suelo. Esta vez dejo caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el coche, permitiéndome cinco segundos de nada. Solo nicotina y silencio.
Hasta que unos pasos rompen la burbuja.
Firmes y tranquilos. Demasiado lentos para ser un guardia.
—Nunca había visto una chimenea tan bonita.
Abro los ojos de golpe.
El susto me hace soltar el cigarrillo. Cae al suelo y lo aplasto de inmediato con el tacón, una y otra vez, como si pudiera borrar la evidencia. Si mis padres me ven fumando, no habrá vestido caro que me salve.
Levanto la vista y de inmediato noto quién es.
Es el mismo hombre que vi en la fiesta El de la mirada que no se apartó. De cerca es aún peor. Más alto de lo que recordaba. Traje oscuro, postura relajada, ojos atentos, peligrosamente atentos.
—¿Me está vigilando?— Le suelto sin ningún tipo de filtro.
No parpadea, ni se disculpa.
Sonríe. Una sonrisa ladeada, lenta, como si la pregunta lo divirtiera.
—No lo diría con esas palabras— Responde. —Observándola suena más correcto.
Cruzo los brazos de inmediato, cerrándome sin pensar. No quiero darle nada, ni una reacción, ni una grieta en la que pueda escudriñar.
—La fiesta es arriba— Le digo. —Debería estar allí.
—Es su fiesta— Contesta, sin moverse. —Usted también debería estar allí.
No respondo.
Entrecierro los ojos y lo analizo con cuidado. No parece nervioso o incómodo. Tampoco parece un hombre que quiera algo concreto… y eso es lo que más me inquieta.
No pienso quedarme a hablar con él, así como tampoco pienso volver a la fiesta.
Me separo del coche y empiezo a caminar hacia la salida del estacionamiento. Mis tacones resuenan más fuerte de lo que quisiera.
—Si quiere ir a algún lado— Dice detrás de mí. —Puedo llevarla.
Me detengo. Me doy la vuelta despacio y lo veo señalando su coche.
Un Alpine A110. Bajo, elegante, discreto. No es lo que alguien esperaría que conduzca este hombre. Y, sin embargo, encaja con él de una forma inquietantemente natural.
Caminar con tacones no es una opción. Volver arriba tampoco y si sigo avanzando, los guardias de mi padre me verán y, peor aún, le avisarán.
Aprieto la mandíbula.
—No necesito que me lleve a ningún lado— Digo, aunque mi voz no suena tan firme como quisiera.
—No dije que lo necesitara— Responde. —Solo que puedo hacerlo.
Lo observo unos segundos más. Mide el silencio sin isistirme.
Eso debería tranquilizarme.
Respiro hondo.
—Bien— Cedo finalmente. —No será muy lejos.
Su sonrisa se acentúa apenas un poco. Suficiente para que algo en mi estómago se tense.
—Claro— Dice. —No muy lejos.
Camino hacia su coche sin mirar atrás. Me digo que es solo un viaje, una distracción para lograr escapar unos minutos.
Después de todo…¿Qué es lo peor que podría pasar?
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